Dios, los ángeles y los santos

En el castellano las palabras nunca dejan de sorprender.
En el castellano las palabras nunca dejan de sorprender.

Y en nuestro saludo “adiós”, que usamos para despedirnos, también está Dios porque se origina en el “a Dios seas”. El sentido de esta expresión es “te encomiendo a Dios”.

La hermosa etimología de “ángel” nos conduce al griego “ángelos”, que significaba “mensajero”. Y de allí, entonces, que se defina, en diversas religiones monoteístas, como un espíritu celeste creado por Dios para su ministerio. Dejando de lado ese concepto, es halagador definir a alguien “con ángel” porque se supone que posee gracia, que demuestra un encanto especial: “Eliana es un ser con ángel”. También, se llama así a quien muestra extraordinarias cualidades de bondad, belleza e inocencia: “Es un verdadero ángel por lo bueno y cándido”.

No me detendré en las frases formadas a partir de las creencias religiosas, sino en aquellas que connotan características atribuidas a las personas; así, si alguien aparenta ser inocente o poseer buenas cualidades, pero está muy lejos de serlo, se le aplica la denominación de “ángel patudo”.

Cuando de golpe, en el transcurso de una conversación, se produce un silencio completo, se dice que “pasa un ángel”. Y para indicar un sueño apacible se usa la locución adverbial coloquial “con los angelitos”.

Se puede también hablar irónicamente y llamar “angelito” a una persona que tiene malas cualidades morales o que posee dudosas intenciones: “No era tan angelito como parecía”.

Hay dos adjetivos relacionados con “ángel”, casi idénticos: “angelical” y “angélico”. Los dos se definen como relativos a los ángeles, por su belleza y también por su candor o inocencia: “Son características angelicales”. Por eso, se habla de “figura angelical” y “rasgos angélicos”.

Pero el título de hoy nos trae el sustantivo “dios” que escribiremos con mayúscula, según el diccionario académico, por ser un nombre antonomástico, si nos referimos al supremo hacedor del universo: “Creo en Dios, creador del cielo y de la tierra”.

Nos interesa considerar las locuciones formadas con este sustantivo: así, “a Dios y a dicha” o “a Dios y a ventura”, como locuciones adverbiales equivalentes a “con incertidumbre por lograr éxito en una empresa”.

Cuando escuchamos que algo se desarrolla “a la buena de Dios”, habremos querido decir que se lleva a cabo al azar, sin preparación, pero también, sin ninguna malicia ni artificio: “Nadie le dijo cómo actuar, lo hizo a la buena de Dios”.

Análogo es el valor de “a la de Dios” o “a la de Dios es Cristo”, pues significaremos que, al emprender un asunto, lo haremos sin consideración: “Es ingenua y trabaja a la de Dios”.

Una expresión coloquial ya no tan escuchada es “amanecerá Dios y medraremos”, que pretende señalar que, al pasar el tiempo, puede evolucionar favorablemente el curso de los hechos: “No se preocupe, amanecerá Dios y medraremos”.

Para despedir a alguien, podemos decirle “vaya con Dios”, expresión que le corta la conversación o el discurso: “Termina de empacar, se da vuelta y le dice a ese impertinente que vaya con Dios”. También, la misma expresión puede utilizarse como locución interjectiva para manifestar conformidad con la voluntad divina: “Ya no luche contra lo imposible; vaya con Dios”.

Ante algo que debemos emprender, demostraremos nuestra fe en Dios, al decir “si quisiera Dios”, para que la evolución de la empresa sea buena, o “si no quisiera Dios”, para denotar nuestro vivo deseo de que no suceda algo malo; pero también podemos poner manos a la obra sin reflexionar, con denuedo e intrepidez, “sin encomendarnos ni a Dios ni al diablo”.

Otras veces, exclamamos “¡ay, Dios!” si queremos dar a conocer nuestro dolor, nuestro susto o para provocar lástima: “¡Ay, Dios, qué situación tan angustiosa!”. Y si deseamos mostrar nuestro enfado por una situación que sentimos como una contrariedad, solemos exclamar “¡bendito sea Dios!”, como en “¡Pero, bendito sea Dios, deberías tener mayor cuidado!”; en cambio, si deseamos dar explicaciones o pedir disculpas por alguna característica llamativa de nuestro carácter, decimos coloquialmente “cada uno es como Dios lo ha hecho”: “No me recrimine que no sea rápido en mi trabajo porque cada uno es como Dios lo ha hecho”.

Y en nuestro saludo “adiós”, que usamos para despedirnos, también está Dios porque se origina en el “a Dios seas”. El sentido de esta expresión es “te encomiendo a Dios”.

En sentido figurado, “adiós” puede usarse también para indicar que algo no será como antes o que una situación no volverá a producirse: “Les dije adiós a los encuentros los fines de semana”. Pero, también, puede ser una interjección para expresar decepción, contrariedad o sorpresa: “Adiós, no se imagina lo que se avecina”.

Si se le antepone el adjetivo “último”, se acuña la frase “último adiós”, equivalente a la despedida a un difunto en su sepelio: “Se congregó una multitud a darle el último adiós”.

Una expresión coloquial usada para indicar desprecio a la murmuración o a los dichos ajenos es “digan, que de Dios dijeron”.

La creencia en la recompensa de Dios se advierte en frases diversas: “Dios dará”, que anima la confianza de alguien para socorrer liberalmente las necesidades de los demás; “Dios delante” y “Dios mediante”, que significan “con la ayuda de Dios”; “Dios dirá”, que se usa para remitir a la voluntad de Dios el éxito de una empresa.

Para expresar el deseo de que algo que se intenta suceda bien, se dice “Dios lo oiga y el pecado sea sordo”. Pero, cuando vamos a emitir un juicio desfavorable o temerario, tomamos el recaudo de comenzar diciendo “Dios me perdone, pero...”, tras lo cual nos aventuramos a hacer conocer nuestra opinión.

Al haberse agotado los recursos humanos para resolver algún problema, se suele decir “de Dios venga el remedio” o “dejarlo a Dios”: “No podemos ya nosotros hacer nada, ahora que de Dios venga el remedio”.

Si, en cambio, todavía existe esperanza de lograr lo que se pretende, aunque parezca desproporcionado, se dice “de menos nos hizo Dios”.

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