La Iglesia que desea Francisco

El Papa Francisco beatificó a Juan Pablo I. (AP)
El Papa Francisco beatificó a Juan Pablo I. (AP)

Cuánta gente vive a medias, sin dar nunca el paso decisivo, sin despegar, sin apostar todo por el bien, sin un compromiso verdadero por los demás.

En la beatificación del Papa Luciani (Juan Pablo I) e inspirándose en las palabras del evangelio del domingo 4 de septiembre, el Papa Francisco trazó el camino de vida para los discípulos de Jesús reunidos en la comunidad de la Iglesia, especialmente en este tiempo caracterizado por formas éticas y morales individualistas y “facilongas”.

Afirma Francisco: “Sucede hoy, especialmente en los momentos de crisis personal y social, cuando estamos más expuestos a sentimientos de rabia o tenemos miedo por algo que amenaza nuestro futuro, que nos volvemos más vulnerables; y, así, dejándonos llevar por las emociones, nos ponemos en las manos de quien con destreza y astucia sabe manejar esa situación, aprovechando los miedos de la sociedad y prometiéndonos ser el ‘salvador’ que resolverá los problemas, mientras en realidad lo que quiere es que su aceptación y su poder aumenten”.

Y enfatizó: “De hecho, se puede ir en pos de Jesús por varias razones, y algunas -debemos reconocerlo- son mundanas. Detrás de una perfecta apariencia religiosa se puede esconder la mera satisfacción de las propias necesidades, la búsqueda del prestigio personal, el deseo de tener una posición, de tener las cosas bajo control, el ansia de ocupar espacios y obtener privilegios, y la aspiración de recibir reconocimientos”.

Es decir, el estilo de Dios no instrumentaliza nuestras necesidades, no usa nunca nuestras debilidades para engrandecerse a sí mismo, no seduce con el engaño, no quiere distribuir alegrías baratas ni le interesan las mareas humanas, no busca la aceptación o la idolatría, no quiere que la gente lo siga con euforia y entusiasmo fáciles, sin siquiera discernir sobre las motivaciones y las consecuencias de lo que significa seguir a Jesús. Como afirmamos los católicos, aunque no lo pongamos en práctica, el estilo de Jesús y de la Iglesia no significa entrar en una corte o participar en un desfile triunfal, y tampoco recibir un seguro de vida, sino ser específicamente responsables en todo nuestro actuar y tomar -como Él- las propias cargas y las de los demás; hacer de la vida un don; gastarla imitando Su amor generoso y misericordioso, mirándolo a Él más que a nosotros mismos.

Dice Francisco: “Mirando al Crucificado, estamos llamados a la altura de ese amor: a purificarnos de nuestras ideas distorsionadas sobre Dios y de nuestras cerrazones, a amarlo a Él y a los demás, en la Iglesia y en la sociedad, también a aquellos que no piensan como nosotros, e incluso a los enemigos”.

“No vivir a medias”

El Papa Francisco señala: “Si, por miedo, renunciamos a darnos, dejamos las cosas incompletas: las relaciones, el trabajo, las responsabilidades que se nos encomiendan, los sueños, y también la fe. Y entonces acabamos por vivir a medias.

Cuanta gente vive a medias! También nosotros, muchas veces, tenemos la tentación de vivir a medias; sin dar nunca el paso decisivo, sin despegar, sin apostar todo por el bien, sin comprometernos verdaderamente por los demás. Jesús nos pide esto: vive el Evangelio y vivirás la vida, no a medias sino hasta el extremo. Sin concesiones”.

Y Francisco concluyó: “Con su sonrisa, el Papa Luciani logró transmitir la bondad del Señor. Es hermosa una Iglesia con el rostro alegre, sereno y sonriente, una Iglesia que nunca cierra las puertas, que no endurece los corazones, que no se queja ni alberga resentimientos, que no está enfadada ni es impaciente, que no se presenta de modo áspero ni sufre por la nostalgia del pasado. Roguemos a este padre y hermano nuestro, pidámosle que nos obtenga ‘la sonrisa del alma’, esa transparente, la que no engaña. Pidamos, con sus palabras, aquello que él mismo solía pedir: «Señor, tómame como soy, con mis defectos, con mis faltas, pero hazme como tú me deseas»”.

Vuelvo al comienzo. Este es el camino de cada cristiano y de la Iglesia toda. Un camino nada fácil, como lo señala Jesús con las comparaciones del “camino angosto y en subida” y la “puerta estrecha”. Camino, sin embargo, que la humanidad hoy necesita -me animo a decir más que nunca- para “dar un sentido” a la vida, para no hacer de la guerra un emblema, para cuidar la naturaleza (que primero hizo todo lo necesario para que pudiésemos vivir), para mitigar las inmensas desigualdades personales y sociales, para lograr una convivencia en paz y bondadosa sin la perversidad de las armas o de la fuerza.

* El autor es sacerdote católico

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