De pobres y ricos

De pobres y ricos.
De pobres y ricos.

Si me siento infeliz y me autocompadezco, puedo expresarlo a través de la locución interjectiva “¡pobre de mí!”, pero si le digo a alguien “¡pobre de vós!”, lo habré proferido en tono de amenaza.

Muchas veces hemos escuchado el juego de palabras que se produce cuando contrastamos “pobre hombre” a “hombre pobre”. La colocación del adjetivo con respecto al sustantivo le confiere a la cualidad carácter meramente descriptivo, si se pospone al sustantivo, pero tiene carácter valorativo o evaluativo si se le antepone. Por ello, decir que “Joaquín es un hombre pobre” equivale a pintarlo como alguien necesitado, que tiene escasos recursos; en cambio, la expresión “pobre hombre” no se relaciona con los bienes materiales, sino que supone una valoración subjetiva de la condición de ese hombre, que puede tenerlo todo, pero que es infeliz, desdichado y que muestra tristeza.

Muchas veces la colocación del adjetivo transmite un mensaje diferente: si digo que “Valeria es una gran cantante”, la estoy juzgando por su desempeño artístico, pero si digo que ella es una “cantante grande” estoy describiéndola como alguien de bastante edad. Otro tanto ocurre con los enunciados “Ciertas noticias” y “noticias ciertas”: en el primero, estoy seleccionando del universo de las noticias solamente algunas, mientras que en el segundo describo como verdaderas las noticias que me llegan. Un tercer par de ejemplos resulta ilustrativo: “Pedro es un viejo amigo”, frente a “Pedro es un amigo viejo”: en el primer caso, evalúo a Pedro como una persona que me honra con su amistad desde hace mucho tiempo, pero en el segundo ejemplo, lo describo como una persona que ya lleva vividos muchos años.

Al buscar los valores significativos de “pobre”, encontramos una pluralidad de acepciones. A la primera de “necesitado o careciente”, se le suma la de “escaso, insuficiente”, como en el ejemplo “Son muy pobres los recursos de esa provincia en minerales”. Otras veces, equivale a “humilde, de poco valor”: “Quería beneficiar a una escuela pobre”. Cuando se quiere atribuirle a alguien el carácter de “desdichado o que provoca lástima” se usa “pobre”, en general, antes del sustantivo: “¡Pobre muchacho, malogró su carrera!”. A veces, se puede sustantivar y actúa, entonces, como sinónimo de “mendigo”: “Se resguardaban en el atrio varios pobres para pedir limosna”.

Hay dos locuciones contrastantes, no muy usadas en Mendoza, formadas con este adjetivo: “pobre voluntario” y “pobre y soberbio”. Se utiliza la primera para nombrar al que en forma voluntaria se desapropia de todo lo que posee, como los religiosos que hacen votos de pobreza; por su parte, la segunda nombra a alguien pobre que, teniendo necesidad de auxilio, procura ocultarlo y no lo admite, pues se cree merecedor de más.

Si me siento infeliz y me autocompadezco, puedo expresarlo a través de la locución interjectiva “¡pobre de mí!”; pero si le digo a alguien “¡pobre de vos!”, también con carácter interjectivo, lo habré proferido en tono de amenaza.

En relación con “pobre”, recordamos que hay dos posibilidades para su superlativo: el de uso culto, basado en el adjetivo latino “pauper”, será “paupérrimo”; el que se usa en forma normal y que está totalmente permitido, “pobrísimo”: “Vive en condiciones paupérrimas” y “Tiene un salario pobrísimo”.

En el polo opuesto, se ubica “rico”, adjetivo con múltiples acepciones: la primera es la de “adinerado, hacendado o acaudalado”: Impuesto a los ricos”. Además, “abundante, opulento, pingüe”: “Obtuvo ricas ganancias”.

En el ámbito de la tierra, es sinónimo de “fértil”: “Sembró en un campo muy rico”.

En cuanto a la comida, puede ponderar su sabor y significar “gustoso, agradable”: “Se tomó un rico caldo”.

En otro orden de cosas, “rico” puede señalar lo óptimo y diverso de una línea: “Esa marca es rica en cosméticos faciales”.

Coloquialmente, “rico” tiene dos connotaciones positivas, cuando sirve para aplicarlo a personas como expresión de cariño o para calificar, sobre todo a niños, como encantadores: “Oiga, rico, ¿me dice la hora?” y “Tiene un bebé muy rico”.

Muchas veces hemos oído calificar a alguien de “nuevo rico”: con ello se quiere aludir al que enriqueció bruscamente y que hace ostentación de su dinero, aunque evidencie incultura y tosquedad: “No es de prosapia, sino que, de la noche a la mañana apareció como el nuevo rico”.

Por otro lado, hay una expresión ya desusada, “rico o pinjado”, que pondera la firme resolución con que alguien emprende un negocio dificultoso y arriesgado, en el cual se juega el todo por el todo.

Derivado del adjetivo “rico”, encontramos el adverbio de modo “ricamente”, con diferentes valores, siempre positivos: puede ser equivalente a “con abundancia”: “Era una mansión ricamente engalanada”.

Pero también, puede equivaler a “primorosamente”, como en “La novia lucía ricamente arreglada”. La tercera acepción es igual a “muy a gusto, con toda comodidad”: “Ya se instaló ricamente en su nuevo destino”.

La lengua nos da dos sustantivos que parecen emparentados, pero que poseen valores significativos muy distintos: “ricura” y “riqueza”.

Cuando hablamos de “ricura”, nos remitimos a “rico” en la acepción de “gustoso” o “agradable”. Entonces, este sustantivo puede significar “calidad de lo que resulta agradable al paladar”: “Todos ponderan la ricura de la pastelería”; en este sentido, es sinónimo de “exquisitez”. También se llama “ricura” a un niño o persona joven de apariencia bonita: se lo da como sinónimo de “preciosidad”: “¡Qué ricura esos bebés!”.

El otro sustantivo es “riqueza”, que alude siempre a la abundancia, ya de bienes, ya de cualquier cosa: “El millonario alardea de su riqueza” y “Posee, por su lectura, gran riqueza de vocabulario”.

Concluimos con algunos refranes acerca de los términos que hoy nos han ocupado: “La pobreza no viene por la disminución de las riquezas, sino por la multiplicación de los deseos” y “Los del gallinero pueden aplaudir, los de los palcos basta con que hagan sonar sus joyas”. El primero es una crítica velada a la codicia, pues una avidez desmesurada de bienes materiales puede conducir a la pérdida de lo que se posee; el segundo también encierra una crítica, con ironía, al aludir a cómo se distribuye el público, en un teatro, según su poder adquisitivo, muchas veces, en orden inverso a la posesión de los verdaderos bienes, que son los culturales.

*La autora es Profesora Consulta de la UNCuyo.

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