El miedo, la “tribu” y la emoción están matando a la verdad

Escenas del fallido intento de golpe de estado en Brasilia. la capital jurídica y gubernamental de Brasil. Foto: AP
Escenas del fallido intento de golpe de estado en Brasilia. la capital jurídica y gubernamental de Brasil. Foto: AP

La grieta no es un invento argentino. Es un problema que inquieta al mundo y del que no podremos salir si antes no evolucionamos. La pesadilla de las redes. El caso Trump y el caso Bolsonaro.

Lo estudiamos con el auge de eso que llamaban posmodernidad allá por los ‘90. Sí, ese concepto tan remanido de “la muerte de los grandes relatos”, el caput de las ideologías, el chau pichu a la cortina de hierro. El boom del individualismo, sobre el ocaso de las utopías.

Los partidarios de Bolsonaro tuvieron que dejar el acampe. Foto: Télam
Los partidarios de Bolsonaro tuvieron que dejar el acampe. Foto: Télam

Pero el problema que persiste hoy es que tampoco parecen existir “verdades” consensuadas, por llamarlas de alguna manera. Se pone ahora en crisis también ese contrato social de que “nos ponemos de acuerdo en esto y aquello” y vivimos sabiendo que la tierra es redonda, que la democracia es la mejor de las políticas posibles, y que si bien ya no imperan las utopías, se puede pensar en un mundo más igualitario. Esta idea que sobrevivió a la posmodernidad, parece también morir en la pos posmodernidad. Hoy todo es relativo.

Es más importante lo que siento o creo, a lo que “es”. Pasión por sobre pensamiento.

Es esclarecedora la entrevista que El País de España le hace al filósofo José Antonio Marina (español, 83 años). Ahí este buen hombre suelta en voz baja:

“Tenemos una vida política excesivamente emocional, que genera una polarización muy grande. (...) Y fácilmente volvemos a lo ancestral. Los centros emocionales están muy profundos en el cerebro y cambian muy lentamente. En cambio, los centros cognitivos están en la corteza y lo hacen muy rápidamente. Por eso, podemos cambiar muy rápido de ideas y no de emociones, y las más viejas pulsan por salir. Por eso, las guerras funcionan siempre igual: quiero destrozarte, sufro y quiero vengarme. Son emociones viejísimas que emergen en el momento en que el control cognitivo desaparece”.

Facebook, YouTube, Twitter: un algoritmo que nos “arruina” como sociedad

La emoción le gana a la verdad. El subjetivismo imperante le gana a la verdad. Las redes sociales le ganan a la verdad. La mayoría no acude a Facebook, YouTube, Twitter, etc., para aprender algo nuevo o para cotejar; sólo para a buscar gente que opine igual. Y claro que la encuentra.

The Washington Post recibió el premio Pulitzer por la cobertura del asalto al Capitolio. (Foto / AP)
The Washington Post recibió el premio Pulitzer por la cobertura del asalto al Capitolio. (Foto / AP)

En Estados Unidos, Trump, tras perder ante Biden, hizo de la fake news un festival, que -tras irradiarse por las redes sociales- terminó con el Capitolio tomado por personajes que parecían salidos de una convención de comics. Ellos siguen creyendo que fueron víctimas de fraude, producto de una conspiración universal. Y otro tanto sucedió con Bolsonaro y sus seguidores, en la “toma” de Brasilia. Como cortados por la misma tijera. La tijera de la posverdad.

Como se ve, la grieta no es un invento argentino. Así explica la polarización el pensador ibérico, ante la pregunta de la periodista Berna González Harbour:

“¿Por qué estamos tan polarizados? Por la misma razón por la que ha aumentado la importancia de la identidad. Una de las emociones más ancestrales de la humanidad es la pertenencia al grupo. En un mundo globalizado eso empieza a perderse, lo que genera miedo y la gente quiere volver a sentirse identificada con su grupo. Una de las formas que tiene un grupo de cohesionarse es oponerse a otro”, dice Marina.

Es decir, “me importa un joraca lo previamente establecido en la sociedad”. Las instituciones o la república. Solo creeré en lo que mi grupo, mi tribu, se repite a sí mismo como si fuera un mantra.

La grietas crecen al ritmo de la posverdad

En líneas generales, en la “era de la posverdad” es más importante lo que yo creo que lo que realmente sucede. Y es una factura (y una fractura) que hay que pasarle enterita a las redes sociales. Se han formado burbujas de gente que sólo charlan entre sí (los k con los k, los anti k con los anti k, los fundamentalistas con los fundamentalistas, por ejemplo), que se “ceban” entre sí, y que no están dispuestos a que su discurso pétreo muestre alguna porosidad.

Facebook te junta solo con gente que dice cosas que “te gustan”, que te alejen de los “miedos” al calor de una “tribu”, y donde impera solo la emoción. Allí nacen nuestros problemas modernos. O mejor dicho, pos posmodernos.

No nos queda otra. Estamos obligados a evolucionar para, de la mano de las verdades fundacionales pactadas (la principal, la democracia), entrar en una nueva era. La era de escuchar al otro.

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