Filtros de Instagram: ¿afectan las redes sociales a la idea actual de belleza?

Filtros de redes sociales (Ilustración de Leicia Gotlibowski)
Filtros de redes sociales (Ilustración de Leicia Gotlibowski)

El uso de filtros de Instagram en las redes sociales está generando en nuevas generaciones paradigmas de belleza difíciles de alcanzar, sobre todo en los rostros.

Son 1.400 millones entre las cinco. Ese es el total de seguidores en Instagram que reúnen Kim, Khloé y Kourtney Kardashian y sus hermanas Kendall y Kylie Jenner. Juntas, han moldeado un imperio de influencia múltiple. Pero además de su peso a nivel corporativo, las Kardashian se han posicionado como estandartes de lo que está bien y de lo que está mal en el mundo de la moda y del consumo vinculado a la estética corporal.

“Lo que han logrado es algo súper poderoso, ya que las mujeres ahora lo único que quieren es tener sus bustos, sus caderas y sus labios”, explicó tiempo atrás el famoso cirujano Paul Nastiff al referirse al “efecto Kardashian” que muchas de sus pacientes buscan a la hora de entrar al quirófano por razones estéticas.

En 2018, incluso, Kylie Jenner lanzó su propio filtro a través de su empresa de cosméticos y comenzó a borrar ese necesario límite entre lo que pasa en las cuatro paredes de la pantalla de un teléfono y la vida offline.

Mientras, en el Instagram de un cirujano de Buenos Aires desfilan una serie de caras locales, jóvenes y muy conocidas: Cazzu, Tini Stoessel, Emilia Mernes y otras influencers. Aunque no se detallan los procedimientos, no hay que hacer demasiada observación para notar las similitudes entre un rostro y otro.

Kim Kardashian, referente global de millennials y centennials. (Gentileza Vía País).
Kim Kardashian, referente global de millennials y centennials. (Gentileza Vía País).

Así, las celebridades, el alcance de las redes y la facilidad del acceso a los retoques digitales delimitan una problemática en común: la propagación de los estereotipos de belleza y su aplastante peso en consumos, autoestima y salud mental.

En los últimos años, y con el auge de los filtros como contenido diferencial de Instagram, millones de rostros se han modificado para lograr parecerse a una cara que sólo puede conseguirse con la ayuda de la tecnología. ¿Qué efectos puede tener todo esto?

Selfis y filtros de Instagram ¿tergiversan la realidad?

En el primer capítulo de la miniserie Years and Years (ambientada en 2024), una hija adolescente que usa filtros en forma de máscara les dice a sus padres: “Soy trans”. La joven explica que no es “transgénero” sino “transhumana”. Como se siente incómoda con su cuerpo, quiere dejarlo y convertirse en “pura información” y así descargar “el cerebro a la nube”. Parece demasiado fantástico, pero, ¿cuán lejos estamos de eso?

“A mí no me gusta mucho tergiversar la realidad, pero es un descubrimiento del último tiempo”, asegura la comunicadora Emiliana Felizzia, que en su Instagram se define como “divulgadora de cosas”. Según cuenta, en 2022 su uso de filtros se modificó a partir de un proceso personal de “deconstrucción” de la belleza.

“Apenas salieron, mi usabilidad era muy extrema porque me parecía que embellecían. En el último tiempo, trato de no usarlos, directamente. Hasta prefiero no publicar nada antes de hacerlo con filtro. Y me pasa como usuaria de ver a otra gente que usa, y me choca. Sobre todo en personas que son muy públicas”, aporta en relación con ejemplos como el de China Suárez, Zaira Nara o Paula Chaves.

“Siento que el filtro es una mentira, una careta que no sirve para nada”, define.

En ese sentido, plantea su preocupación respecto al impacto que pueden tener estos referentes en generaciones más jóvenes: “Tenés que estar preparada psicológicamente para que eso no te afecte”. Al respecto, asegura que, más allá de avances puntuales, no ve demasiados cambios positivos. “Nos reímos más de algunas cosas, los cuerpos están más variados, sí, hay menos gordofobia, ¿pero qué nos pasa con la boca, con la nariz, con la piel?”.

“Se condensó en el rostro”, dice Felizzia sobre la obsesión con la imagen que antes se ubicaba en otras partes del cuerpo. “Lo que pensábamos que era una nueva generación sin estereotipos, termina buscando otro punto de obsesión. Ya no es más el 90-60-90 de los 2000, pero todas tienen la misma boca”, añade con ejemplos a mano como los de las cantantes Tini y María Becerra.

María Becerra y Tini Stoessel, dos modelos de belleza para las generaciones más jóvenes. (Instagram).
María Becerra y Tini Stoessel, dos modelos de belleza para las generaciones más jóvenes. (Instagram).

“Somos muy de seriarnos, nos copiamos entre nosotros. Cuando algo se vuelve tendencia en Instagram, lo hacemos todos. Sin darnos cuenta, más tarde o más temprano, terminamos replicando algo. En el peor de los casos, bajo una cirugía”, precisa la periodista.

Una máquina de “imagen y semejanza”

A su turno, la psicoanalista Silvina Sanmartino entiende este fenómeno como parte de la lógica capitalista de la que son parte las redes sociales. Sin embargo, antes de demonizarlas, plantea: “¿Quién usa esas redes? Es la máquina creada a su imagen y semejanza. Porque hablamos de todas estas cosas que creamos como si vinieran de la estratosfera. Eso que usamos es porque hay una oferta y una demanda, y producir para el deseo genera eso”.

“En lo que vos ves, ¿qué ves si está lleno de filtros? Vos creés que eso es espontáneo, pero de espontáneo no tiene nada”, plantea la especialista, miembro de la red de incidencia política ZADIG, en la que se trabajan diferentes temáticas desde una perspectiva multidisciplinaria y dialógica. Desde su óptica, “no hay nadie que esté librado de la inteligencia artificial” en una época en la que la producción de bienes y servicios está estrictamente vinculada con el análisis de datos y comportamientos.

“Uno se queda alienado, pegado, o tiene cierta mirada crítica sobre eso. Porque contra la tecnología y la ciencia no vamos a ir. Hay algoritmos en todos lados, el tema es qué se hace con eso”, amplía Sanmartino, quien señala la pertinencia del libro Tecnoceno, de la filósofa Flavia Costa, para entender “el entramado de datos, algoritmos y plataformas que organiza buena parte de nuestra vida social, que se expandió enormemente durante la pandemia”.

Filtros de Instagram y la idea de belleza (Ilustración de Leicia Gotlibowski)
Filtros de Instagram y la idea de belleza (Ilustración de Leicia Gotlibowski)

Del filtro a las intervenciones estéticas

¿Cómo interactúa esta problemática con la medicina estética y la cirugía plástica? Norma Valerio, médica especialista en este campo, aclara que tiene pacientes que van desde la adolescencia hasta los 85 años. “Creo que tiene que ver con que hay más procedimientos que son mínimamente invasivos. Y si mejora la autoestima con un pequeño retoque, ¿por qué no?”, manifiesta.

En cuanto a los deseos que le plantean, precisa: “Casi ninguna viene queriendo parecerse a una famosa. Tengo algunas consultas en base a los filtros, por ejemplo dicen que les gustaría tener la nariz o la boca de cierta forma. Pero lo que más me muestran es cómo les queda cuando están maquilladas y piden que les quede siempre así”.

Además, marca que a partir de la pandemia y el mayor uso de pantallas con nuestro rostro en primer plano hubo un aumento en las consultas.

Por su parte, Johanna Furlan Graff, especialista en cirugía plástica reconstructiva, confirma “una relación entre lo que se pide y el estereotipo de belleza de las redes que hay hoy”. Apunta que aunque ella tiene una línea de trabajo “más dentro de los patrones naturales”, mucha gente le pide “las bocas o narices que se ven hoy, que son todas bastante similares”.

“Buscan famosas como modelo de rasgos pero, por sobre todo, sus fotos con filtros de Instagram. Además, he visto que en los últimos años disminuye la edad. Antes la media era de 35 en adelante”, asegura, mientras en la actualidad cada vez más adolescentes y adultos jóvenes se acercan a hacer consultas.

La profesional específica que la rinomodelación, la rinoplastía y hacerse los labios están entre los procedimientos más solicitados. Valerio, a su vez, suma a la toxina botulínica, más conocida como bótox.

De las redes a la dismorfia

La interacción entre patrones de belleza, avance tecnológico y redes sociales puede tener, no obstante, efectos más allá de la demanda de intervenciones estéticas.

Juli Santini es una reconocida diseñadora de moda que acumula más de 100 mil seguidores en su Instagram y ha creado su propia comunidad más allá de usar su perfil para comercializar sus productos. Hace muy poco se refirió al agotamiento que pueden producir las redes y mencionó por primera vez que gracias a ciertos aspectos de su uso sufrió lo que se conoce como “dismorfia corporal”.

“Todo esto empezó en 2018, aproximadamente, cuando Instagram lanzó las historias”, comenta en diálogo con La Voz. A diferencia de los primeros filtros que surgieron en Snapchat, Santini afirma: “Instagram empezó a sacar historias y sus filtros se veían más reales, por decirlo de alguna forma. Te hacía sentir que esa podría ser tu cara sin que nadie se diera cuenta, porque al principio no figuraba que estabas usando un filtro”.

“Para las que crecimos con las redes fue difícil decidir dejarlos de usar”, asegura. “Arranqué ese proceso hace unos meses porque en mi tratamiento de salud mental aprendí que tenía TDC, trastorno dismórfico corporal”, comparte la diseñadora, que intenta concientizar sobre esa problemática en su comunidad digital.

“Mi dismorfia implica que me cuesta mucho verme al espejo o en el celular sin filtro y reconocerme, ver que soy esta persona y no esa otra que mostré durante todos estos años. La pandemia también colaboró: nos hizo usar más el celular y el barbijo. De golpe, en eventos o reuniones me daba mucha vergüenza porque sentía que todos me iban a estar mirando las imperfecciones que sólo percibo yo. Cosas normales y humanas, como los poros de la piel, pero que nos acostumbramos a dejar de ver, tanto por los filtros como por la pandemia”, relata.

Luego de recibir mensajes de odio por usar filtros, dejó de mostrarse en redes y, sobre todo, de subir fotos y videos de ella hablando. “Estoy en proceso de aceptación: este es mi rostro, mi piel, esta soy yo y está bien”, dice hoy. Lo hizo tanto por ella como por quienes están del otro lado: “No estaba bien como comunicadora mostrar una imagen de mí que no era real”.

Por otro lado, cuenta que sintió la presión y el deseo de modificar su cara con medicina estética y cirugía a causa de lo que veía con los filtros. Pero tanto tomar conciencia de que sufría dismorfia como el diálogo con la doctora Johanna Furlan Graff, quien le explicó la implicancia de esos cambios, la llevaron a tomar la decisión de no hacerlos.

“No pensaba en el trasfondo hasta que esto se agravó y se convirtió en un problema”, concluye Santini sobre el uso de los filtros que hacía antes de ser diagnosticada. En ese proceso propio, pero compartido, cierra contundente: “Se culpa a las redes pero también es responsabilidad nuestra. Es una lucha, y parece tonto pero no lo es porque puede afectar a nivel de salud mental. Algo que nadie se espera, que yo misma nunca me hubiera esperado”.

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