sábado 19 de junio de2021

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El hombre invisible
Si un presidente no puede ni siquiera cambiar a un subsecretario, no puede hacer nada. Excepto, claro está, clamar desesperado lealtad absoluta hacia aquella que todos los días le está limando el piso. / Foto: Gentileza
Opinión

El hombre invisible

Alberto se ha transformado en una sombra de sí mismo, en el hombre invisible porque está quedando absolutamente invisibilizado en su rol presidencial.

El hombre invisible
Si un presidente no puede ni siquiera cambiar a un subsecretario, no puede hacer nada. Excepto, claro está, clamar desesperado lealtad absoluta hacia aquella que todos los días le está limando el piso. / Foto: Gentileza
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Fue una semana plena de anomalías institucionales, de enorme degradación republicana por casos como el de la pelea Guzmán-Basualdo (otro episodio más de la lid Alberto-Cristina) o el gobierno nacional y el provincial versus la Capital y la Corte. Sumando el duro golpe a la una concepción ética de la democracia que implicó la cátedra de Amado Boudou.

Este gobierno, siendo igualmente kirchnerista, no es igual a los anteriores presididos por Cristina. Aquel se regía por una concepción clara, la del “vamos por todo”. Se trataba de ocupar las instituciones republicanas, las de cambiarlas por otras.

Ese combate comenzó con la circular 125 donde se intentó avanzar en la estatización del campo como se hizo durante el primer peronismo con el IAPI, instituto a través del cual el Estado manejaba todo el comercio exterior de carnes y granos. Luego le siguió la ley de medios, intentona de doblegar al periodismo independiente dividiendo todo lo posible a las empresas para que la influencia de la comunicación como contrapoder fuera la mínimo posible. Para culminar con una reforma judicial que bajo la excusa de la “democratización” pretendía avanzar en la elección política y partidaria de los miembros de la Justicia a fin de eliminar la independencia de 1 de los 3 poderes del Estado, ya que los otros 2 ya estaban en sus manos, uno convertido en una escribanía, y el otro en una autocracia.

Ese proyecto del vamos por todo resultó fallido porque la resistencia institucional y social fue contundente. Los campesinos se declararon el rebeldía, los medios se defendieron del intento de fracturarlos en mil y la Corte Suprema impidió la reforma judicial, que de imponerse, sería punto de partida para una reforma constitucional que además de incluir la reelección permanente, proponía una concepción populista en vez de la republicana de nuestra carta magna.

Tanto los productores agrarios, como la prensa agredida y la justicia invadida contaron con el apoyo de enormes masas ciudadanas que salieron a las calles a protestar por esas graves heridas a la democracia republicana, que por otra parte influyeron decisivamente tanto en la división del partido mayoritario como en el fracaso electoral 3 veces consecutivas.

Es por ese estrepitoso fracaso que sufrió el vamos por todo por parte de la sociedad argentina no dispuesta a dejarse someter, que con el retorno al gobierno, la estrategia de Cristina ahora es sutilmente otra, aunque los objetivos sean los mismos.

En primer lugar porque sus dos gobiernos anteriores, Cristina los consideraba enteramente suyos. Y ahora sólo lo considera en parte suyo porque las circunstancias la obligaron a construir una forma de acceso al poder que día a día demuestra sus limitaciones, ya que el poder no está en el Ejecutivo, pero tampoco puede estarlo plenamente fuera de él ya que el sistema institucional argentino es muy presidencialista. Eso lleva a una debilidad objetiva: mucho poder acumulado en manos de Cristina, pero la imposibilidad de aplicarlo directamente. Menos con un presidente que a pesar de demostrar sumisión total, aún así ella le sigue desconfiando como lo haría con cualquiera que no fuera ella misma o algún familiar.

Además Cristina claramente aprendió, aunque no lo reconozca, de los errores cometidos en sus anteriores gestiones. En primer lugar aprendió que la división del peronismo la perjudica mucho, por eso construyó, aunque fuera de manera frankensteiniana, una unidad que la condujo otra vez al gobierno pese a sus elevados índices de desprestigio personal.

También aprendió que en un país complejo como la Argentina, el camino venezolano de acceso al poder es inviable, que acá las instituciones y la clase media son mucho más fuertes que en otros países de América Latina pese a su constante decaer por la interminable crisis económica, social y ética. Por eso la intentona del “vamos por todo” que consistía directamente en “ocupar” todos los espacios de poder con su gente y sus contenidos propios, ha sido reemplazada por la actual, la de que antes que ocupar los espacios de poder, se necesita “vaciarlos” de todo lo que tienen adentro que a ella no le gusta.

Como Cristina misma ha reconocido, la división de poderes es una antigualla del siglo XVIII y la democracia no tiene por qué ser necesariamente republicana ya que el populismo es una palabra reivindicada como positiva por su intelectual Laclau. Pero precisamente nuestras instituciones y en parte nuestra cultura cívica están impregnadas de republicanismo y liberalismo, y entonces previo a ocuparlas con los nuevos contenidos, se necesita vaciarlos de los actuales. Esa es la tarea a la que está dedicada Cristina y sus principales espadas en estos momentos de su lucha política por el poder.

Lo primero que han vaciado a niveles insospechados es la figura del presidente de la Nación, el cual para defenderse y sobrevivir ha decidido (¿decidido?) doblegarse a toda instrucción directa o indirecta de Cristina y sus huestes, instrucciones que día a día aumentan más y más en cantidad y contenido. La última ya superó todos los límites de la tolerancia institucional: un ministro le pide la renuncia de un subordinado suyo al presidente, por disentir con su política sectorial, y el presidente le acepta el pedido. Pero Cristina y Kicillof no. ¿Resultado?: el subordinado se queda, el ministro se debilita a más no poder y Alberto calla. Si un presidente no puede ni siquiera cambiar a un subsecretario, no puede hacer nada. Excepto, claro está, clamar desesperado lealtad absoluta hacia aquella que todos los días le está limando el piso. Como hizo en el acto del otro día en Ensenada, donde gritando como si estuviera en una cancha de fútbol, al borde de la histeria, el presidente, a dos metros de Cristina, rindió examen de obediencia total ante los aplausos aprobatorios de la poderosa dama. Jamás, desde que se inició la nueva democracia en 1983, un poder presidencial había sufrido un grado tal de vaciamiento simbólico. Jamás. Alberto se ha transformado en una sombra de sí mismo, en el hombre invisible porque quedó absolutamente invisibilizado en su rol presidencial.

Y si de vaciamiento simbólico hablamos, nada más contundente en ese sentido que la conferencia pronunciada por el presidiario Amado Boudou en la Universidad más importante del país, la de Buenos Aires. No se trata de nada ilegal, pero la misma casa de estudios que intentó negarle al juez del lava jato, Sergio Moro, que hablara en sus claustros, permite que lo haga un preso común que cumple sentencia. De este modo, la UBA queda seriamente herida en su autoridad ética y en su prestigio académico. Primer paso para un futuro intento doctrinario de partidización. Pero primero hay que vaciarla.

Lo mismo se intenta con la Justicia a partir de la teoría del lawfare. Su objetivo principal es desestimar absolutamente toda condena de la justicia que esté en contra de los intereses del grupo gobernante, ya que se supone que si dictan en contra del poder oficial, los jueces están formando parte de una alianza con los medios de comunicación, la oposición, el poder económico real y suponemos también la sinarquía y el imperialismo, todo para desestabilizar al gobierno popular. Esa actitud han tomado con el fallo de la Corte que confirma la autonomía de la Capital Federal: hay que vaciar a la Corte de sus actuales miembros y sus concepciones, para recién después ocuparlas con las suyas.

En suma, absolutamente todo marcha en el sentido de limpiar de toda influencia extraña al oficialismo a las instituciones de la república, para recién luego marchar sobre ellas. Esa es la tarea, que aunque no lo sepa (porque a esta altura cada vez sabe menos de todo) le ha encomendado el poder real al poder formal de Alberto Fernández: que deje tierra arrasada para que luego vengan ellos a reunificar el poder formal con el real.

Cuando el hombre invisible que han hecho de Alberto, se desvanezca definitivamente en la nada misma.