Los capellanes castrenses del Ejército de los Andes

Un pequeño grupo de valientes sacerdotes acompañó a la tropa en el cruce de la cordillera para alentarla y confortarla ante las vicisitudes de las batallas.

El 29 de enero fue un día decisivo en la marcha del ejército a través de la cordillera. En el camino de Los Patos, la división comandada por Soler abandonaba el campamento de los Manantiales iniciando una de las partes más difíciles del recorrido que la llevaría hasta el paso del Espinacito, a más de 4.500 msnm, en la cordillera de la Ramada.

Al mismo tiempo, la vanguardia de Las Heras, en el camino de Uspallata, iniciaba la movilización de las tropas rumbo a la cumbre. Mientras tanto, San Martín avanzaba hacia Manantiales.

Entre quienes lo acompañaban estaba su capellán, el fray Juan Antonio Bauza, agregado al Estado Mayor. San Martín había conocido al franciscano chileno en Mendoza, donde había tenido que exiliarse después de la derrota de los patriotas en Rancagua.

Los capellanes castrenses del Ejército de los Andes fueron algunos de los pequeños protagonistas de aquella experiencia de militarización que atravesó la Revolución. Estaban a cargo del “cuidado espiritual” del ejército, pero también desarrollaron otras tareas.

La formación del cuerpo de capellanes castrenses

A fines de 1815, el presbítero Lorenzo Güiraldes fue designado teniente vicario general y subdelegado castrense de las tropas de Cuyo, para que el ejército estuviera “mejor atendido en sus ocurrencias espirituales y religiosas”.

Güiraldes era un clérigo mendocino, vinculado con diversos sectores de la comunidad y de indudable patriotismo; se encargó de formar el cuerpo de capellanes ya que el oficio, le otorgaba autoridad para designarlos. Cuando el ejército emprendió el cruce de la cordillera, lo acompañaron dieciséis capellanes.

Entre los emigrados chilenos, Güiraldes encontró experimentados capellanes ya probados en los campos de batalla trasandinos, como Gregorio Meneses, vicario castrense de Chile, y Casimiro Albano. A ellos se sumaron otros clérigos cuyanos, como el mendocino Félix Aldao, fraile dominico, y el sanjuanino José de Oro.

Poco antes de la partida, se unió al ejército el presbítero Julián Navarro, capellán de Artillería de la plaza de Buenos Aires. Era un decidido revolucionario que había tenido una activa participación política en Buenos Aires y Santa Fe.

En febrero de 1813, cuando el primer escuadrón de Granaderos a Caballo pasó por Rosario, se unió al cuerpo como capellán y, socorrió a los soldados en la batalla de San Lorenzo.

No todos los clérigos que formaron parte del ejército fueron capellanes. En 1815 se incorporó fray Luis Beltrán como teniente de Artillería, grado que había alcanzado en el ejército revolucionario chileno, al que se había unido como capellán.

Beltrán se había formado entre los dominicos de Santiago de Chile, fue ascendido al grado de capitán, con el que dirigió la división que llevaba la artillería. Al parecer, ya no vestía su hábito cuando estaba en Mendoza.

Capellanes en acción

Los capellanes castrenses realizaron diversas actividades sacramentales y litúrgicas para las que estaban facultados. Además de bautizar, casar, confesar y conceder el perdón de los pecados a soldados y oficiales, enseñaban el catecismo. Cada domingo celebraban misa en el campamento de El Plumerillo.

Gerónimo Espejo ha dejado en sus memorias una interesante descripción: “[...] Los domingos y días de fiesta se decía misa en el campamento y se guardaba como descanso. En el centro de la plaza se armaba una gran tienda de campaña (forrada de damasco carmesí, que desde Inglaterra le habían mandado al General) allí se colocaba el altar portátil y decía la misa el capellán castrense Dr. José Lorenzo Güiraldes o alguno de los capellanes de los cuerpos. El ejército se presentaba en el mejor estado de aseo, mandaba la parada el jefe del día, los cuerpos formaban al frente del altar en columna cerrada estrechando las distancias, presidiendo el acto el General acompañado del Estado Mayor. Concluida la misa el capellán dirigía a la tropa una plática de 30 minutos poco más o menos [...]”.

Las palabras de los capellanes exaltaban el patriotismo y preparaban a los soldados para enfrentar la batalla, tranquilizando sus conciencias, ya que la defensa de la ‘sagrada causa’ que los arrastraba a la guerra les obligaba a infringir uno de los mandamientos de la Iglesia: no matarás. En el discurso que articulaban los capellanes se legitimaba y daba sentido a la lucha revolucionaria.

Al mismo tiempo, el respeto a la religión tenía efectos disciplinadores. El reglamento del ejército, que establecía el comportamiento adecuado de los soldados, promovía el respeto a la religión en su primer artículo: “Todo el que blasfemase el Santo Nombre de Dios o de su adorable Madre, e insultase la religión, por primera vez sufrirá cuatro horas de mordaza, atado a un palo en público, por el término de ocho días, y por segunda vez, será atravesada su lengua con un hierro ardiente, y arrojado del cuerpo”. Al mismo tiempo, promover el respeto a la religión también contribuía a combatir las acusaciones de “insurgentes” e “irreligiosos” con las que los realistas representaban a los revolucionarios.

En carta a San Martín, Manuel Belgrano había sintetizado el problema: “La guerra no sólo la ha de hacer Ud. con las armas, sino con la opinión, afianzándose siempre en las virtudes naturales cristianas y religiosas; pues, los enemigos nos han llamado herejes, y sólo por este medio han atraído a las gentes a las armas, manifestándoles que atacábamos la religión. [...] por este medio conseguirá Ud. tener el ejército bien subordinado, pues él, al fin, se compone de hombres educados en la Religión Católica que profesamos y sus máximas no pueden ser más a propósito para el orden”.

La experiencia de la guerra

La acción de los capellanes se reducía a animar a las tropas y socorrer a los heridos, por lo que no suelen figurar en los partes de batallas.

Aunque la guerra fue una experiencia radical que disolvió fronteras y, en el Ejército de los Andes hubo excepciones.

Cuando las fuerzas de Las Heras enfrentaron a los realistas en Guardia Vieja, el capellán Aldao le pidió al Coronel acompañar a los soldados.

Las Heras no sólo lo permitió, sino que en el parte del enfrentamiento recomendó una distinción para el fraile por el valor que había demostrado: “La brillante comparación del Padre Dominico Fr. Félix Aldao, que antes de marchar la guerrilla, me pidió ir a ella, y que lo armase con una tercerola y sable como lo verifiqué, hace honor justamente a su clase, no solo por este hecho, sino aun porque después de haberse batido a fusil cargó a sable sobre la fuga de los enemigos y logró hacer prisionero a un oficial de ellos. Recomiendo a V.E. una acción tan bizarra, señalada por la ordenanza, y máxime cuando recae en un sujeto de su clase”.

Aquel día, Aldao abandonó los hábitos e ingresó en la carrera de las armas. Al poco tiempo fue designado teniente del Regimiento de Granaderos a Caballo, grado con el que combatió en Chacabuco.

Silueta biográfica

Fray José Félix Aldao, Capellán del Ejército de los Andes

Origen. Nació en Mendoza en 1785 en una familia de la élite. Su padre era un militar encargado del control de la frontera.

Religioso y militar. Ingresó a la orden dominica en 1802 y se ordenó sacerdote en 1806. En 1817 se incorporó al Ejército de los Andes como capellán, pero dejó los hábitos y se convirtió en teniente del Regimiento de Granaderos a Caballo.

Participó en las principales instancias de las guerras de independencia en Chile y en el Perú. Se separó del ejército en 1823 con el grado de coronel.

Guerras civiles. En 1824 retornó a Mendoza, donde vivió un tiempo alejado de la vida política, pero terminó uniéndose al ejército provincial.

En las guerras civiles luchó junto a los federales y, en 1830, triunfó en la Batalla del Pilar en Mendoza. Unió sus fuerzas a las de Facundo Quiroga en las batallas de La Tablada (1829) y Oncativo (1830), pero fueron derrotadas por las tropas unitarias dirigidas por el Gral. Paz.

En Oncativo fue tomado prisionero y liberado cuando los unitarios, derrotados, escapaban a Bolivia. En Mendoza se convirtió en Comandante General de Armas y, en 1833, dirigió la división Oeste de la expedición contra los indígenas de la pampa, en combinación con Rosas.

Durante la hegemonía rosista en el interior de la Confederación, combatió las conspiraciones unitarias en el área.

Gobernador. En 1842 fue electo gobernador de Mendoza.

Escándalo. A lo largo de su trayectoria mantuvo vínculos con tres mujeres con las que tuvo hijos, provocando escándalo en la sociedad mendocina.

Fin. Murió en Mendoza, siendo gobernador, en 1845.

Homenaje

Espacios. El barrio Félix Aldao se encuentra en el distrito Belgrano, de Guaymallén.

Bibliografía

- García de Loydi, Ludovico. Los capellanes del ejército. Ensayo histórico. El clero castrense durante la guerra de la independencia, 1810-1824, Buenos Aires, Secretaría de Guerra, 1965.
- Matte Varas, José Joaquín. Historia del Vicariato Castrense en Chile (1811-1891), Universitaria, Santiago de Chile, 1983.

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