La muerte de Chilavert

Imagen del Coronel Martiniano Chilavert. / Archivo
Imagen del Coronel Martiniano Chilavert. / Archivo

Una vez prisionero, Martiniano Chilavert se entrevistó con Urquiza que lo recibió cordialmente, pero terminó despachándolo furioso y ordenando su fusilamiento. Se desconoce el contenido de aquella conversación.

Horas después de vencer en Caseros, Justo José de Urquiza hizo ejecutar al coronel Martiniano Chilavert.

Nacido en Buenos Aires el 16 de octubre de 1801, Chilavert pasó parte de su infancia en España. Con once años regresó al país junto a su familia, lo hizo en el mismo barco que José de San Martín, como informó entonces La Gaceta.

En 1824, mientras su ilustre compañero de viaje volvía a Europa —tras liberar Argentina, Chile y Perú—, Martiniano se recibía de ingeniero. Pero su pasión no se limitaba a dicha profesión. Paralelamente llevó una carrera militar, llegando a luchar en la guerra del Brasil.

A fines de 1828 Martiniano se subordinó a Lavalle y lo acompañó fielmente en sus cruzadas. Unitario convencido, con Rosas en el poder debió alejarse de Buenos Aires.

Hacia 1840, harto del trato recibido por parte de su superior, renunció: “Hace mucho tiempo señor general —escribió a Lavalle—, que debía renunciar al puesto que ocupo en el ejército, no porque no me sienta capaz de desempeñarlo, sino porque V. E. no comprende lo que es el Jefe de Estado Mayor de un ejército (…) quiere hacerlo todo y todo lo desordena y no hace nada. Yo, señor general, no sé andar más que un camino, el del honor: en él hago los mayores esfuerzos para cumplir con mi deber (…). El señor general no sabe mandar sino de un modo absoluto, y yo no sé obedecer sino razonablemente. Por esta razón, ni el señor general puede mandarme, ni yo puedo obedecerle”.

Tras la Vuelta de Obligado, Chilavert consideró como un deber defender a su patria ante cualquier posible avance extranjero y se colocó al servicio de Rosas. Aquel momento quedó registrado en una de las tantas cartas que envió a Juan Bautista Alberdi, con quien mantuvo una amistad de fluida correspondencia.

En ella pidió al tucumano comprensión y ofreció su más sincero afecto, aunque a partir de entonces pertenecieran a facciones enemigas. Ambos siguieron escribiéndose de manera cordial.

El prestigio del coronel era sólido, lo que provocó un inmediato recibimiento por parte del Restaurador.

Así, a principios de 1847 —tras casi dos décadas de ausencia forzosa— los ojos de Martiniano volvieron a posarse sobre el Cabildo y su andar guerrero peregrinó por Buenos Aires nuevamente.

Durante Caseros fue comandante de la artillería, enfrentando con ferocidad a su antiguo bando. Hacia el final —relata su biógrafo Uzal— solo seguían en pie él y sus trescientos soldados sobrevivientes, rodeados por aproximadamente doce mil enemigos. Fue el último en rendirse. Pudo escapar, como hizo Rosas, pero decidió quedarse.

Una vez prisionero se entrevistó a solas con Urquiza que lo recibió cordialmente, pero terminó despachándolo furioso y ordenando su fusilamiento. Se desconoce el contenido de aquella conversación. Uzal deja deslizar la idea de una venganza, pues durante su juventud Chilavert pasó una temporada en Entre Ríos donde —aparentemente— chocó con Justo José por cortejar ambos a la misma mujer. El conflicto tomó grandes dimensiones y terminó en la Justicia.

Martiniano murió espantosamente. A punto de ser fusilado se le comunicó que por órdenes de Urquiza debía morir de espaldas, como los traidores. Entonces estalló. No hubo forma de llevar adelante la sanción. Terminó siendo agredido con un hacha y rematado con el fuego de las bayonetas. Pero Chilavert murió como vivió: de frente.

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