Harvard y La Matanza

La vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner. Télam
La vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner. Télam

A diferencia de las síntesis culturales, las batallas culturales son la expresión de una facción que quiere imponerse acabando con las otras.

“Chicos, estamos en Harvard, estamos en Harvard, estamos en Harvard, por favor esas cosas son para La Matanza, no para Harvard….. chicos, estamos en Harvard...” Cristina Fernández (2012)

Laura Radetich, la profesora adoctrinadora de La Matanza, es una militante de base, un soldado de la batalla cultural, bien kamikaze en su forma de actuar pero bien pertrechada ideológicamente de las armas básicas con las que necesita combatir e imponer su concepción que expresa a no todo el peronismo, sino a un ala peronista muy sectaria, la K, que no considera peronista ni siquiera al Perón del 73 ya que seguramente en ese tiempo opta por defender a los imberbes de Montoneros contra el General.

A Radetich hoy se le critican los gritos con que expresó su adoctrinar, pero hay muchos -sobre todo en el peronismo- que le dan un aval implícito a los contenidos que expuso. Cuando el problema principal no son los gritos sino los contenidos, el adoctrinamiento como forma de enseñar. Eso que de manera increíble -tanto en forma como en contenido- ha sido defendido por el presidente Alberto Fernández, es uno de los momentos más opacos de su atribulada gestión.

Cuando esta concepción sectaria del peronismo se quiso imponer, tanto en las escuelas de Harvard como en las de la Matanza, en ambos lados los alumnos reaccionaron igual, cuestionando al poder con las preguntas que no le gustan al poder. No era como decía en 2012 la entonces presidenta Cristina Fernández de que en La Matanza se podían tolerar esas preguntas pero no en Harvard, haciendo una evidente discriminación. Ahora, desde La Matanza, se pudo verificar que los alumnos de ese municipio preguntan tan bien o mejor que los chicos de Harvard, pese a las discriminaciones que se les hace empezando por Cristina.

Sus preguntas socráticas (no macristas sino animadas por el ánimo de saber la verdad que tienen los adolescentes, ya sean de Harvard o de La Matanza) desnudan al poder (que ante ellas no tienen más respuesta que intentar denigrarlas) ya sea el de Cristina, la emperadora suprema, o el de Laura Radetich la soldado kamikaze, dos militantes, la más alta y la más baja, de la batalla cultural.

A la batalla cultural que proponen estas personas no se la puede combatir con sus mismas armas, como sugieren algunos ilusos del bando opuesto a los K. Porque la batalla cultural es parte de una guerra donde el que gana extermina al que pierde, impone su concepción y borra de la historia a la otra. Se usaba mucho en los países del socialismo real donde la “ideología del proletariado” libraba la batalla cultural contra la “ideología burguesa”, tanto si ésta fuera expresada por los “burgueses” como por los propios compañeros donde esta ideología se pudiera haber infiltrado.

O sea, la batalla cultural es una lucha por el pensamiento único, no por integrar pensamientos distintos.

Es cierto que a veces una concepción de la historia tiene mucho mayor predicamento que las otras porque ha pasado a formar parte del sentido común de la sociedad. Pero de lo que se trata es de hacer ese sentido común lo más plural posible equilibrando unas ideas con otras y tratando de sintetizarlas en los grandes temas y en las instituciones, sin que ello implique que todos debamos pensar igual.

Hoy la cultura política argentina ha descendido una barbaridad desde los primeros años de la democracia, los años 80, donde las ideas opuestas se respetaban mucho más que ahora y donde era inconcebible algo parecido a lo de Radetich, o si ocurría, la profesora que se atreviera era de inmediato apartada de su cargo sin que nadie la defendiera. Hoy hay todavía sanción social pero mucho menor que ayer, donde incluso el peronismo se rectificaba de los excesos de los años 40. y hoy parece otra vez ratificarlos.

En realidad a la batalla cultural, en vez de presentarle “batalla” hay que oponerle otra forma de pelear: la de las síntesis culturales, que es lo que a la largo de su historia hacen los pueblos libres, y eso suele mostrarse en sus cartas magnas cuando no son facciosas y expresan un estado de la república en un determinado tiempo que debe proseguir más allá de la generación constitucional que la forjó.

La Constitución es para todos los miembros de una nación (o por lo menos para la inmensa mayoría), sino no sirve y eso siempre ha sido así cuando expresó el consenso de su tiempo.

La Constitución de 1853 no fue de ruptura sino de equilibrio entre unitarios y federales, donde se toleró un presidente fuerte pero dentro de un período limitado para evitar la autocracia y la eternización del poder.

La reforma constitucional de 1957 fue en lo esencial una vuelta a la de 1853 pero incorporando en la parte dogmática un artículo clave, el 14 bis, que sintetiza los derechos sociales que incorporó la Constitución de 1949 que en eso fue muy buena, pero tuvo dos grandes pecados: fue facciosa y no sintetizadora porque fue la constitución únicamente del partido que tenía la mayoría. Y tuvo un gran desliz antirrepublicano que niega la esencia de la del 53: la reelección indefinida. El art. 14 bis incorporó incluso el derecho de huelga que no tenía la constitución peronista porque se pensaba que era inimaginable, inconstitucional, hacerle huelga a un gobierno peronista.

Con respecto a la reforma de 1994, al principio se la consideró una constitución solo de Menem y Alfonsín, pero con el tiempo la fueron aceptando todos y hoy en general, salvo en dos o tres temas instrumentales se considera que es una continuación de la del 53 porque no tocó en nada la parte dogmática. Tiene, además, dos grandes elementos para su legitimidad: que expresa la síntesis alcanzada en los 70 y 80 entre peronistas y radicales y la alcanzada en los 90 entre liberales y peronistas. Y segundo que es una expresión acabada de la inclusión de los derechos humanos, luego de los derechos sociales del primer peronismo.

Hoy, de lograr amplia mayoría, el kirchnerismo quiere hacer otra constitución, pero facciosa, la que exprese una batalla cultural ganada por un partido hegemónico. No sintetizando para un nuevo tiempo como en 1853 y 1994 sino cambiando el contenido de ambas por otro opuesto. Una “constitución nacional y popular” contra las “neoliberales” del 53 y 94. Algo atroz.

Esa constitución de imponerse sería la de la batalla cultural contra las síntesis culturales. Dos formas de debates culturales donde la calidad institución (y algo más) de un país depende de cuál de las dos se imponga. Si la facción o el consenso de las partes.

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