Biden se saca el rótulo de moderado

Imagen ilustrativa / Archivo
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Ningún presidente antes de Joe Biden había reconocido el genocidio armenio, lo cual lo honra.

La gran sorpresa es Joe Biden. No sólo porque, a pesar de la edad, es un presidente hiperactivo que en el primer tramo de gestión tomó decisiones y lanzado iniciativas como pocos. También sorprende que, con una larga vida militando en el centrismo, el hombre que hizo de la palabra “moderado” una señal de identidad parece decidido nada menos que a revertir el trayecto que impuso Ronald Reagan.

La “revolución conservadora” logró gravitación hegemónica en las dos últimas décadas del siglo pasado, manteniendo una fuerza inercial en las dos primeras de este siglo.

Clinton y Obama tuvieron grandes resultados económicos y políticas sociales que los diferenciaron de sus antecesores, pero Biden está yendo aún más lejos. El discurso sobre sus primeros 100 días levantó banderas que pocos esperaban ver flamear de nuevo: revertir en progresiva la política impositiva regresiva de Trump y dar protagonismo al Estado para superar la recesión causada por la pandemia, generando crecimiento y empleo.

A diferencia de sus dos antecesores demócratas, Biden llega a la presidencia en un momento marcado por el impacto devastador de la pandemia en la economía. En alguna medida, la instancia actual es equivalente a la “gran depresión” que Franklin Roosevelt revirtió con keynesianismo y Estado de Bienestar.

Con la crisis migratoria en la frontera como flanco débil, pero avalado por una campaña de vacunación que tiene rasgos de proeza logística, anunció nuevas inyecciones oceánicas de dinero para potenciar el consumo de las clases medias y sectores vulnerables reimpulsando la producción. Y a renglón seguido, anunció el final de las exenciones impositivas concedidas a grandes empresas y a los archimillonarios.

Con el Estado traccionando la economía, ayudas sociales y políticas médicas para las clases medias, además de progresividad impositiva, Biden lanza una agenda que el neoconservadurismo, la visión implantada en el Partido Republicano y en derechas de todo Occidente, llaman “socialismo” o lisa y llanamente “comunismo”.

Se trata, en realidad, de políticas socialdemócratas. Hasta el gobierno de Reagan, la socialdemocracia no era considerada un extremismo. Había ultraconservadores como Pat Robertson y Barry Goldwater, que esgrimían la retórica exacerbada de calificar de comunista o socialista a políticas que no tenían nada que ver con el marxismo.

Si fuera acertada la exacerbación que gravita sobre todo Occidente, entonces el socialismo le habría dado a EE.UU. su momento de mayor gloria y prosperidad. Con el Estado, la economía y la sociedad impulsadas por Roosevelt, el país llegó a ser la potencia más poderosa, venciendo en la Guerra Fría. El Estado de Bienestar que pretende retomar Biden no sólo no fue comunista, sino que fue el instrumento para vencer al comunismo.

En su primer discurso presidencial en el Capitolio, Biden esbozó la intención de revertir la fuerza inercial que nadie había desafiado en profundidad desde la Casa Blanca. Pero no fue la única inercia que enfrentó. Ningún presidente anterior había reconocido el Genocidio Armenio. Biden saldó la deuda moral con uno de los crímenes más atroces de la historia: el exterminio sistemático de armenios en los finales del Imperio Otomano.

Los efectos de este paso no son sólo simbólicos, porque advierten al déspota azerí Ilham Aliyev y a su protector turco, Recep Erdogán, que una limpieza étnica contra los armenios de Nagorno Karabaj no quedará impune como quedó la perpetrada en Najichevan a principios del siglo XX.

El mensaje a Turquía es que ya no podrá imponer el negacionismo. Cuando el Congreso norteamericano aprobó la resolución 106 admitiendo que las masacres y deportaciones en masa perpetradas contra los armenios constituyen un genocidio, el entonces presidente, George W. Bush, la cuestionó aduciendo la importancia de Turquía para lidiar con el terrorismo ultra-islamista y con la influencia de regímenes hostiles, como el de los ayatolas iraníes. Por entonces, el presidente turco era el moderado Abdullah Gül y el gobierno que tenía a Erdogán como primer ministro aún no había empezado a dañar la OTAN y la relación con Europa y EE.UU.

El exterminio que comenzó con las masacres ordenadas por el sultán Abdul Hamid II a fines del siglo XIX y que alcanzó el nivel más masivo de aniquilación bajo el régimen de los Jóvenes Turcos y el sultán Mehmet V, fue uno de los crímenes más atroces de la historia. Pero la Turquía moderna que creó Atatürk mantuvo el “negacionismo”.

Para las potencias occidentales, tener un aliado centroasiático en la costa sur del Mar Negro y en las fronteras con Transcaucasia y con Bulgaria, era de altísimo valor estratégico durante la Confrontación Este-Oeste.

Es probable que si aún existiera la URSS o si en Ankara no imperara el sultánico Erdogán, Biden no hubiera dado ese paso. El hecho es que lo dio, haciendo una marca trascendente en la historia.

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