La carrera perdida contra el virus

Los intereses empresariales y geopolíticos impidieron que se hiciera a tiempo lo que se intenta hacer ahora. Ya se han perdido muchos meses y muchas vidas por la demora. / Foto: Orlando Pelichotti
Los intereses empresariales y geopolíticos impidieron que se hiciera a tiempo lo que se intenta hacer ahora. Ya se han perdido muchos meses y muchas vidas por la demora. / Foto: Orlando Pelichotti

Lograr que las vacunas se produzcan simultáneamente en la máxima cantidad posible de países, no es una utopía.

Además de haber sido el primer gobernante que plantea poner fin a la gravitación del modelo neoconservador que impuso Ronald Reagan y al que los gobiernos de Bill Clinton y Barak Obama se limitaron a atenuar, Joe Biden entrará a la historia como el primer líder de una superpotencia que impulsó la liberación de patentes para que las vacunas puedan producirse en muchos países del mundo.

Rápidamente se sumó Xi Jinping y, a renglón seguido, lo hizo Vladimir Putin. Pero al primer paso lo dio el presidente norteamericano.

Por cierto, lo hizo porque ningún país está a salvo si el virus sigue en otros países y para equilibrar el posicionamiento en el mundo logrado por Rusia y China a través de sus vacunas. Pero lo hizo.

Lo que plantea Biden y analiza apoyar la Unión Europea, parece el único instrumento viable para enfrentar una pandemia global como ésta.

Todo lo que demoren las superpotencias y la Organización Mundial de Comercio en acordar la forma de implementarlo, se podrá medir en centenares de miles de muertos.

De hecho, aunque India y Sudáfrica habían llevado la idea a la OMS en octubre, la iniciativa llega mucho más tarde de lo que debió. Trágicamente más tarde.

En estas páginas hemos planteado que las potencias que pueden crear y producir vacunas, debieron dar este paso en el comienzo de la pandemia.

Ni bien se descubrió la existencia de un virus desconocido, la ciencia actuó con gran velocidad y no tardó en precisar su poder de contagio y sus niveles de letalidad.

Con esos datos biológicos, los modelos matemáticos de inmediato revelaron la proyección estadística escalofriante que la pandemia tendría en el mundo globalizado.

Habían pasado un par de meses desde que sonaran las alarmas en Wuhan y ya estaba claro qué porcentajes de la humanidad moriría en los distintos escenarios posibles.

Estaba claro que, para enfrentar un enemigo global y sin fronteras, se necesitaba una alianza global que actuara dejando de lado las fronteras.

A diferencia de pandemias anteriores, como la poliomielitis o el Sida, cuyas vías de contagio son más complejas y por ende limitadas, el covid19 es una enfermedad respiratoria que se expande a través del aire, por lo tanto, globalización mediante, fue posible hasta calcular con gran precisión el avance vertiginoso del virus en el mundo. Y lo que revelaban los cálculos estadísticos no dejaban dudas: había que crear vacunas en tiempo récord y organizar una campaña de vacunación global y simultánea.

La simultaneidad es imprescindible no sólo para reducir las muertes en cientos de miles (tal vez millones); también para ganar la carrera contra las mutaciones del virus, que se va acelerando con la expansión de los contagios, pudiendo llegar a la variante que quede fuera del alcance inmunizador de las vacunas.

Esta realidad se conocía. Por eso es inexplicable que recién ahora se plantee lo que debió plantearse el año pasado. De haberse permitido que las vacunas se produzcan libremente en todos los países que puedan hacerlo, la campaña de vacunación global estaría mucho más avanzada de lo que va en este apartheid sanitario en el que muchísimos países esperan que les llegue en avión lo que podrían estar produciéndose en sus territorios.

Por cierto, no todos los países están en condiciones de hacerlo. Sobre eso debiera estar trabajando el mundo desde la primer mitad del 2020. El otro punto indiscutible es que los laboratorios privados que invirtieron en investigación y en el desarrollo de vacunas, deben obtener ganancias. Así tiene que ser para que vuelvan a invertir en crear y producir vacunas en las próximas pandemias. De otro modo, esta será la última vez.

También tienen derecho a ganancias o ventajas geopolíticas aquellos Estados, como el ruso y el chino, que invirtieron en crear y producir vacunas. Eso debían acordar las superpotencias ni bien estuvo claro cómo se desarrollaría esta pandemia.

Todo era posible. Lograr que las vacunas se produzcan simultáneamente en la máxima cantidad posible de países, no era una utopía. Los intereses empresariales y geopolíticos impidieron que se hiciera a tiempo lo que se intenta hacer ahora. Ya se han perdido muchos meses y muchas vidas por la demora. Probablemente se pierdan cientos de miles de vidas más si las discusiones que debieron empezar en la primera mitad del 2020 se prolongan demasiado a partir de ahora, o demoran en comenzar.

Ante la excepcionalidad de la amenaza, los laboratorios hicieron la proeza científica de crear vacunas en tiempo récord, pero la política fracasó en organizar una campaña global y simultanea de vacunación.

Un virus dejó al descubierto que el orden mundial no sirve para afrontar las amenazas que, por el cambio climático y la superpoblación, de ahora en más afrontará la especie humana.

*El autor es politólogo y periodista.

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