miércoles 23 de septiembre de 2020

Sólo suscriptores
Jorge Prieto investigador de INTA.
Fincas

Jorge Prieto “La criolla chica está dando buenos resultados en vinos de alta gama”

Asegura que se trata de variedades patrimoniales que tienen una larga historia en el país. Algunas de ellas han sido rescatadas y recuperadas por el INTA. Trabaja con productores para ponerlas en valor.

Jorge Prieto investigador de INTA.
Sólo suscriptores

La vitivinicultura en Argentina, y en América, no puede entenderse sin las variedades traídas por los españoles durante la conquista y más tarde por los inmigrantes. Por esa razón, el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria tiene una colección con no menos de 60 de ellas, que fueron rescatadas de diferentes puntos del país, para recuperar su historia y ponerlas en valor.

Al respecto, el doctor en Biología, Jorge Alejandro Prieto, quien integra un grupo interdisciplinario de investigación en el INTA (junto a Rocío Torres, Gustavo Aliquó, Santiago Sari, Martín Manzone, Elena Palazzo, y Simón Tornello), explicó qué son las “variedades patrimoniales”, y la importancia que tienen para Mendoza y el país.

- ¿A qué se refiere con variedades patrimoniales?

-Las llamamos patrimoniales de forma genérica en América. Implica que tienen una larga historia de cultivo en la región. Nos referimos a ellas como criollas. Se asocia a las variedades criollas, que se formaron en Sudamérica, y concretamente en nuestro país; también en Chile, Perú y Bolivia, a partir de cruzamientos de variedades europeas (Listán Prieto, una variedad española dominante en Sudamérica y en lo que sería el territorio que hoy es Argentina durante alrededor de 300 años, y Moscatel de Alejandría, introducida más tarde por los Jesuitas). Las variedades se cruzaron naturalmente y dieron paso a las uvas criollas.

-No se limita a las más conocidas. ¿Existe una gran variedad de ellas?

-Tenemos una colección de entre 50 y 60, que hemos rescatado de distintos viñedos antiguos del país pero, en general, cuando se habla de criolla, se piensa casi exclusivamente en la cereza o a la criolla grande, que son las dos más difundidas del país, y aumentaron mucho su superficie durante los años 60 y 70, porque se buscaban grandes volúmenes con alto rendimiento.

En la misma época se dejaron de lado otras variedades que eran también criollas, y tenían menos rendimientos, como la misma criolla chica que ocupaba mucha superficie antes de eso.

- En la actualidad, ¿que tan extendidas están esas variedades?

-En Argentina hay alrededor de un 30% del total representado por variedades criollas (cereza, criolla grande, Torrontés Riojano, Moscatel Rosado y Pedro Giménez), y muchas otras se han ido perdiendo. Por eso tenemos una colección en el INTA para conservarlas, estudiarlas, revalorizarlas y categorizar su potencial enológico.

Son variedades propias, relacionadas a la tradición, a la historia de un lugar, que pueden aportar a generar una identidad y agregar valor a productos únicos. Hay un resurgimiento de variedades minoritarias, dependiendo del lugar en donde se trabaje, pero en Sudamérica, se trata de un resurgimiento de “criollas”.

De igual manera, en España se está viendo el mismo fenómeno, y se han encontrado muchas variedades “nuevas”, que en realidad son viejas y que se están tratando de revalorizar. Si bien el mercado de vino global está cooptado por quince variedades aproximadamente, hay un interés por lo que es único.

- Entonces, ¿existe un nicho específico para las criollas?

-Lo que estamos tratando de hacer es aportar una visión de innovación. Está ese mercado de nicho como un posible destino para estos productos. Hay que estudiar la posibilidad de obtener vinos innovadores, fáciles de tomar y que puedan levantar también el consumo en el mercado interno.

El mercado de nicho funciona bastante bien y, quienes están elaborando criollas, logran ubicar sus productos en el exterior a buenos precios.

- En cuanto a las condiciones climáticas, ¿se adaptan de otra forma al ambiente?

-Eso también está en estudio. Se han encontrado variedades en el desierto de Atacama (Chile), que se muestran resistentes a la sequía, con indicios de que pueden tolerar estrés abióticos. También hay experimentos en Argentina para ser usadas como portainjertos resistentes a salinidad, y están dando buenos resultados.

- ¿Todo esto es un proceso de largo plazo?

-Introducir una variedad nueva en el mercado es un trabajo de años. Con el bonarda se sigue trabajando, es un proceso de mediano y largo plazo. Hay modas, y eso puede sucederles a las criollas, pero creemos que hay que tratarlo con mucho cuidado para no bastardear el producto.

La criolla y la cereza tienen un potencial enológico limitado. Si se busca solamente aprovechar la moda, se puede cometer el error de elaborar productos de baja calidad, lo que puede terminar por desmerecer el trabajo de gente que apuesta por un trabajo a largo plazo.

La criolla chica está dando resultados en vinos de alta gama, e incluso el segmento se puede asociar al desarrollo de una denominación de origen, pero eso implica un desarrollo integral, que suma a más actores de la industria.

Estamos trabajando con una perspectiva de innovación, y con algunos productores que apuestan por innovar, revalorizarlas con visión de calidad, y diversificar la oferta varietal argentina. El malbec ya está instalado, pero se trata de generar otros productos que acompañen a las variedades existentes.

- ¿En qué zonas se encuentran las uvas criollas?

-Hemos encontrado mucho en zonas en donde hay viñedos viejos, con poco recambio varietal, como en el Este de Mendoza, en San Juan, Calingasta. Se trata de lugares en donde hubo menos recambio varietal y las plantas permanecieron gracias a la labor de conservación de los pequeños productores.

Al proceso de pérdida de varietales se le denomina erosión genética, y se dio uno muy grande en los años 60 y 70, cuando se arrancaron viñedos viejos, e incluso de Malbec, para poner criolla grande y cereza por su potencial productivo.

- ¿Qué otros avances se pueden destacar dentro de su investigación?

-La colección de variedades criollas que tenemos comprende descubrimientos en la Patagonia, en Mendoza, San Juan, Salta y Catamarca, y hemos encontrado dos que descienden del malbec (cruzamiento natural con criolla grande), y tienen buenas perspectivas para los vinos tintos, y otras para blancos, como la uva blanca oval, moscatel amarillo, o canela.

En la bodega del INTA se hicieron experimentos en la planta piloto o bodega experimental, microvinificaciones con buenos resultados. Este año se han evaluado algunas como base para espumante, también con resultados positivos.