miércoles 23 de septiembre de 2020

Opinión

El diccionario Oxford

Si nos ceñimos al diccionario, la Cuarentena es un período de tiempo, que va entre los 30 y 40 días, en el que nos confinamos al efecto de limitar los riesgos de enfermarnos. Es un método antiguo que en esencia nos preserva del contacto con todo lo que está afuera, llámense otras personas, animales, medios de transporte, objetos, etc. En principio se lo concibe como antídoto a la amenaza de contagio, y si esto ocurriese, como posible freno a su propagación social.

Por estos días circula una encuesta, que trata de medir las expectativas de la población respecto a la cuarentena, indagando en cuáles son los plazos que suponemos durará. Las opciones se calibran entre si pasaremos las fiestas con los más cercanos, si mantendremos los protocolos en el tórrido verano, o yendo más lejos aún: ¿proyectamos llegar a marzo, con el inicio de las clases 2021, y cumplir el primer aniversario de su aparición?

En el avatar de sus últimas conferencias, el presidente Fernández sostuvo que, por el grado de apertura de la actividad económica y la circulación de la gente: “La cuarentena no existe más”. No existe en los términos duros en los que fue planteado al principio, y, seguramente ayudó -y ayuda- a salvar vidas y acumular infraestructura para casos inevitables. Es lo que se entendió. Aunque Clarín haya ironizado en su tapa, agregando: “vamos a seguir hasta el 30 de agosto con el sistema actual”. ¿Qué es la cuarentena hoy?

Obviando la definición técnica y privilegiando el afán pedagógico, comunicadores, sanitaristas y funcionarios públicos afirman que es la única vacuna contra la pandemia. #QuedateEnCasa, el hashtag oficial, sería la síntesis del mensaje. Y la imprecision de esta consigna respecto a plazos: es parte de la lucha contra los discursos de la desobediencia.

Pero la imprecision alcanza también a su contenido. ¿Hasta dónde llega el repliegue personal, familiar o grupal? ¿Qué tanto la flexibilizamos para que su cumplimiento no conspire contra la salud física y mental de la población? En aras de retomar cierta “normalidad”, bautizamos una estrategia con el nombre equivocado. Es una posibilidad. ¿Estará pasando?

Cuando Alberto Fernández se refiere al “Sistema Actual”, luego de negar la existencia de una cuarentena estricta, da por sobreentendido que estamos en medio de un proceso novedoso, imponderable, y por ello mismo dramático. Un proceso que se abrió a 100 días de iniciado su mandato y que lleva administrando más del doble de ese tiempo. Una colección de daños acumulados y por venir, demasiado asociado con esta estrategia, para no exhibir un horizonte, una salida próxima -lo hizo, y evitar nombrarla.

Longobardi en su programa radial, intentó una pirueta: separar el saludo de felicitaciones de Macri a los manifestantes del 17A, de los trabajos previos de promoción del Banderazo. La intervención del ex Presidente, para Longobardi, fue sólo motivada por los resultados de la convocatoria, y no porque estuviera de acuerdo con la idea de salir a protestar en un momento pico, contraviniendo incluso las definiciones del propio Rodríguez Larreta. Una pirueta imposible, que sonó de mínima a despropósito.

Al movimiento anticuarentena, en tanto estado de opinión que fue radicalizándose con el correr de las prórrogas, ayudó en gran parte la definición de Juntos por el Cambio, a convertir los lastres del parate -sobre todo en el plano económico- en letra de una oposición política. “La cuarentena eterna”, que campeó como queja airada en estos sectores, pronto pasó a denunciar la orfandad de la gestión. Al convertirse en la única herramienta para afrontar la pandemia, en perspectiva de esta oposición, el gobierno se aferró a ella de manera amorosa. “Se enamoró de la cuarentena”, dijeron, para expresar el desatino de apostar por un medio como si fuese un fin, y en su administración producir nuevas enfermedades que la que originalmente se propuso sanar.

Las críticas más tibias a la duración del aislamiento, ya con el diario del lunes, se centraron en su temprana implementación. Dudan que haya servido y evitado contagios cuando la situación epidemiológica era controlable. Pues bien, la declaración de que la cuarentena no existe, de hecho tenemo más libertades que restricciones. Más mercados y menos control estatal.

La entidad de la cuarentena, o de las cuarentenas, según el concepto de cada uno, ha perdido terreno frente al discurso de la responsabilidad. A partir de esta idea, el presidente uruguayo Lacalle Pou, ha podido estabilizar los contagiados en su país con indicadores bien bajos y sosteniendo relativamente los niveles de actividad económica- receptado a una parte de la élite argentina, que veía en la cuarentena obligatoria de este lado del charco, un avance indebido del Estado sobre las libertades individuales. Con los números de casos en la cresta, y el cansancio de la sociedad fácil de percibir, la flexibilización de los controles y la apertura de la mayor cantidad de rubros, son, con excepciones, la adaptación de la receta uruguaya a un territorio más grande, complejo y heterogéneo.

El cambio de foco hacia la responsabilidad -llamada “cuarentena blanda”-, saca la pelota del terreno del gobierno para ponerla en la sociedad civil. Una delegación de la confianza pública y distancia de la intervención continua, que significa también distender el lenguaje hacia nociones operativas del tipo fases 4 o 5. Etapas avanzadas que vislumbran “menos cuarentena, más horizonte”. Como lo señaló el presidente tras confirmarse la fabricación en el país de la vacuna de Oxford.