martes 4 de agosto de 2020

Opinión

Gracias al latín

Leí hace unos días acerca de la oposición entre “placebo” y “nocebo”. Asocio los vocablos a dos verbos latinos de significado opuesto: “placere” (agradar, gustar) y “nocere” (dañar, perjudicar).

Tuve la suerte de haber recibido formación clásica desde mi escuela secundaria; a los doce años ingresar al mundo de las declinaciones latinas y a su sistema verbal solía ser motivo de protesta: había que, en un juego armonioso de memoria y razonamiento, entrar en una lengua flexiva. A medida que avanzábamos en la parte mecánica del idioma, empezábamos a disfrutar del placer de poder traducir a autores que hacía más de veinte siglos habían dicho verdades que, por su eterna vigencia, se consideran “clásicas”. Hoy, ese conocimiento de una lengua antigua permite a quienes la aprendimos desde muy jóvenes identificar voces que nos han llegado a través de los siglos y que, en diferentes ámbitos, nos permiten expresarnos.

Leía hace apenas unos días acerca de la oposición ‘placebo’ y ‘nocebo’. Asocio los vocablos a dos verbos latinos de significado opuesto: “placere” (agradar, gustar) y “nocere” (dañar, perjudicar). Esas formas nos llegaron fijadas en futuro imperfecto del indicativo, equivalentes a “agradaré” y “perjudicaré”. ¿Para qué se usan estos vocablos? En el primer caso, designa ese remedio que hace sentir bien al paciente; quizás no le da un remedio físico, pero a la persona le resulta agradable su ingesta y se siente bien con ella; todo lo contrario sucede con un ‘nocebo’, cuyo valor médico quizás sea excelente, pero que no brinda alivio al que lo consume y le resulta desagradable y hasta nocivo. Notemos el parentesco etimológico de los dos términos, ‘nocebo’ y ‘nocivo’.

Otros ámbitos también albergan palabras de clara raigambre latina: así, en economía, se habla de ‘déficit’ y ‘superávit’, sustantivos de valor opuesto, derivados de formas verbales en pasado y adaptadas al español, como se puede observar en su tildación como palabras graves. Respectivamente significan “faltó” y “superó”, con clara evidencia de las realidades económicas a las que aluden.

Y si vamos a otros ámbitos, ¿el ‘hábitat’ qué nombra? Y cuando un embajador recibe el ‘plácet’, ¿qué beneficio ha obtenido? ¿Qué premio se le otorga a alguien con un ‘accésit’? Los tres términos derivan de verbos, aunque hoy están inmovilizados como sustantivos y españolizados a través de la pronunciación y de la tilde. El ‘hábitat’, del verbo “habitare”, puede hacer alusión a tres nociones: para un ecologista, es un lugar de condiciones apropiadas para que viva o habite un organismo; en el vocabulario común, es un ambiente adecuado a los gustos y necesidades de alguien y, para un urbanista, constituye un espacio construido, en el que vive el hombre.

El sustantivo ‘plácet’ posee la misma etimología que ‘placebo’, solamente que está en presente de indicativo del verbo latino que ya mencionamos. Sirve para señalar la aprobación que da un gobierno a un diplomático a fin de que pueda ejercer en su territorio esas funciones para las que ha sido preparado.

También el ‘accésit’ es algo que recibe, en este caso, en certámenes científicos, literarios o artísticos, quien no obtuvo el premio mayor, pero “se acercó” a él. Es una recompensa inferior y ello se revela en el origen del término, proveniente del verbo “accedere”, que significaba “acercarse”. El vocablo está españolizado, como se advierte en el acento como palabra grave y, además, en su pronunciación que no será la latina sino que será la que corresponde a una doble “c”.

Al abrir un libro de índole religiosa nos llaman la atención dos expresiones en latín: la que reza “nihil óbstat” y la que dice “imprimátur”. La primera es una locución ya adaptada al español y que significa la aprobación de la censura eclesiástica católica para que un texto sea impreso. El diccionario da su equivalente como “beneplácito” y su traducción literal es “nada se opone, nada obsta”.

La segunda forma, “imprimátur”, corresponde al presente de subjuntivo, de la voz pasiva, en tercera persona, del verbo latino “imprimere”. Está precedido de la fórmula “nihil óbstat” y es la licencia que da la autoridad eclesiástica para imprimir un escrito: “Que se imprima”.

El otro término que nos llama la atención es vademécum, sobre todo cuando vamos a nuestra obra social y, para autorizarnos la compra de un medicamento, el farmacéutico lo consulta : “vademécum” es un sustantivo formado por dos palabras latinas, el verbo “vade”, que traducimos como “camina”, y la forma pronominal “mecum”, equivalente a “conmigo”. Evidentemente, ese “camina conmigo” no es otra cosa que el librito de poco volumen y de fácil manejo, que sirve para consulta inmediata de nociones o de informaciones fundamentales. Antes, nombraba también el cartapacio en que los niños llevaban sus libros y papeles a la escuela.

Se nos despiertan dudas acerca de cómo formar el plural de todos estos derivados del latín: en el caso de los sustantivos que terminan en “t”, el plural se hará simplemente añadiendo la “s” propia de ese número. Así, entonces, ‘déficit’ será en plural ‘déficits”, como ‘hábitat’ hará ‘hábitats’ y ‘superávit’ nos dará ‘superávits’. En cuanto a ‘placebo’ y ‘nocebo’ no tienen dificultad en formar su plural añadiendo la ‘s' como cualquier sustantivo terminado en ‘o': ‘placebos’ y ‘nocebos’.

En cuanto a ‘nihil óbstat’, es una locución que no varía en plural, salvo por el artículo: ‘el nihil óbstat’ y ‘los nihil óbstat’. Lo mismo ocurre con “imprimátur”, cuyo plural solamente se marca en el artículo: “los imprimátur”.

Finalmente, “vademécum” forma su plural añadiendo una “s” a la forma singular; tendremos, pues, “los vademécums”. Como curiosidad, el Panhispánico nos aporta la forma muy rara vez usada, complementaria de la que estamos comentando: se trata de “venimécum” (traducido como “ven conmigo”), con plural “venimécums”.