El Putin real y el que inventaron Cristina y Alberto

El presidente Alberto Fernández en su encuentro bilateral con su par de la Federación Rusa, Vladimir Putin. (Télam)
El presidente Alberto Fernández en su encuentro bilateral con su par de la Federación Rusa, Vladimir Putin. (Télam)

Cristina con su ideologismo extremo y Alberto con su oportunismo absoluto, inventaron un Putin con el cual creyeron que se podía jugar al TEG.

“Para Vladimir Putin, Argentina es un país traidor, y para Ucrania, un país enemigo”. Gerardo Milman, diputado nacional.

Nuestra pareja real, nuestro dúo Pimpinela, viven peleando pero hay algo en lo que coinciden, aunque por diferentes razones: en haber desarrollado una de las más delirantes políticas internacionales de las que se tenga memoria en la historia de la nación argentina. Ella, conducida por un ideologismo extremo, y él guiado por un oportunismo absoluto.

Si hay algo que expresa acabadamente la política internacional de Cristina Kirchner y Alberto Fernández es la relación que ambos mantuvieron hasta hace muy poco con el belicoso zar ruso Vladimir Putin, con una irresponsabilidad a prueba de balas ya que hace mucho tiempo era conocida la peligrosidad del personaje con el que se metieron a jugar sus juegos globales.

En 2011, el prestigioso escritor francés Emmanuel Carrere publicó un inteligente libro llamado “Limónov” que a través de la narración de la vida de un político menor, cuenta la historia de Rusia de los últimos 50 años. Allí se lo describe a Putin con una precisión que parece haber sido escrito hoy.

Empieza Carrere: “Putin respetó la constitución no aspirando a un tercer mandato pero creó un sistema ingenioso que recordaba a los coches con mandos dobles de las autoescuelas: el nuevo presidente, Medvédev, ocupa el lugar del alumno y Putin, el primer ministro, el de monitor”.

Luego sostiene: “Putin desconfió de la perestroika... y vivió el fin del imperio (soviético) como la catástrofe más grande del siglo XX”.

Para después definir su personalidad: ”Es frío y astuto, sabe que el hombre es un lobo para el hombre, solo cree en el derecho del más fuerte, en el relativismo absoluto de los valores, prefiere inspirar miedo que sentirlo…y desprecia a los lloricas que consideran sagrada la vida humana”.

No obstante, Carrere considera a Putin como “un hombre de Estado de gran talla” y cree que su popularidad se asienta en que le hizo sentir a los rusos que no deben avergonzarse de los 70 años de comunismo, que aunque hayan fallado los dirigentes, en el alma del hombre común el comunismo “era algo grande, heroico, hermoso, algo que confiaba en el hombre y que daba confianza en él. Había inocencia en aquella fe”. A partir de ese recuerdo, Putin desprecia el país que vino luego de la desintegración del imperio, al cual siempre deseó restituir.

Con esas ideas ya explícitas en 2011, lo que 11 años después hace este hombre con la invasión a Ucrania suena hasta lógico. Pero, más allá de eso, indicaba que había que andarse con prudencia en los tratos con este Trump ruso amado por el progrepopulismo no a pesar de, sino por su tiranía.

Los analistas políticos afirman que esa estrafalaria idea de que el vicepresidente designe al presidente es algo original de Cristina, pero acá verificamos que el primero que lo hizo fue Putin con su testaferro Dmitri Medvédev, al que puso de presidente reservándose él el lugar de primer ministro e indiscutido jefe político de la Nación. La diferencia es que al ruso le salió bien y a la argentina le salió horrible porque no pudo controlar a su criatura, como Putin controló a la suya.

Vladimir Putin y Cristina Kirchner
Vladimir Putin y Cristina Kirchner

La Cristina que en 2019 copió mal a Putin, venía de un par de presidencias anteriores donde su política internacional previa a la tentación rusa no dejó error por cometer llevada por ese ideologismo que suele obnubilar las decisiones políticas racionales que por su inteligencia debería tener.

La señora de Kirchner siempre odió a Barack Obama porque el presidente norteamericano en su relación con América Latina priorizó a Lula. Desde allí, por contraposición, su simpatía política hacia Putin, al que además considera como una especie de Lenin no comunista pero revolucionario.

Su ideologismo no cesó con la llegada de Alberto a la presidencia. Fue entonces la autora intelectual de esa burda maniobra por la cual se priorizaron las vacunas rusas por sobre las norteamericanas, inventando excusas comerciales que sólo ocultaban una estrategia geopolítica insólita y sui generis, surgida de la mente de Cristina.

Sus seguidores hasta idearon una canción donde acusaban a la vacuna pfizer de ser impulsada por gorilas clasemedieros defensores de la oligarquía y el imperialismo. Y a la vacuna sputnik como liberadora. El día en que salió el primer avión en búsqueda de las vacunas rusas, el locutor K, Víctor Hugo Morales, despidió a la nave como si fuera San Martín yendo a cruzar la cordillera de Los Andes. Literal.

Ese ideologismo llevado al grado superlativo, tuvo en Alberto Fernández su réplica oportunista en el peor lugar y en el peor momento: Rusia, febrero de 2022, en vísperas de la invasión de Putin a Ucrania. Allí viajó el mandatario argentino para supuestamente seducir a Putin, creyendo que con eso quedaría bien con Cristina.

Pero cuando se junta con los poderosos del mundo, el presidente argentino parece un turista cholulo que muere por sacarse una foto con el personaje famoso para mostrársela a sus amigos. Que eso fue lo que hizo con Putin: no sólo ofreció a la Argentina como la puerta de entrada de Rusia a América Latina, sino que dijo algo peor, de esas cosas que aunque se piensen, por elemental sentido de prudencia diplomática, jamás se dicen: que quería depender un poco más de Rusia para depender un poco menos de los Estados Unidos, ante la mirada sorprendida de un Putin absorto.

Luego del desatino, viajó a China donde rescató la identidad político- cultural entre el peronismo argentino y el comunismo maoísta chino.

Pero ahora termina negando todo en un viaje a Europa, donde fue sin objetivo internacional alguno, sólo para criticar a Cristina porque no se anima a hacerlo a menos de 10.000 kilómetros de distancia, ya que al regresar del viaje se desdijo de las críticas. En el viejo continente, frente a Macron, se declaró como el argentino más europeísta, criticando la invasión rusa y diciendo que la verdadera identidad cultural argentina es con Europa y no con China, como había dicho en China.

Por supuesto que decirle a todos que sí es lo mismo que decirle nada a ninguno. Y así le va: Zelenski lo odia, Putin lo cree traidor y nadie en Europa confía en este señor que va a venderle gas que no tiene a los europeos.

Es el desconocimiento absoluto de las reglas elementales de la política internacional. Es esa desesperación albertista por agradar a todo el mundo aunque para ello deba contradecirse todos los días en todo lo que dice.

Es cierto que con lo que le hizo Rusia a Ucrania puede decirse que el mundo está loco pero nosotros no le vamos en saga. Sólo que la locura mundial es una tragedia y la nuestra es de historieta.

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