domingo 25 de julio de2021

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Política

Encontrados y desencontrados

Encontrados y desencontrados
Imagen Ilustrativa / Los Andes

Hay argentinos que, piensan más en los desencuentros del pasado, mientras que otros piensan más en los encuentros del futuro. Entre ellos se juega el destino del país.

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Luego de dos décadas -los 80 y los 90 del siglo XX- en que de algún modo se atemperaron las pasiones políticas y las posturas moderadas o las síntesis históricas tuvieron una cabida importante dentro de una Argentina acostumbrada a las divisiones en blanco y negro, con el acaecer del nuevo siglo retornaron los extremismos.

Se suponía que un par de décadas de democracia republicana debían alivianar los carácteres políticos pero la crisis de 2001 trajo consigo la antipolítica que, como siempre ocurre con los extremos, generó nuevas intolerancias, o en realidad viejas intolerancias disfrazadas de nuevas. Fue así como del que se vayan todos pasamos al vamos por todo, dos caras de la misma moneda porque ambos buscan excluir en vez de incluir.

El peronismo del siglo XXI, hasta ahora, se expresa a través de una cepa que ama los extremos, el kirchnerismo, que tiene una versión aún más sectaria en el cristinismo, especie de recuperación de los momentos más intolerantes de nuestra historia.

Eso dio lugar, como reacción, a un incipiente renacer del antiperonismo en tanto interpretación histórica monocausal que al identificar al kirchnerismo con todo el peronismo ve en éste, desde sus orígenes, la causa central de todos los males argentinos (llegando al absurdo de considerar a todos los fenómenos negativos previos al peronismo como sus inevitables antecedentes históricos).

Conviene, no obstante, aclarar que hoy por hoy el kirchnerismo domina, hegemoniza claramente dentro del peronismo, al menos en su conducción, mientras que el antiperonismo es por ahora apenas una tendencia más de la oposición, pero no su motor principal. Con lo cual la grieta no ha alcanzado sus niveles más grandes en la medida en que no son dos oposiciones enfrentadas a todo y nada. Sino una que provoca a la otra. Pero es indudable que en sus aristas más ideologizadas el cristinismo es un creador monumental de antiperonismo, que es además a quien desea enfrentar para hacer realidad su teoría (Laclau, dixit) de los dos bloques históricos enemigos, en los cuales en uno está el pueblo y el otro el antipueblo. Si kirchnerismo y antiperonismo hegemonizaran los dos al mismo tiempo en las coaliciones en pugna, nos aguardaría un choque brutal que sólo agrandaría la brecha nacional y nos seguiría alejando del mundo, de la civilización y de la racionalidad. En concreto, las teorías políticas extremas obnubilan la visión de las cosas al verla con el lente deformado de una sola causa fundante que sólo produce amigos y enemigos.

Así ocurrió con el antiperonismo, del cual es gran ejemplo el de 1955 donde se prohibió por ley hasta el uso de las palabras Perón y peronismo, donde se masacraron cientos de personas en la Plaza de Mayo y se fusiló decenas de defensores del régimen caido. Con lo cual, en pos de intentar extirpar al peronismo de la Argentina, sólo lograron que se difundiera aún más, que nadie que lo fue dejara de serlo y que muchos que no lo fueran comenzaran a serlo. El antiperonismo se propuso la utópica misión de hacer desaparecer al peronismo de la Argentina, desde la violencia y desde la cultura. A lo cual el peronismo respondió también desde la violencia y desde la cultura. Cultura como arma de combate, no de integración. Y en sus propósitos de hegemonía le fue históricamente mejor al peronismo que al antiperonismo.

Eso con el tiempo, llegada la democracia, se fue calmando y el antiperonismo pasó a ser no peronismo, algo del todo necesario, sobre todo en un país de tanta hegemonía peronista. Pero el kirchnerismo es una propuesta que propone retornar a esos conflictos históricos ya superados. Es, por empezar, profundamente antiliberal, y republicano apenas en la superficie. Recupera el autoritarismo rosista y la gesta de los caudillos de provincia del siglo XIX como formas de enfrentamiento “nacional y popular” contra el liberalismo argentino, sobre todo el que fundó el Estado nacional, el roquismo. Pero lo peor es la recuperación, que hasta rechazó el último Perón, de los excesos autoritarios del primer peronismo, a los que considera instrumentos que a fin de hacer la revolución necesariamente deben estar alejados del republicanismo, que según los K defiende al statu quo. Ya lo sabemos, culto a la personalidad, centralización del poder, justicia adicta, odio a la prensa, reelección eterna, etc, etc. Si a eso se le suma la reivindicación de los ideales de la guerrilla de los años 70, está todo dicho. A cuyos cultores ya no se los ve como lo que fueron en gran mayoría, víctimas del terrorismo de Estado, sino combatientes por un orden más justo. O sea que no se recuperan solo sus ideales, sino su ideología, que era sectaria, extremista y violenta.

Reiteramos, una cepa sectaria trata de interpretar al peronismo como la defensa de sus peores defectos en pos de la construcción de otro sistema político a partir de los mismos.

Y frente a ello, como reacción, renace la tentación de entender a todo el peronismo como la razón central de los males argentinos y, aunque pocos se atreven a decirlo explícitamente, se ve en la extirpación del peronismo la mejor solución posible para superar nuestras crisis. O_cuando menos, se considera al peronismo -aunque no se lo pueda extirpar- como la suma de todos nuestros defectos nacionales, entonces de lo que se trata es de diferenciarse lo más posible de él, de considerarlo contagioso.

En los albores del macrismo, allá por 2015 ya estaba en ciernes lo que luego expresaría Miguel Angel Pichetto y los sectores escindidos del kirchnerismo:_la de un peronismo conciliador y republicano que dejara de lado el extremismo K, y su concepción de querer dividir al país en dos mitades en pugna permanente. Es cierto que tanto desde el peronismo razonable y desde los sectores del macrismo menos antiperonistas, se intentó algún encuentro, pero al fin prosperó la idea contraria expresada por el asesor publicitario Jaime Durán Barba, de que la razón principal del éxito de Cambiemos se debía a su alejamiento de la vieja política, caracterizando a los macristas como la expresión de las nuevas ideas. Entonces se debía evitar todo pacto con el peronismo (que Pichetto intentó desde el primer momento, cuando era el jefe del senado) y en todo caso tolerar al radicalismo pero con la nariz tapada. Aún hoy esa idea se mantiene en algunos intelectuales orgánicos del macrismo que suponen que si quieren entrar los peronistas al espacio republicano, que lo hagan de a uno y arrepintiéndose de su pasado, porque si entran en grupo van a manchar con sus vicios a la cultura republicana. Esta idea, que es una versión posmoderna del antiperonismo, sostiene que hay que alejarse del mal para que éste no lo contagie a uno. Es una idea convencida de la efectividad de la cultura peronista para contagiar a quienes no lo son y por eso se proponen estar alejados de ella para construir un espacio de libertad sin autoritarismo ni populismo. Cuando la historia indica lo contrario:_las grandes fuerzas del cambio histórico son las que se animaron a integrar ellas lo viejo a lo nuevo, en vez de temer que lo viejo las contagie a ellas. Los grandes cambios los hacen los convencidos de que sus ideas son las más adecuadas a la época y por eso las que han sido superadas por la historia, sucumbirán cuando se le acerquen. Por el contrario, el kirchnerismo y el antiperonismo quieren separarse lo más posible uno del otro para representar dos países enfrentados a muerte, uno vive del otro en ese sectarismo.

Aunque de lo que se trata no es necesariamente de aliar políticamente a todos con todos, sino que todos juntos creen una cultura de la tolerancia en donde en lugar de buscar la causa única que jodió a la Argentina, encontremos las cosas positivas del país peronista y no peronista que nos pueden llevar al futuro.

Un pensador argentino decía que cuando se trata de construir el porvenir, es preferible mirar con mayor atención la cuna del hijo que la tumba del padre.

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