Cuando un amigo se va

Cuando un amigo se va
Descansa en paz, amigo mío, hasta que volvamos a vernos. / Foto: Ignacio Blanco

Esta nota no pretende ser una catarsis personal (no necesito eso) ni una elegía al amigo y colega (ni él ni sus afectos lo necesitamos) y el Diario no está para esas cosas. Es una reflexión sobre los tiempos que nos toca vivir, de cuidado.

No suelo contradecir las sentencias poéticas. Estoy convencido de que la poesía, cuando es auténtica, es la vida misma y resulta por ello verdadera.

No voy a contradecir entonces a Alberto Cortez, lo que haré es ir más allá y diré: Queda un espacio vacío que no se llena con nada.

Hace pocos días, un artero ACV me cobró la vida de un amigo queridísimo, Delfo Eduardo Rodríguez, afamado fotógrafo y alma muy sensible.

Este fin de semana, el “coronavicho” me llevó otro amigo del alma, el Ing. Eduardo Horacio Crosta Neme.

Se enorgullecía de su estirpe: “Soy turco y tano”, decía. Apareció en el curso de tercer año de la UTN. Charlamos largo rato y pegamos onda de inmediato. Fuimos muy amigos hasta su lamentable deceso, hace apenas unos días.

Había viajado de joven por América, mochila a la espalda, y en Machu Pichu conoció a unos mochileros alemanes. Gracias a ese contacto viajó a Alemania para quedarse, pero después de un par de años decidió volver a Mendoza y allí nos encontramos.

Siempre habló bien de ese país incluso volvió a visitarlo después de un tiempo, pero, con total convicción, decía: “No es la vida que quería para mí”.

Sufrió y luchó, como lo hicimos todos, para terminar esa carrera tan larga y exigente. Sufrió y luchó contra las ingratitudes de un mercado laboral tan mezquino y poco propenso al reconocimiento de los profesionales técnicos.

Los últimos años los vivió trabajando en un puesto de mucha responsabilidad en el que pudo demostrar sus grandes condiciones profesionales y humanas y pudo también como profesional y ser humano desarrollarse. Lo merecía largamente.

Estudiamos mucho juntos y trabajamos también como colegas. Compartimos muchas noches de asado, truco y guitarra. Compartimos muchas alegrías y algunas angustias y tuvimos, como dos buenos tanos calefones, chispazos muy fuertes.

Nada pudo hacer mella en una amistad que era verdadera y muy profunda.

Lo conocía bien y siempre supe lo que valía. Me alegra decir que pudo afrontar y responder a desafíos a la altura de sus grandes capacidades.

También se casó, con Patricia, La Patri, y juntos formaron una numerosa y bella familia.

Un día, de golpe, dio positivo, entró directamente en Terapia Intensiva y en apenas cinco días partió para siempre dejando ese espacio vacío que nada puede llenar.

Su esposa me dijo: “Me han llegado muchos mensajes, de gente y de sitios que no imaginaba. Me hace ver que, al menos, deja cosas buenas”.

“¡Ni lo dudes!” fue mi respuesta. Era un ser de luz y deja mucho y muy bueno.

Se hacía querer por todos, la familia, sus muchos amigos, sus colegas, sus empleados. Todos lo queríamos y lo respetábamos por lo que era, porque respeto y cariño se los había ganado.

Esta nota no pretende ser una catarsis personal (no necesito eso) ni una elegía al amigo y colega (ni él ni sus afectos lo necesitamos) y el Diario no está para esas cosas.

Es una reflexión sobre los tiempos que nos toca vivir, de cuidado.

Resulta frustrante ver tanta desaprensión estando el enemigo, invisible y mortífero, tan pero tan cerca de nosotros.

Eduardo tenía turno para vacunarse. Tal vez, sería imprudente asegurarlo, la vacuna le habría dado una chance de sobrevivir. Se cuidaba, se cuidaba mucho, sin embargo, le tocó.

Sé que mucha gente ha decidido no hacerse vacunar y sé que mucha gente, demasiada, porque uno solo es demasiado, no se cuida o se cuida poco.

Piensen en Eduardo. Piensen que la vida es un don precioso. Piensen que se va demasiado fácilmente. Piensen en el vacío que dejamos cuando nos vamos.

Usar mascarilla, lavarse las manos a menudo y a consciencia, salir lo mínimo, sólo lo imprescindible, mantener la distancia.

Habría que repetir esta letanía noche y día, sin cesar, a ver si finalmente la entendemos.

Terminaré citando a otro poeta, a Thomas Stearns Eliot, y un poema que me impresionó fuertemente en mi adolescencia:

Gentile or Jew

O you who turn the wheel and look to windward,

Consider Phlebas, who was once handsome and tall as you.

(Tú, ya seas gentil o judío, que haces girar el timón mirando a barlovento, piensa en Phlebas que fue alto y buen mozo, como tú).

Descansa en paz, amigo mío, hasta que volvamos a vernos.

*El autor es Ingeniero mendocino radicado en Canadá.

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