martes 27 de octubre de 2020

El estafador llegó a vender alrededor de 10.000 botellas - Archivo/ Los Andes
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“Sour Grapes”: la historia del hombre que estafó a la industria del vino y llegó a Netflix

Este documental basado en hechos reales cuenta el engaño de Rudy Kurniawan a las personas más ricas en el seno de Hollywood.

El estafador llegó a vender alrededor de 10.000 botellas - Archivo/ Los Andes

Una de las estafas más grandes en la historia de la industria del vino llegó a Netflix. Se trata del documental “Sour Grapes”, que cuenta cómo un joven de Indonesia se instaló en Estados Unidos en 1998 y en poco tiempo se convirtió en uno de los máximos referentes del mundo de la subastas de vinos de alta gama.

Rudy Kurniawan se metió en el círculo más rico de Hollywood a principios de los 2000 a fuerza de compras y ventas de botellas a precios exorbitantes, llegando a gastar hasta un millón de dólares al mes.

Justamente estos bruscos movimientos y su alto perfil mediático fueron los primeros puntos que llamaron la atención de este inmigrante. Los angelinos se comenzaron a preguntar por la verdadera identidad de este joven y la procedencia de su fortuna, que él justificaba diciendo que su familia era distribuidora exclusiva de la cerveza Heineken en China.

Pero en poco tiempo se terminó ganando la confianza de los multimillonarios de Los Ángeles, un poco por su carisma y otro poco por su implacable memoria gustativa y su habilidad para reconocer vinos en catas a ciegas.

Ascenso y caída

Pero como una estrella fugaz, en 2003 comenzó a perder su brillo con una serie de errores que finalmente decretarían su ruina. En abril de ese año, cometió la primera equivocación en una subasta en Nueva York. Minutos antes de que comenzara la puja, Rudy decidió retirar un lote de vinos de Burdeos muy difíciles de encontrar, con precios que superaban los millones de dólares.

Es que un afamado crítico de vinos había descubierto que las etiquetas de las botellas de Ponsot Clos de la Roche 1929 se leía “mise en bouteille au demaine” (embotellado en la finca), un detalle que solo se incluyó a partir de 1934.

Este traspié no le impidió seguir por algunos años más en el negocio, en 2006 participó en dos subastas de la firma Acker, Merrall & Condit en las que obtuvo u$s 10,6 millones en la primera y u$s 24,7 millones en la segunda, por lo que esta última marcó el récord de una sola venta de vino bajo esa modalidad.

El segundo paso en falso lo dio en 2007, cuando Kurniawan consignó varios lotes de botellas magnum del Château Le Pin de 1982 en Christie’s de Los Ángeles que fueron la portada del catálogo de la subasta. Representantes de la bodega se comunicaron con la casa de subastas e indicaron que en realidad eran falsas.

Otro error fue cuando envió a una subasta unas botellas de una marca de vinos borgoña de altísima gama, etiquetados entre 1945 y 1971. Pero el enólogo francés Laurent Ponsot, CEO de la casa Clos Saint Denis, alertó que su familia entró al negocio con esa marca en 1982, y en consecuencia era apócrifas.

Con tras estafas y demanda en el medio por millones de dólares de quienes llegaron a ser sus amigos, su golpe de gracia fue en febrero de 2012, cuando Spectrum Wine Auctions tuvo que retirar varios lotes de su subasta, por un valor estimado de u$s 785.000, cuando surgieron acusaciones de que fueron enviados por Kurniawan a través de un tercero.

Modus operandi

En marzo de ese año, agentes de la FBI allanaron su casa y encontraron lo que se sospechaba: Ruby tenía un laboratorio con cientos de botellas usadas que eran rellenadas con una mezcla de vinos de California y con etiquetas falsificadas.

Finalmente fue llevado a juicio, se lo declaró culpable y en 2014 fue condenado a 10 años de prisión. Actualmente se encuentra en la cárcel cumpliendo su pena, pero según sus abogados, podría salir en libertad el próximo 7 de noviembre, pero como vivió ilegalmente en Estados Unidos desde 2003, será deportado a Indonesia cuando sea liberado.

En su juicio se demostró que Kurniawan llegó a embotellar cerca de 10.000 vinos, aunque no se pudo comprobar si trabajaba con otras personas, algo que se sospecha por el nivel de “producción” que alcanzó en casi una década.

Las botellas y los exclusivos corchos que tenían sus vinos los consiguió, según él, “cada vez que voy a una cena le pido al dueño del restaurant que me envíe las botellas y los corchos, así los guardo como recuerdo del encuentro”.