La tragedia educativa, más allá de la polémica por cinco días de clases

Ilustración: Gabriel Fernández
Ilustración: Gabriel Fernández

La decisión del Gobierno provincial de iniciar las clases el 21 de febrero reavivó la polémica: ¿más días generan mejores resultados? Thomas asegura que es preferible que los chicos estén en la escuela y el SUTE insiste en que se necesita más presupuesto. La realidad que alumbran los datos de las evaluaciones internacionales se sufre a diario en las aulas.

Argentina recorre, a veces con prisa y otras lentamente, pero sin pausa, una espiral descendente que por ahora parece infinita. Esa caída, o más bien decadencia, sólo es percibida cuando algún hecho activa las alarmas. Con demasiada frecuencia es la economía, y su consecuente impacto social, la que enciende las luces rojas. A veces, tal vez pocas, es la educación; la semana que pasó fue una de esas.

En el estudio de calidad educativa que la Unesco hizo en 2019, y difundió hace unos días, el país obtuvo una puntuación por debajo del promedio latinoamericano en cuatro de cinco ítems; en el restante, quedó empatado. En 2006, había salido en todos sobre el promedio y en 2013, en dos superó la media y en tres la igualó.

A esto se llega con una tendencia inversa: Argentina cae, la región sube. Aunque el objetivo del informe no es hacer un ranking, nuestro país supo estar a la cabeza en 1997, cuando se hizo por primera vez, y ahora merodea la mitad de la tabla.

Aquella “tragedia educativa” de la que Guillermo Jaim Etcheverry hablaba en su libro de 1999 sólo se ha profundizado desde entonces.

Al día siguiente de que se conociera ese estudio de la Unesco, el Gobierno mendocino oficializó el calendario escolar 2022. Casualidad o no, decidió retomar aquella idea frustrada de la gestión Cornejo para 2019 y dispuso como fecha de inicio para el año próximo el 21 de febrero.

El objetivo enunciado es llevar el ciclo lectivo a 195 días (con 183 y 188 de clases efectivos, según el nivel), superando los 190 dispuestos por el Consejo Federal de Educación. Aunque, coinciden muchos, la sumatoria de días no es sinónimo de mejores resultados.

A diferencia de hace tres años, la reacción adversa en la sociedad parece haber sido menor, en buena medida por el impacto que tuvo el largo año de clases virtuales por la pandemia, aunque las razones de la decisión son igual de difusas. La marcha atrás de aquella vez mucho tuvo que ver con el monitoreo que se hizo de las redes sociales y que demostró una gran oposición de los padres. Ahora no ha ocurrido eso, aparentemente.

“¿Está bien o está mal que los chicos estén cinco días más en la escuela?”, se pregunta el director general de Escuelas, José Thomas, entre molesto y sorprendido por la polémica que se ha generado. La respuesta para él es obvia: “En un país que cae en lectura y matemáticas y con el 60% de los chicos bajo la línea de la pobreza, no hay dudas que es mejor”.

Ahora bien, la reunión del Comité Federal fue el 21 de octubre pasado. Por entonces, ya se sabía que la Ciudad de Buenos Aires iniciaría sus clases el 21 de febrero y que Corrientes lo haría incluso antes, el 14. En el resto, se convino, comenzarían el 2 de marzo, tras los feriados de carnaval.

Mendoza se tomó más de un mes para definir sus fechas. Aducen que se debió al atraso del calendario de feriados 2022 que debía diseñar el Ministerio del Interior. También se dice que no se quería mezclar esa decisión con el proceso electoral. Pero no parecen razones suficientes.

Las dos provincias “adelantadas”, también administradas por la alianza de radicales y macristas, no esperaron que nada de eso ocurriese.

Desde el SUTE, por el contrario, sospechan que no se trata más que de un alineamiento con Horacio Rodríguez Larreta, el jefe de gobierno porteño. Es sabido que el gobernador, Rodolfo Suárez, coincide y mucho con la visión del referente del Pro.

El calendario mendocino se oficializó el 1 de diciembre, cuando fácticamente las clases ya habían concluido. Los docentes tenían plazo hasta el 30 de noviembre para cargar en el GEM, el sistema online escolar, todas las calificaciones del último período.

De allí en más, no habría dictado de nuevos contenidos ni por supuesto evaluaciones, aunque el cronograma oficial termina el próximo viernes.

“No es contradictorio iniciar antes en 2022 con lo que pasa ahora. Lo que resta de este este año son los días que nos tomamos para igualar a los que no aprendieron bien”, explica Thomas y considera que los otros alumnos igual deberían seguir yendo.

De hecho, el jueves a la tarde llegó a las directoras un mensaje que extrañó: las clases concluyen el 10 y no se debe dar un mensaje diferente. Era tarde: ese día muchas escuelas ya habían lucido semivacías. Esta semana, sólo irán los que deban recuperar algún “en proceso”.

“Cualquiera que vive dentro del sistema educativo está esperando mejoras, pero desde 2016 la discusión de la política educativa se reduce al presentismo de docentes y alumnos”, acusa Sebastián Henríquez, que transcurre sus últimos días al frente del gremio docente.

El dirigente sindical, a quien en el Gobierno ponderan más allá de las diferencias que tienen, es directo: “Lo que sí impacta en la calidad educativa es aumentar el presupuesto, pero todavía hay escuelas que trabajan con burbujas porque no entran todos los chicos en el aula. ¿Hace cuánto no se construye un edificio? Hablar de discutir la educación del futuro sin plata es como debatir Portezuelo sin tener los fondos asegurados”.

La idea de avanzar con la nueva ley de Educación está latente en el Gobierno. Esperan a que el SUTE supere su elección este mes para ver si tienen más suerte que en 2020.

“Tenemos un sistema educativo en el que se mezclan ideas de los siglos XIX, XX y XXI. Hay que reformarlo ya”, razona Thomas e insiste con un planteo que divide opiniones: eliminar la repitencia. “No importa la nota de un chico, importa si sabe o no sabe leer e instaurar una promoción acompañada en cada caso. Hay que entender la heterogeneidad”, asegura.

Para eso, cree, es fundamental empezar con un ciclo lectivo más extenso y pone como ejemplos los casos de los dos países que más crecieron en el estudio de la Unesco: Brasil y Perú, ambos con 200 días de clases.

En el Gobierno esta vez se cuidan de mencionar a Chile, el país latinoamericano que terminó mejor ubicado en las pruebas PISA de 2018. Allí el ciclo comenzará el 2 de marzo y concluirá al mismo tiempo que Mendoza en las escuelas sin jornada extendida y dos semanas antes en aquellas con jornada completa.

Manuel Alvarez Tronge, que encabeza la ONG Proyecto Educar 2050, considera que “es bueno para el sistema y necesario intentar cumplir con los 190 días de clases. Pero no tiene que ser una medida aislada”.

Según el especialista, debería tomarse lo aprendido en la pandemia y combinar “presencialidad y virtualidad”, además de buscar que la extensión del calendario escolar se note en el aprendizaje. “Si a mi me dicen que necesito 190 horas de gimnasia, me gustaría conocer el plan de lo que debo hacer para que esas horas tengan sentido y las emplee bien”, graficó.

A la crisis de la educación no escapa ningún sector social. Mariano Narodowski, pedagogo y ex ministro de Educación porteño, remarcó en una entrevista radial la semana pasada que, en la prueba PISA de 2018, los resultados de las escuelas de la élite argentina fueron similares a los que tuvieron los colegios de las zonas pobres de España. La educación pide ayuda a gritos, pero en el país de la emergencia permanente nadie la escucha.

Por eso, nadie duda de la necesidad de cambiar. Las diferencias aparecen en el cómo hacerlo. Mientras, en las escuelas brota la realidad.

El mismo día que se anunció el calendario 2022, Agustín estaba solo en su aula de una escuela del Gran Mendoza. Había terminado con contenidos de Matemáticas “en proceso” y un ejercicio para despejar la incógnita, la famosa X, a través de una resta, lo complicaba. La docente le explicó una vez más el proceso y el chico la miró dudoso.

Agustín ya había tenido dificultades similares en tercero y pasó por la decisión oficial amparada en la larga cuarentena escolar. Pero la presencialidad no lo ayudó mucho. Su maestra ya tiene una presunción: “Lo peor es que en quinto seguramente no lo aprenderá e igual pasará de grado”.

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