miércoles 24 de febrero de 2021

Raúl Baglini
Opinión

El “Gordo”, un político en serio

En el Congreso Baglini parecía gozar cuando decía sus geniales discursos. Gozaba como lo hace un buen jugador con la pelota o un mejor pintor frente al lienzo.

Raúl Baglini

Son muchas las facetas de Raúl Baglini con las que se puede iniciar una nota de despedida, pero las esenciales son dos: fue un político excepcional y un hombre bueno. Ambas cosas a la vez.

Perteneció de pleno derecho -por edad, por contenidos y por estilo- a la generación de la edad de oro de la democracia surgida en 1983. Una camada de buenos políticos surgidos de las amplias filas de nuestra clase media vinieron a tratar de recuperar el gobierno y el poder para todos los argentinos. Era cuando todavía se seleccionaba a los mejores para conducir los destinos de la patria y no a los peores como tantas veces ocurre hoy.

Escuchar a Baglini en el Congreso era un lujo; aliados y opositores se alistaban como quien se prepara para apreciar una buena película. Raúl cubría de datos sus alocuciones pero les ponía contexto, fondo y sustento. Hacía los discursos simples y divertidos a pesar de que eran los más profundos de todos. Parecía gozar mientras hablaba como goza un buen jugador con la pelota o un mejor pintor frente al lienzo.

Un día, en plena juventud, quiso ser gobernador de su querida provincia y anduvo cerca. Es aún muy recordado el famoso debate televisivo entre Raúl Baglini y José Octavio Bordón, su competidor justicialista que venía a intentar destronar al radicalismo de la gobernación de Mendoza, mientras que Baglini debía defenderlo.

Lamentablemente, en la memoria histórica del debate quedó lo peorcito, el final, donde predominaron las chicanas por unos breves pero tensos minutos, donde quizá Baglini perdió puntos por algunas cosas que dijo, seguramente propuestas por algún asesor porque no coincidían con su estilo. Pero más allá de eso, que queda para el anecdotario del pasado, lo cierto es que se trató de un debate de lujo, donde ambos contendientes se arrojaban ideas a cual mejor que la otra, como si se tratara de dos elegantes espadachines compitiendo en un duelo de esgrima por un reino anhelado. Baglini y Bordón parecían más interesados por convencer al rival de las bondades de sus propuestas que de lo negativo de las del otro. Se ha degradado tanto ese estilo de hacer política que hoy hasta sería positivo pasar ese debate en las escuelas, en formación democrática o cívica.

A riesgo de ser políticamente incorrecto, yo siempre pensé que en vez del afamado teorema “de” Baglini, habría que crear un teorema “para” Baglini. O sea, el Gordo era tan talentoso y sabía tanto de lo que sabía (y eran muchas cosas) que merecería haber sido senador vitalicio, cosa que en todo caso podría corresponderle en la Argentina apenas a unos pocos políticos que sobran para contarlos los dedos de una mano. Él seguramente lo hubiera rechazado porque era super republicano, pero se lo hubiera merecido. Y el país habría ganado.

Fueron innumerables las veces que concurrí a su estudio para preguntarle cosas con qué escribir alguna que otra nota. Baglini me esperaba con una parva de documentos y me tenía varias horas contra las cuerdas. “Pero Gordo”, le decía, “yo no necesito tanto, es apenas para una columna”. Pero él no paraba. Al rato largo salía con información para una docena de notas, pero eso no era lo más importante. Lo increíble es que tanto yo como todo quien hablaba con Baglini ¡salía más inteligente!, aunque ustedes no lo crean, porque para entenderlo era necesario forzar el cerebro al máximo. No es que fuera complicado, sino que era algo parecido a un sabio.

El Gordo era bastante torpe con la rosca política, nunca le gustó y no estoy muy seguro de que la haya entendido del todo. Sabía de alta política y allí se sentía a sus anchas, más abajo se aburría, precisamente en lo que divierte a la mayoría de los políticos.

El Gordo siempre me hizo acordar a un niño grande que jugaba con lo que amaba, vale decir los grandes temas de la República y de la construcción  democrática. Y que también, como un niño, ignoraba las maldades del poder. O cuando menos las despreciaba.

Pocos políticos, y en general, pocas personas, compartieron, como él, todo lo que sabían con los demás. Y lo regalaba con afecto. Cuando me llamaba por teléfono para comentar alguna nota mía, era para tirarme unas cien  ideas más que yo podría haber puesto, pero me las ofrecía como aportes no como críticas. Siempre sumaba, nunca restaba.

No te imaginás, Gordo, cómo te vamos a extrañar.