Cuando los mendocinos éramos “feos”

Muchos viajeros se sorprendían al llegar a nuestra provincia y consideraban “deformes” a aquellos que padecían por la falta de yodo.
Muchos viajeros se sorprendían al llegar a nuestra provincia y consideraban “deformes” a aquellos que padecían por la falta de yodo.

Si bien el bocio -agrandamiento de la glándula tiroides por falta de yodo- fue una enfermedad que tuvo existencia prehispánica, es durante el siglo XIX cuando toma mucha fuerza en Mendoza.

En un interesante estudio sobre el bocio, el doctor Hector A. Perinetti lo define como “todo agrandamiento de la glándula tiroides que no presente las características clínicas de los procesos inflamatorios o tumorales (…) La deficiencia de yodo es la causa principal -y a veces exclusiva-, de la endemia bociosa, siendo el bocio una adaptación del organismo a la carencia del elemento. El yodo tiene su reservorio en el suelo, es arrastrado por los ríos hacia el mar, y regresa al suelo con los vientos y las lluvias; ingresa a nuestro organismo con los alimentos”.

Si bien esta enfermedad tuvo existencia prehispánica, fue durante el siglo XIX cuando tomó fuerza en Mendoza.

Muchos viajeros se sorprendían al llegar a nuestra provincia y consideraban “deformes” a aquellos que padecían por la falta de yodo.

En 1821, el cronista inglés Peter Schmidt Mayer describió así la situación: “… en igual forma hombres y mujeres y se dice que las 4/5 partes de la población de Mendoza, vense, bien con un tumor marcado de la glándula tiroides o bien con cuellos hipertrofiados (…) a pesar de este padecimiento las gentes son alegres, sus bailes lentos y armoniosos. Los mendocinos revelan un fondo amable, sencillo y hospitalario…”.

También de principios de la década de 1820 es el testimonio del francés Julian Mellet al respecto: “los habitantes son muy afables; es una lástima que se vean atacados de paperas”.

Pero, como señalamos, no todos los viajeros fueron tan bondadosos en sus descripciones.

A mediados de 1859 el también francés León Palliere, visitó Mendoza en su paso hacia Chile. Antes de ingresar a la ciudad, se alojó en La Paz durante una noche: “… la comida y la dueña de casa me parecerían bien ordinarias en otra parte, pero cuando acaba uno de ver todos esos ranchos, muy pintorescos pero inhabitables, esos pueblos y esas criaturas horribles, que no hacen falta sobre el camino, por poco que las personas y las cosas estén limpias y sean algo agradables, todo parece magnífico. (…) Los habitantes [de Mendoza] son generalmente feos, y las mujeres, casi todas con bocio. Durante mi permanencia tuve pocas oportunidades de hacer relaciones, pero tampoco las busqué…”.

Algunos años antes Gaetano Osculati, italiano, consideró que las mendocinas teníamos “buena estatura” pero estábamos “deformadas por el bocio”.

Por su parte el británico Samuel Haigh especificó en 1818: “los naturales padecen de coto, dolencia muy desagradable aunque, creo, no peligrosa. Generalmente ataca a la gente de edad avanzada, y a veces alcanza tal tamaño que repugna (…) Es de notar que los hombres ni aproximadamente están tan expuestos a esta dolencia como las mujeres, en proporción inmensa”.

Desde luego para analizar toda fuente siempre debemos colocarnos en la mentalidad de la época, los que hoy serían comentarios dignos de una llamada al INADI, por entonces eran habituales y culturalmente aceptables.

*La autora es Historiadora.

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