Boric en el jardín de los senderos que se bifurcan

Boric en el jardín de los senderos que se bifurcan. / Foto: AP
Boric en el jardín de los senderos que se bifurcan. / Foto: AP

Boric siguió dando signos de moderación en la campaña por el ballotage, ganando el apoyo de Bachelet, Lagos y la dirigencia democristiana.

John Kennedy dijo que “los que hacen imposible una evolución pacífica, harán inevitable una revolución violenta”..

Aunque Gabriel Boric llegó al poder por las urnas, la vuelta de página que cerró un capítulo de la historia chilena ocurrió antes y fue un acontecimiento violento: las protestas del 2019.

En su segundo gobierno, Michelle Bachelet propuso reformas apuntadas a construir equidad social, para saldar la deuda que los 30 años de “polarización virtuosa” entre coaliciones centristas no había saldado: una desigualdad inmensa y profunda.

La centroderecha puso el grito en el cielo hablando de giro al “comunismo”, la centroizquierda se sugestionó y dejó a la presidenta sin instrumentos para implementar esas reformas.

El estallido social del 2019 le dio la razón a Kennedy. Las violentas protestas que fueron brutalmente reprimidas tal vez no habrían ocurrido si Bachelet hubiera podido implementar su “evolución pacífica” hacia una sociedad equilibrada.

En aquellas barricadas empezó a morir la “polarización virtuosa” que generó crecimiento económico y reducción de la pobreza, pero sin atenuar la desigualdad que bloquea el acceso al desarrollo y desestabiliza la democracia. Por eso la primera vuelta borró tres décadas de alternancia entre centroizquierda y centroderecha, dando el protagonismo al allendismo y el pinochetismo.

Tres factores han alternado su gravitación sobre Chile: el rechazo a la desigualdad; el miedo al caos anárquico, y la vocación centrista.

El primer factor llevó al poder a Salvador Allende en 1970; el segundo produjo la dictadura de Pinochet y el tercero acabó con el régimen en el plebiscito de 1988 y gravitó sobre las siguientes tres décadas.

En la primera vuelta, la gravitación centrista se cortó, pero fue clave en el ballotage. En la primera votación el ausentismo superó el 53% y esa ausencia era predominantemente centrista. En el 47% que acudió a las urnas, el más votado fue José Antonio Kast y Boric quedó segundo. El 27% que obtuvo el ganador de la primera vuelta es la derecha dura, mientras que el 25% del segundo es la izquierda ideologizada.

A Kast lo propulsó el factor miedo al caos y la anarquía, mientras que a Boric lo propulsó el rechazo a la desigualdad. De tal modo, la clave del ballotage estaba en el tercer factor gravitante: la propensión centrista, que en la primera vuelta se dividió entre la abstención, el candidato centroderechista Sebastián Sichel y la candidata centroizquierdista Yasna Provoste.

Boric estaba en mejores condiciones de conquistar el porcentaje mayor del voto moderado. De hecho, si pudo vencer a Kast en el ballotage fue porque su corrimiento hacia el centro resultó más creíble que el de su contrincante ultraconservador.

Ese joven dirigente universitario que se visibilizó en la protesta estudiantil de 2011, inició su corrimiento al centro al aceptar la iniciativa de Sebastián Piñera para poner fin a las protestas del 2019 avanzando hacia una nueva Constitución. Por haber apoyado en solitario aquella iniciativa fue cuestionado duro en la izquierda.

Boric siguió dando signos de moderación en la campaña por el ballotage, ganando el apoyo de Bachelet, Ricardo Lagos y la dirigencia democristiana. Primero había intentado acercarse a la centroizquierda y, como esa puerta no se abrió, conformó la coalición con el Partido Comunista. Obtuvo la candidatura venciendo en la interna al precandidato comunista Daniel Jadue, presentando un programa de corte socialdemócrata.

Después dijo que su modelo no estaba en Venezuela ni en Cuba, sino en Europa, porque proponía un Estado de Bienestar como el europeo.

Boric ganó por expresar una de las tres fuerzas gravitacionales, la resistencia a la desigualdad, pudiendo además capitalizar a su favor la tercera: la vocación centrista.

Kast canalizó el miedo al caos y la anarquía, pero perdió la disputa por el centro porque tardó demasiado en moderar su discurso pinochetista. Lo habían favorecido la presión inmigratoria en el norte del país y el activismo violento de algunas agrupaciones mapuches en regiones sureñas como Biobío y Araucanía. Pero recién se moderó en la antesala del ballotage, después de haber insinuado incluso propuestas de descabellado extremismo, como sacar a Chile de la ONU.

Desde latitudes tan extremas, no era fácil viajar al centro en las pocas semanas que restaban para la segunda vuelta. Que haya ganado el más creíble en su corrimiento al centro, no garantiza que su gobierno vaya a ser centrista. Eso depende de Boric, de la oposición y de las circunstancias. No se puede descartar que termine sumándose al populismo exacerbado o que regrese al izquierdismo radical. Pero tampoco se debe descartar que inicie una nueva etapa de progresismo democrático, pragmático, institucionalista, anti-personalista y desprovisto de los rasgos mesiánicos y autoritarios de las izquierdas que ya están intentando cooptarlo.

Si lo intenta, todo dependerá de que la oposición no “haga imposible la evolución pacífica” de la que hablaba Kennedy.

*El autor es politólogo y periodista.

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