Dos conducciones es lo mismo que ninguna conducción

Cristina Fernández de Kirchner y Alberto Fernández. Foto Federico Lopez Claro
Cristina Fernández de Kirchner y Alberto Fernández. Foto Federico Lopez Claro

Nunca en décadas el país vivió un momento tan poco destituyente, pero tampoco vivió un gobierno que se quiera tanto destituir a sí mismo.

La renuncia del ministro de Economía, Martín Guzmán, es otra baja más en el cruento combate que libran Alberto Fernández y Cristina Kirchner, en tanto ambos buscan explicar para qué sirven las lapiceras en el ejercicio del poder. Hay que persuadir, no imponer, le dijo Alberto a Cristina, Hechos, no palabras le retrucó Cristina a Alberto.

El General Perón decía que, a falta de otra opción, siempre es mejor que haya un conductor malo o mediocre antes que dos conductores por más brillantes que sean uno o ambos.

De haber vivido estos tiempos, habría comprobado que hoy el movimiento por él creado, sufre ese defecto en modo extremo. Cada día es más evidente que dos conducciones, mejores o peores, es mucho peor que una sola, aunque pésima, conducción. Cuando existen dos conducciones es lo mismo que no existiera ninguna.

Así, nos encontramos con un presidente absolutamente enajenado de una realidad que no entiende, que lo ha superado y de lo que ni siquiera parece darse cuenta. Frente a ese hecho, cada tribu peronista trata de salvarse por sí sola. Y la otra conductora, la vicepresidenta Cristina Kirchner, intenta llevar todo el agua que pueda a su molino para parapetarse en la provincia de Buenos Aires, con planes sociales incluidos. Un oficialismo en plena fuga, Alberto fugado de la realidad y los demás fugándose cada cual hacia su propio fuerte de El Álamo, algún bunker donde resistir los atroces vientos que ellos mismos hicieron tronar.

En su más alto grado de confusión ideológica, o de subordinación hacia lo que él cree que Cristina quiere que diga, Alberto se para en el G7 para acusar a los países desarrollados de Occidente con una temeraria observación, en tono de maestro Siruela que viene a educar al mundo: “Es hora de entender, de una vez y para siempre, que el problema no es la pobreza. El problema a resolver es el sistema económico que la genera y permite que la riqueza se acumule en unos pocos”.

Es imposible saber si con esa frase quiso caracterizar la injusticia del mundo, o más bien lo que está ocurriendo en la Argentina, principalmente por culpa de los últimos cuatro gobiernos kirchneristas que han hegemonizado el siglo XXI. Con lo cual, de hecho, se está autocriticando y/o criticando a Cristina. Porque es en la Argentina donde el problema a resolver es “el sistema económico que genera la pobreza y permite que la riqueza se acumule en unos pocos”. O sea, el sistema económico kirchnerista.

Para colmo, tenemos a Santiaguito Cafierito diciendo que Alberto es la voz de toda Latinoamérica en los foros del poder imperial. Falta compararlo con el Che Guevara a ese hombre que dice que ya todo se normalizó en Venezuela, que lo de Rusia no es una invasión sino una guerra entre iguales, que lo prepotea a Boris Johnson, que afirma que Milagro Sala es una presa política, que tiene un jefe de inteligencia opinando que el avioncito venezolano iraní vino a hacer un curso de vuelo y a un ministro de Seguridad que sugiere que el piloto que se llama igual que un terrorista, es un homónimo. Caer en alguna de estas groserías puede ser casualidad pero todas sumadas conforman un catálogo del despropósito, de un grupo de personas que han perdido hasta el más mínimo contacto con la realidad.

No obstante, nada de esto sería tan grave si no faltara más de un año para las elecciones. En un momento en que no tenemos gobierno, no tenemos presidente, y dentro del peronismo gobernante la vicepresidenta ha adoptado una posición esquizofrénica de ser una oficialista más opositora que el más duro de los opositores.

Por eso la nave va sola, sin piloto, sin timón y sin rumbo, mientras está siendo atacada por tiburones que no vienen desde el mar sino desde adentro mismo de la nave.

Felizmente, no todas son malas noticias. Algunas son ventajas en medio del delirio reinante y son las cosas que sostienen la gobernabilidad aunque ésta haya desaparecido de manos de sus responsables. Como los precios internacionales de nuestras materias primas que hace bastante más de medio siglo que no valían tanto. Y_la otra gran ventaja, que no puede sino tener solo un gobierno peronista; que absolutamente nadie, ni la oposición ni Cristina (pese a sus intentos permanentes de desestabilización) quieren ni tienen propuestas de reemplazo del presidente y del gobierno fuera de los tiempos constitucionales. Esas son las razones por las cuales sobrevive un gobierno que licuó todo su poder. Porque nadie quiere que termine.

Ahora bien, para eso hoy no se puede contar con ningún acuerdo nacional o algo parecido porque nadie tiene capacidad de convocatoria. Por ende, acá lo único que hace falta es que quienes gobiernan -quien detenta el poder real y quien detenta el poder formal- se conjuguen para frenar el naufragio. Y que la tripulación (los peronistas) obliguen, aunque sea por su propia supervivencia, a que los jefes se unan y así salvar el barco y evitar que se hundan los pasajeros. Creer que cada gobernador y cada intendente se puede salvar adelantando las elecciones es tener una cortedad de miras brutal. Acá no está en juego el peronismo sino el sistema democrático, y no porque alguien lo quiera hacer explotar sino por el riesgo de hundirse a sí mismo, por implosión, por incapacidad manifiesta de gobierno. Nunca en décadas la Argentina vivió un momento político tan poco destituyente, pero tampoco vivió un gobierno que se quiera tanto destituir a sí mismo.

A modo de colofón

Mientras que por arriba el gobierno naufraga en su propio mar de locuras, por abajo parece que el delirio también ejerce su pleno dominio. Pocas veces se vio a un personaje como Javier Milei crecer tan de golpe y a la vez decrecer en la misma proporción, pero no porque ningún rival lo atacara, sino por sí mismo. Como si se pegara un tiro en los pies. En menos de un mes vimos al Milei plagiador, al Milei vendedor de órganos humanos, al Milei pro portación de armas, al Milei censor y al Milei que propone la compraventa de bebés. Al personaje que casi todo lo que dice, lo dice parafraseando a Murray Rothbard, un filósofo y economista ubicado a la ultraderecha de Donald Trump, según el cual todos los derechos son formas de propiedad; de allí la licitud del trabajo infantil, y los derechos de los padres sobre los hijos como una forma de propiedad. Rothbard dice textualmente que “los padres podrían vender sus derechos fiduciarios sobre los hijos a cualquiera que deseara comprarlos a cualquier precio mutuamente acordado”.

Y Milei lo repite, cavándose la fosa de su propio cretinismo. La casta y la antipolítica se dan la mano en la locura en que se ha convertido, mejor dicho, en que han convertido a este país abandonado por la mano de Dios, aunque Dios sea argentino.

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