El futuro ya no es lo que era

El futuro ya no es lo que era
Futuro

El futuro se ha devaluado tanto o más que nuestra moneda, convertido sólo en una sucesión de inciertos presentes.

En una de esas tardes vacías en la pandémica cuarentena, cansado de ver televisión, de ordenar la biblioteca, revisar papeles, es decir, no hacer nada, vino a mis manos el número 140 de la revista libro “Nueva Dimensión”, (1981) de ciencia ficción y fantasía, editada en Barcelona. Tras releer algunos cuentos di con la sección de noticias acerca del género, entre las cuales figura la del fallecimiento de Francis Roger Rayer, escritor inglés, de quien se citan varias novelas, en especial una que trata acerca de… una máquina pensante. Más que el tema, me impactó el título:

“Hoy es el futuro”.

Por su conjuro, las palabras se arremolinaron hasta convertirse en reflexiones y brumosos recuerdos, entre los que apareció una tarde de mediados de diciembre de 1949, en el acto escolar de cierre de año y despedida a los alumnos de sexto grado (era un colegio solo de varones). Volvieron a mi memoria entonces las palabras del director, dirigidas especialmente a los que dejábamos la escuela:

“… ustedes, que son el futuro del país…”

Niños, casi púberes, creo que no prestamos entonces mucha atención, centrada en saber si nos darían en dinero el total de las estampillas que habíamos colocado en la libreta de ahorro postal (sí, nos enseñaban a ahorrar) o en las expectativas por el próximo ingreso a la secundaria (varones en la mañana, chicas en la tarde, mixto por la noche). La expectativa más próxima era a los 15 años, cuando ya podíamos vestir pantalones largos.

Pienso ahora que el futuro de ese tiempo se nos daba en pequeñas y distanciadas dosis: el gas que reemplazaba la cocina a leña, la radio que pasaba de las lámparas (irrenunciable: todos los días a las18, “Tarzán”, en la voz de César Llano) al transistor, los episodios y el color en el cine.

El futuro en esa época estaba teñido de los colores de la esperanza, de la ilusión, de la proximidad –cercana o lejana- de un mundo mejor. Eso era los que nos decían, sin darnos cuenta de que ese futuro se alejaba cada vez más y que se tornaba inalcanzable. Algo de esto intuía Albert Einstein:

“Nunca pienso en el futuro. Llega demasiado tarde”.

Lo peor es que ya ni nos acordábamos que nosotros éramos los protagonistas de ese proceso, y que la vida seguía discurriendo sin nosotros, manejada por otros.

El proceso tecnológico nos invadió, con una mejoría y avances fabulosos, y está mostrando que muy pocos lo podrán disfrutar plenamente. Habría que reeditar “El shock del futuro”, de Alvin Tofler (¡publicado en 1970!), cuya síntesis premonitoria era ésta: “demasiado cambio en un período de tiempo demasiado corto”, aunque lo más probable es que debería ser actualizado año tras año.

No obstante todos los avances, vertiginosos algunos, si se repara en algunos conceptos posteriores a esa niñez, juventud y madurez, quizás solamente familiares, podrán encontrarse signos de alarma:

“¿Qué futuro le dejaremos a nuestros hijos?”

O bien, en edades más avanzadas:

“¿Qué futuro tendrán nuestros nietos?

Y qué decir de esa expresión, utilizada como ironía pero reveladora:

“El futuro ya no es lo que era”

Disfrazada de juego de palabras, la afirmación esconde una cruel verdad: lo que habíamos esperado, o soñado, ya no se iba a concretar de una manera sino de otra, impredecible, maravillosa pero amenazante, el humanismo arrodillado ante la Inteligencia Artificial. Qué curioso: cada vez más se inventan sorprendentes tecnologías, y el ser humano sigue siendo igual o peor de imbécil. Va al espacio exterior con mayores éxitos –en busca de planetas habitables- mientras sigue apuñalando a aquel en que vive. Realiza congresos de futurología mientras a su alrededor la pobreza y la violencia se convierten en otras pandemias.

Llegado a este punto, ¿se puede definir el futuro? Lo ha hecho la Real Academia Española en su diccionario (tan poco frecuentado). Primera acepción, y es un adjetivo: “Que está por venir y ha de suceder en el tiempo” Segunda acepción, también adjetivo: “Que todavía no es pero va a ser” Tercera acepción: “Tiempo que vendrá”

Se puede tomar la que más convenga a los pareceres, pero prefiero volver al principio y rescatar “hoy es el futuro” ¿Este hoy es el que imaginábamos hace 80 años? Y luego, tras recordar que “éramos el futuro del país”, preguntarme: ¿fui o todavía soy parte del futuro del país que, ilusionados, queríamos que fuera? ¿Seguiremos diciendo cada cuatro años (antes eran seis), que el país debe nuevamente ser reconstruido por unos u otros, sucesivamente, mientras la realidad nos abofetea? Las respuestas a estas preguntas las dejo a la toma de conciencia de cada uno.

Frente a todo esto, una reflexión, quizás escéptica, polémica, “el futuro se ha devaluado tanto o más que nuestra moneda, convertido sólo en una sucesión de inciertos presentes”.

*El autor es miembro por Mendoza de la Academia Nacional de Periodismo

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