domingo 7 de marzo de 2021

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Imagen ilustrativa / Archivo.
Opinión

El capital simbólico que Alberto dilapidó

Rompiendo con Larreta, con la cuarentena eterna, con el velorio surrealista de Maradona y con la vacunación malvinera, Alberto se tiró varios tiros en el pie.

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El diccionario define al “símbolo” como un “signo que establece una relación de identidad con una realidad, generalmente abstracta, a la que evoca o representa”. En política los símbolos son muy importantes porque una palabra o un gesto pueden servir para interpretar el cuadro político general del momento. Ellos muestran, de modo simple e inmediato, lo mejor y lo peor de un gobierno.

Simbólico fue el momento en que, en el año 1972, Ricardo Balbín cruzó un cerco para saludarse con Juan Perón. Todo el mundo entendió que se estaba forjando un acuerdo entre los dos máximas expresiones de un país dividido durante décadas. O cuando en 1983 Raúl Alfonsín alzó con su mano la Constitución Nacional. Todo el mundo entendió que ese librito sería el proyecto, el programa y el relato con el que quería gobernar el nuevo líder radical. Pero también hay símbolos negativos de los cuales el más recordado es quizá aquel en que Fernando De la Rúa no encontraba la salida en el programa de Tinelli. Allí todo el mundo entendió que De la Rúa había perdido el rumbo y que estaba próximo a su final político. Fue de efectos determinantes en la evaporación de lo poco que le quedaba del poder presidencial.

Del mismo modo, lo que va de la presidencia de Alberto Fernández fue una fábrica de símbolos que mostraron mejor la identidad del presidente que las escasas realizaciones logradas por él hasta la fecha. Simbólicamente es posible ver con más claridad aquello que define la personalidad, el carácter, la garra del político y que tanto sirve para entender, en este particular caso, a un presidente que fue inventado -literalmente- por una expresidenta. Y en el cual, su poder -que por ahora es cualquier cosa menos real- se construye o deconstruye básicamente a través de gestos.

El primero de ellos fue enteramente positivo para Alberto Fernández. Pudo efectivamente significar un antes y un después de su gobierno, por lo menos así lo entendió la entera opinión pública. Se trató del momento en que para enfrentar la pandemia propuso en conferencia televisiva una férrea cuarentena acompañado por el jefe de gobierno de la Capital, Horacio Rodríguez Larreta. Fue tan notable la simbología política gestada que en muy poco tiempo las popularidades de Fernández y Larreta se dispararon de modo insólito, a niveles que casi rozaban la unanimidad y que los ponían al menos 30 0 40 puntos por encima de sus jefes políticos, Cristina Fernández y Mauricio Macri.

La gente en un instante se enamoró políticamente de ambos. La única condición era que siguieran estando juntos durante todo el combate contra la pandemia. Que, por otro lado, no requería sellar ninguna alianza política. Algún día ambos deberían dividirse para cada uno competir por su espacio. Pero en pandemia esa unidad “simbolizaba” un nivel político superior, de país desarrollado, no de republiqueta politiquera que es lo que solemos ser. Fue en ese preciso momento que Cristina se dio cuenta de la potencialidad del hecho y decidió, sin pudor alguno, hacerlo volar por los aires hasta que no quedara nada. Ella no quería que ninguno de los dos creciera. Pero como no podía confesarle eso a Alberto, le dijo que era un estúpido por permitir tanto crecimiento político del que mañana sería el principal enemigo de todos ellos. Tanto hizo Cristina que Alberto terminó traicionando a Larreta, con lo que no sólo le tiró un tiro en el pie al jefe de la Capital, sino que se pegó un tiro en el pecho a sí mismo. Superando incluso el apotegma peronista de “al enemigo ni justicia”, por el de “al amigo (porque así dijo Alberto considerar a Larreta) ni justicia”. Su primer símbolo positivo lo convirtió así, en negativo. Pero no se quedó allí, sino que duplicó lo malo al tratar la cuarentena de un modo descabellado. En vez de partir de ella para desarrollar efectivas políticas activas contra el virus como hizo todo el mundo, decidió que la única política activa sería la cuarentena. Devino entonces en algo inmodificable y en una épica de confrontación con los otros países porque Alberto comparaba en cada aparición televisiva los éxitos argentinos con los fracasos de todos los demás, aunque casi siempre se confundía con los datos. En fin, hizo una cuarentena malvinera, la más larga del mundo al grito de “estamo’ ganando” o “lo vamo’ a reventá'”. Por supuesto, empezamos ganando en apariencia pero a los postres terminamos disputando los peores puestos de infectados y muertos, con el costo económico más caro de todos los demás países debido a la brutal encerrona.

En fin, ya sea por Cristina o por sus propias torpezas, Alberto en pocos meses liquidó de forma horripilante todo el capital simbólico que le dio la cuarentena y su alianza con Larreta.

Es que hay que despersonalizarse para quedar bien con Cristina, pero cuando uno se despersonaliza ya no es nadie y entonces lo pueden tirar cuando no sirva más. Pobre Alberto, en la que se ha metido. Cristina se transformó en una maquinaria de poder como Terminator, dispuesta a llevar su poderío ante las últimas consecuencias. Y Alberto no tiene ni idea de qué tipo de pacto faústico ha firmado, que además es imposible de cumplirlo.

Luego vino lo de Maradona que fue crucial para liquidar casi todo el resto del capital simbólico que le quedaba a este gobierno. Capital que se lo llevó el Diego consigo al otro mundo.

Sacándose selfies con los presentes, Alberto confundió un entierro con un casamiento o un bautismo. Impresentable. Con la selfie mostró claramente su absoluto desconocimiento del contexto, no sabía dónde estaba parado, qué significaba ese evento que despedía a una leyenda mundial.

Con el megáfono, además de lo ridículo en sí mismo del gesto, dio órdenes que no solo nadie obedeció sino que nadie oyó._ Allí demostró desconocimiento de sí mismo, creyendo que podría detener a una turba solo por ser presidente. Algo patético e ineficiente a la vez, y así lo vieron los argentinos y el mundo entero.

Hasta debió soportar un lavado de pies en la fuente del Patio de las Palmeras por barrabravas que habían copado el sitio. Un delirante remedo del lavado de pies de los cabecitas negras en la fuente de la plaza de Mayo el 17 de octubre de 1945. El drama de la historia y la farsa de su falsa repetición.

Ni siquiera supo preguntar cuanta gente podría despedir a Maradona en el tiempo establecido de apenas unas horas. Solo preguntando se habría dado cuenta que más del 90% se quedaba afuera y que esa gente se iba a enojar no porque la reprimiera Larreta sino por no poder despedir al ídolo que le prometieron poder despedir. Solo una ceguera insólita sobre la realidad o un deseo irrefrenable de apropiarse del hecho puede haberlo llevado a no darse cuenta de ello.

Pero Cristina no la fue en saga, con lo de cerrar las puertas de la Casa Rosada a su entrada y con la picardía que hizo con Wado de Pedro de querer echarle la culpa a Larreta del fracaso de la organización del velorio. La torpeza de Alberto y la impunidad de Cristina lograron transformar el sepelio en un acontecimiento surrealista. Cuánto de capital simbólico perdió Alberto por haber querido quedarse con parte de la herencia histórica de Maradona es imposible de determinar, pero seguro fue muchísimo.

Y ahora va por el mismo camino con las vacunas. El único país con tantas torpezas para acordar con los laboratorios pese a haber empezado las tratativas con casi todos primero que nadie, para terminar comprando la vacuna más flojita de papeles. Mientras el locutor del régimen, Víctor Hugo Morales, galtierizado, cantaba vivas al avión que fue a buscar las vacunas a Rusia, en burda réplica de cómo se aplaudía a los pilotos argentinos que iban en la guerra de Malvinas a luchar contra los aviones ingleses.

Todo esto se debe a que se han impregnado totalmente de política e ideología a cosas que no se deben ni politizar ni ideologizar. Una mezcla explosiva de ideologismo, politiquería y superlativa ineficacia que es la marca central de este gobierno. Ineficacia contra la cual Cristina -con bastante razón- reacciona indignada, pero sin advertir que la ineficacia puede ser de Alberto pero el ideologismo es de ella. Y la politiquería de ambos.

En fin que perder en un año casi todo el capital simbólico que siempre viene como valor agregado de una presidencia, es algo muy peligroso para el futuro de ese poder.