jueves 3 de diciembre de 2020

A sus 83 años, falleció el Cóndor de América, uno de los más grandes deportistas que dio Mendoza. / Ignacio Blanco
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Ernesto Contreras: adiós a una gloria del deporte de Mendoza

A los 83 años, falleció el “Cóndor de América”, uno de los más grandes ídolos mendocinos de todos los tiempos. Fue dos veces ganador del Cruce de Los Andes, múltiple campeón nacional y representante olímpico.

A sus 83 años, falleció el Cóndor de América, uno de los más grandes deportistas que dio Mendoza. / Ignacio Blanco

La historia deportiva de Ernesto Antonio Contreras fue tan explosiva como extraordinaria. El querido “Negro” falleció ayer, a los 83 años, aquejado por un infarto silencioso y un positivo de coronavirus, y dejó tras de sí un legado de deportista y hombre ejemplar, querido y respetado por todos.

La noticia sacudió bien temprano la jornada dominguera y de inmediato se dispararon secuencias de las inolvidables hazañas de quien es considerado uno de los tres deportistas más importantes de Mendoza de todos los tiempos.

Contreras era un desafiante constante de las adversidades y de sus propios límites. Siempre, por talento, personalidad y carisma, terminaba imponiéndose. Esas características lo llevaron a un reconocimiento que superó las fronteras de nuestro país. Era admirado en el plano internacional y muy especialmente en toda Latinoamérica. Durante varias temporadas, incluso, llegó a estar entre los mejores ciclistas del mundo. Por entonces, en Europa, este reconocimiento se denominaba Top Four.

Todos conocían su talento y Mendoza comenzó a idolatrarlo cuando el “Negro” asombró en el Cruce de Los Andes. En aquellos años, el recorrido se realizaba por caminos de tierra y cruzando pequeños arroyos para poder llegar a Chile. El Cristo Redentor y los increíbles caracoles trasandinos formaban parte de una competencia que envolvió cada enero entre 1967 y 1976, cuando Mendoza respiraba ciclismo.

Contreras ganó dos Cruces de Los Andes (en 1968 y 1973) de los siete que se disputaron. Tales proezas en la geografía de montaña le valieron su apodo: el “Cóndor de América”.

Fue el despertar de un fanatismo que lo colocó en el pedestal de los más grandes deportistas mendocinos de todos los tiempos junto a otros dos íconos: Nicolino Locche y Víctor Antonio Legrotaglie.

Sin embargo, aunque para los mendocinos ese parecía el comienzo de la historia, la leyenda había comenzado muchos antes.

Ernesto nació el 19 de junio de 1937 en Medrano, en el departamento de Junín, y era el sexto hermano de siete y el menor de los varones. En aquellos años, no era fácil tener una bicicleta y el pequeño Ernesto comenzó a pedalear en una de su hermano mayor, compitiendo en algunas pruebas vecinales. Él esperaba ansioso que lo enviaran a hacer las compras. Lo hacía en la bicicleta y disfrutaba los cuatro kilómetros diarios hasta el pueblo de Medrano. Sin quererlo, empezó a convertir la bicicleta en una extensión de sí mismo.

Por aquellos años, también el fútbol lo desvelaba. El potrero lo llamaba cada vez que una pelota de trapo comenzaba a rodar en medio del polvo ardiente de un pasado que hoy queda muy lejos. Sin embargo, la bicicleta era su verdadera pasión y una tarde cualquiera abandonó el arco de su infancia para siempre.

Ni siquiera la gloria deportiva cambió su estilo ejemplar, bonachón y humilde. Fue un deportista extraordinario. Su respuesta inmediata, casi reflejo, cuando se le consultaba por sus más grandes logros, siempre destacaba “el amor de la gente”.

Sus primeras carreras federadas fueron allá por 1956. El 22 de abril de aquel año debutó en una prueba rutera en San Martín, con solo 18 años y aunque su físico desgarbado no llamaba la atención, ganó la competencia de punta a punta. Aquella tarde, en lo más alto del podio, con una bicicleta prestada y unas zapatillas de lona, nació una leyenda.

Inolvidable

Un romance que se extendió por 22 años

La vida deportiva de Ernesto Contreras quedó marcada desde la primera vez que se subió a una bicicleta. Sin embargo, su debut profesional es lo que definió un romance inalterable: el del “Negro” y su bicicleta. Desde la tarde del 22 de junio de 1956, cuando debutó en una competencia rutera en San Martín, venciendo cómodamente al resto de los competidores, se hicieron inseparables. Fueron 22 años juntos.

Sin embargo, y luego de una vida recorriendo las rutas del país, la llama se fue apagando. “No sentía el mismo fuego. Pero no me retiré porque llegaba último; me retiré ganando y corriendo todo el año. Recorrí la Argentina con el ciclismo. Cuando dejé, no lo extrañe mucho y nunca más volví a andar en bicicleta”, dijo alguna vez.

Es leyenda

Sus consagraciones

• Entre 1956 y 1963 ganó ocho títulos consecutivos de persecución individual.

•1961. Campeón en kilómetro, con partida detenida.

•1968 y 1973. Ganó el Cruce de Los Andes.

• Competencias mundiales: en 1959, en Ámsterdam, fue octavo. En Zúrich, en 1961, cuarto. En Milán, en 1963, fue séptimo. Su cuarto mundial fue en Montevideo, Uruguay, en 1969, junto a Carlos Álvarez, Juan Alves y Juan Merlos, donde obtuvieron el segundo puesto. En Roma, en 1960, fue fueron quintos.

• Experiencias olímpicas: En Tokio, Japón, en 1964, finalizó octavo en persecución por equipos. En 1968, en México, acabó noveno en la misma modalidad.

• Reconocimientos: En Mendoza se le otorgó la Cruz al Mérito. Además, en Buenos Aires, fue premiado con el Olimpia de Plata. En 2008 recibió una distinción en el Senado de la Nación a la “Trayectoria deportiva y ejemplo de vida”.


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