China y los desafíos post Covid-19

China y los desafíos post Covid-19
Imagen ilustrativa (AP).

En 20 años China sacó de la pobreza a 400 millones de habitantes incorporándolos a las clases medias. En el mismo período, 2001-2021- Argentina aumentó al doble el número de pobres.

Washington está inmerso en un problema estratégico de seguridad, derivado de la situación en Afganistán y la consecuencia del retiro de sus fuerzas militares.

No son los Talibanes –conductores de la victoria y negociadores del retiro de las tropas- el peligro terrorista para Occidente y su expansión a Asia central, sino dos grupos radicalizados, enemigos de los Talibanes pero que le son necesarios para un Estado afgano centralizado: el EI del Gran Jorasán, responsable de recientes atentados en Kabul, y Al Qaeda, apoyado por Pakistán.

¿Por qué Washington se retiró, dejando libertad de acción regional a sus enemigos? La razón es que necesita concentrarse en los desafíos que representan Rusia y China. Hay dudas en Washington sobre Rusia. Importantes líderes aliados han tenido reuniones con Putin y visitas a Moscú -Macron y Merkel- pero con China, demócratas y republicanos coinciden. Tienen el respaldo de sectores financieros y bursátiles que veían a China como un socio. Es el desafío más importante, porque la rivalidad abarca la economía mundial: comercio, producción industrial y desarrollos tecnológicos. Rusia es un peligro lejano en América Latina; pero la presencia china es cada vez más importante.

Después que Biden formule la estrategia para enfrentar los desafíos de grupos islámicos extremistas, retornará a los temas que constituyeron su propuesta de política internacional: el crecimiento económico de China y su desafío al predominio económico y tecnológico estadounidense.

Ocho meses antes de su elección señaló las estrategias para enfrentar a China: formación de una alianza de democracias y lucha contra la violación de los derechos humanos y los gobiernos autoritarios, representados por el caso chino.

Gobiernos latinoamericanos estarán mayormente llamados a integrar esa alianza; pero la violación de los derechos humanos y el autoritarismo son más comunes que excepcionales en nuestra región. Hay países que caerán en esa agenda global. Gobiernos latinoamericanos, autoritarios y violadores de los derechos humanos, podrían ser objeto de políticas de represalia. En Sudamérica, China es el principal socio comercial de Brasil, Chile, Argentina, Perú, Venezuela y Uruguay; segundo socio de Colombia y principal exportador a Paraguay.

Desde Trump el Departamento de Estado fue advirtiendo a los gobiernos latinoamericanos sobre los riesgos de profundizar sus relaciones económicas con China y sobre la amenaza para las buenas relaciones con Washington que nuestros países optaran por las redes 5G y proyectaran cables submarinos de comunicaciones con China, como el caso chileno.

Biden mantuvo esta agenda. Llegado a este punto interesan las implicancias y lo que se compromete en la relación entre China y los países latinoamericanos.

Es difícil comparar a China con los países de desarrollo intermedio (Brasil, Argentina) dada su enorme población, demanda y potencial de su mercado interno. Lo evidente es que expresan el fracaso de las clases dirigentes, en particular de Argentina y la perseverancia y visión de futuro de los gobernantes chinos para planificar su desarrollo.

Datos estadísticos de The Angus Maddison Project & Worl Bank, muestran cómo crecieron y decrecieron las economías. En 1980 el Producto Interno Bruto de Brasil (PIB), en miles de millones de dólares, era de 544,75; de Argentina 168,70 (que ocupaba el 16° lugar entre las principales veinte economías del mundo) y de China 292,27, que tenía un PIB de poco más del doble del de Argentina y algo menos de la mitad del de Brasil. El período 1980-2000 presenta cómo China (también India y Corea del Sur), suben en su crecimiento económico, mientras México, Brasil y Argentina, retroceden. Hace treinta años, Brasil tenía una inserción en la economía mundial mayor que China y sus exportaciones industriales la superaban. Su economía fue mayor que la de China hasta 1990 cuando ésta lo superó. Desde el año 2000 las exportaciones industriales chinas dejaron atrás a las exportaciones industriales brasileñas. Para 1981 las diferencias a favor de Brasil y Argentina, se mantenían: Brasil era mayor que China, y Argentina era un tercio de la economía china. Para 2019, China era la segunda economía del mundo; Brasil la 9ª y Argentina la 22ª. Antes de la pandemia, la economía de China era de 23.171,778 miles de millones de dólares y la de Brasil de 3.048,516. Argentina ya no figuraba entre las 20 principales economías del mundo. China, había crecido ocho veces lo que creció Brasil.

En 40 años China pasó de país periférico al centro económico mundial. Hoy compite con Estados Unidos por la primacía económica. Brasil y Argentina, en 40 años, se transformaron en periferia de China. Le exportan hierro y soja (Brasil); soja, petróleo, carnes y trozos de pollo (Argentina), y traen de China automóviles, computadoras, máquinas y herramientas, celulares, trenes y vacunas.

¿Cómo pueden explicarse estas diferencias de éxito y fracaso?

Argentina y Brasil siguieron la estrategia de industrialización sustitutiva de importaciones. China siguió la de otras economías del Pacífico asiático: industrialización para la exportación. Argentina cambió su estrategia en 1991, y adoptó el neoliberalismo: apertura y desregulación. Los datos de organismos nacionales brindan la evidencia: en 20 años China sacó de la pobreza a 400 millones de habitantes incorporándolos a las clases medias. En el mismo período, 2001-2021, Argentina aumentó al doble el número de pobres: de 10 millones a los 20 millones actuales.

Debemos reflexionar sobre las respectivas experiencias y confrontarlas con la agenda que propone Washington, que no es un ejemplo para formular estrategias de desarrollo, porque las 13 colonias que le dieron origen ya tenían los componentes del desarrollo. Pero China es un modelo y ofrece algunas experiencias.

Primero, el papel de las clases dirigentes. Los representantes del poder político; de las dirigencias económicas, sociales, militares, religiosas, culturales, etc. han sido claves para el éxito en algunos países y actores del fracaso para otros. Todos los países desarrollados han tenido clases dirigentes con visión de futuro y sus políticas tuvieron continuidad a través del proceso histórico. China no es una excepción.

En segundo lugar, la sinergia de los factores internos, relaciones Estado-mercado-sociedad, y factores externos, relaciones políticas, geográficas y geoeconómicas, en un contexto global, configuraron las estrategias de desarrollo de China y de Argentina y Brasil en diferentes direcciones.

La inserción en cadenas regionales de valor, mediante procesos de integración y acuerdos de libre comercio han sido piezas políticas fundamentales en la región Asia-Pacífico. No así en el Mercosur.

¿Por qué fracasa el Mercosur?

Es cierto que Fernández se lleva muy mal con Bolsonaro y con Lacalle Pou. Esto influye en la calidad de la gobernanza regional. Incide negativamente en la cooperación para enfrentar el Covid-19, los movimientos migratorios fronterizos y el control regulado del tránsito fronterizo. Sus gobiernos actuaron con la política del “sálvese quien pueda”. Nunca consultaron con sus vecinos las medidas más convenientes. Aun así, no es el punto central. Mercosur está en crisis porque tres de sus miembros –Brasil, Argentina y Uruguay- tienen a China como su principal socio comercial y para Brasil y Argentina el importante inversor extranjero.

Hace 20 años Chile se transformó en uno de los principales inversores en Argentina. 15 mil millones de dólares eran expresión de integración y desarrollo compartido. Hoy esas empresas se retiran. China es destructiva de la integración. Los socios del Plata compiten entre sí por los mercados chinos, mientras la producción industrial china desplaza del mercado internacional sus producciones.

Deben revisarse las agendas con los vecinos; no pueden modificar la geografía. Tal vez sea el momento de repensar la calidad de las clases dirigentes.

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