jueves 22 de octubre de 2020

Imagen ilustrativa / Archivo.
Opinión

Alberto, el peor de los mejores

Una semana, Alberto Fernández apoya el informe Bachelet sobre Venezuela. Pero la otra semana no sabe cómo desdecirse de las causas por las cuales lo firmó.

Imagen ilustrativa / Archivo.

Explicar las razones por la cual hace tiempo que el régimen venezolano perdió toda su legalidad y su legitimidad democráticas es algo demasiado obvio. Cualquier persona de cualquier ideario político que tenga un elemental respeto por los derechos humanos no puede sino repudiar lo que ocurre en ese país. Por eso, es más ilustrativo ver cómo gente que en sus países condenan furibundamente no sólo cualquier esbozo de represión estatal sino la más mínima sospecha de que pudiera haber ocurrido (recuérdese el caso Maldonado) toleran, justifican y defienden cuando Maduro y sus cómplices no sólo reprimen, sino que torturan y asesinan por causas políticas, como toda evidencia indica, fuera de cualquier duda razonable. Por eso, más que referirnos a los que niegan lo evidente -algo más bien psiquiátrico- hablemos de los que saben la verdad de lo que pasa en ese país, pero aún así la justifican.

Más aún cuando esos maduristas son reconocidos como almas bellas que sólo viven dedicados a la cultura, al pensamiento y la verdad, como el ex director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, y el intelectual peronista, José Pablo Feinmann. Dos hombres que en su juventud se alejaron de Montoneros en repudio a su violencia y formaron la JP_Lealtad poniéndose del lado de Perón. Dos hombres que sólo viven para los libros.

Sin embargo hoy Horacio González, dice que “el gobierno (de Venezuela) está en una batalla de calles. Debe reprimir y esa represión tiene víctimas”. La represión la debe ejercer el gobierno venezolano no contra los delincuentes comunes sino contra los opositores políticos. Forma muy poco sutil de sugerirle a Alberto Fernández que haga lo mismo con sus opositores locales, que reprima a los que dan “la batalla de calles.”

Feinmann va por otro lado, dice que “si Maduro viola los derechos humanos, quienes lo atacan violan los derechos soberanos de las naciones. Y aún no tengo certezas sobre esa ultradenunciada violación”. Dice que no hay dudas que los enemigos de Maduro son los malos, en cambio Maduro forma parte de los buenos que quizá por defenderse pueda haber cometido algún exceso, pero eso aún está por demostrarse. ¡Todavía!.

Un poquito más guasón es, como siempre, Luis D’Elía, que también repudia el voto de la Argentina apoyando el informe Bachelet (la expresidenta socialista de Chile a cuyo padre torturó y mató la dictadura chilena y por eso sabe que Venezuela está mucho más cerca de Pinochet que de una democracia de baja calidad), pero aún así propone sostener en su cargo a Alberto Fernández, por dos cosas. Primero porque si se dividen le hacen el juego “a la peor derecha reaccionaria”. Y_segundo “porque el peor de los nuestros es infinitamente superior al mejor de ellos”. D’Elía insinúa que el presidente argentino es el peor de todos los buenos lo que al fin y al cabo es más meritorio que ser el mejor de todos los malos. Es dable pensar que esta forma de ser defendido no debe ser la que más le guste a Alberto.

En fin, que no tiene que ser muy fácil hoy ser de izquierda si para ello se requiere cargar con ese peso tremendo que significa defender a un sistema político que cometió y comete crímenes de lesa humanidad. Pero, sin embargo, para esta gente, Macri es basura y es la dictadura. Maduro no. Es que la ideología todo lo puede.

La otra semana Alberto Fernández apoyó el informe Bachelet -en una decisión que lo honra- pero esta semana la pasó rindiendo cuentas ante los principales obispos kirchneristas, encabezados por monseñor Horacio Verbitsky, frente al cual, asustado como un joven que rinde su primera materia en la universidad, le explicó al sacerdote laico que en realidad no firmó lo que firmó... o más o menos, en un intento por quedar bien tanto con los que están en contra del régimen venezolano como con los que están al favor. Algo más difícil que intentar conciliar en los años 70 la patria peronista con la patria socialista. Y_eso que Fernández no es Perón, y aún así hay que recordar cómo lo fue al propio General. Una cosa es que un movimiento político albergue ideas diversas, pero no opuestas. Es peligroso tanto en los 70 como lo es ahora.

Muchas personas, sorprendidas de que gente que en Argentina se erige como la principal defensora de los derechos humanos, a la vez defienda a Venezuela, tratan de explicar la duplicidad moral por cuestiones materiales, vale decir por los contactos económicos entre chavismo y kirchnerismo. Pero este simbiosis parece ser, más ideológica que económica.

En el mundo siempre se mató tanto por el capital como por la ideología. Cuando se trata de asesinar son igual de implacables los dos pero la ideología aporta un plus mayor de terror. El capital mata por interés, del mismo modo que dejaría de matar a los que mata si su conveniencia material se lo indicara, mientras que la ideología mata por estigmatización a grupos o etnias o razas o al que simplemente es calificado como el enemigo ideológico, que no es cualquier tipo de enemigo sino alguien que debe morir porque lleva el mal dentro suyo. Era la lógica de Videla y compañía, la de que más que librar una guerra convencional había que exterminar a una especie de raza, la del “subversivo”, que era “irrecuperable”. Por eso sus crímenes fueron mucho más monstruosos que los que ocurrieron con las dictaduras anteriores.

La lógica del capital es “no hay nada personal, son negocios”. La de la ideología sí es personal: va contra la persona que forma parte de la especie a exterminar, sea o no culpable de algún pecado. El pecado central es formar parte de esa especie, aunque más no fuera solo por nacimiento.

A los judíos los nazis los querían matar a todos más allá de cualquier cálculo racional, solo por ser judíos. Schlinder trataba de convencer a los nazis de que era mejor explotar laboralmente a los judíos que matarlos, eran mano de obra gratis. Pero eso a los nazis no les importaba, había que acabar con la raza entera aunque fuera económicamente irracional.

Stalin exterminó a toda la generación bolchevique de la cual provenía porque pensaba que desde dentro de ella surgiría el o los únicos con posibilidades de disputarle el poder. Pero como no sabía quienes serían los traidores, por las dudas los mató a todos. Por política e ideología aunadas, produjo un exterminio de lesa humanidad tan grande como el nazi.

El siglo XIX fue el del predominio de las ideologías y de ellas provinieron las causas de las principales masacres y genocidios.

La ideología mata al infiel, al pecador. Los mata masivamente, por formar parte de un determinado grupo de pertenencia. La ideología puede estar al servicio del poder o del capital, pero la ideología es más feroz que el poder o el capital porque cuando se la usa, casi siempre al final se independiza de sus iniciales gestores y sigue matando por cuenta suya. Mata al enemigo de fe más que al económico, político o militar.

Solo dentro de esta lógica se explica defender a Venezuela. Eso de que hay que defenderla del bloqueo de los que se quieren quedar con su petróleo es un argumento menor, Eso de querer transformar a Venezuela en una Cuba devaluada es propio de estos tiempos canallas donde las utopías tienen expresiones tan indefendibles, tan deplorables como Maduro y su regimen militar. Justificar la represión en nombre de la defensa de la revolución venezolana es muy grave. El bolivarianismo fuera de Venezuela, no es un fenómeno popular ni revolucionario, sino el talón de Aquiles de gente implacable para detectar el menor desvío de los derechos humanos en los que ideológicamente no piensan como ellos y el de perdonar todos los desvíos en los que piensan como ellos. Es la revolución rentada y sin riesgo alguno. No es el 1789 francés ni el 1917 soviético ni el 1959 castrista, verdaderos dramas revolucionarios, sino que Venezuela es una versión por izquierda del general ugandés Idi Amin_Dada en su traducción latinoamericana de realismo mágico.

Si no matara, ni torturara,_Maduro podría protagonizar un sketch de Olmedo como el “yeneral” González.

Si los que defienden a Venezuela fuera de Venezuela pusieran en práctica los argumentos con los que la defienden, no se podría convivir con ellos porque -como acabamos de leer en Horacio González- sostienen la violencia contra los opositores políticos, o cuando menos mirar para otro lado cuando estos son reprimidos.

Podría decirse, incluso con más razón de lo que se dice de la economía, que “es la ideología, estúpido”.