Hacedores. Del terruño que deslumbró a Juan Giol a su tataranienta

“De la tradición familiar aprendí todo, desde dar fichas en épocas de cosecha a cómo distinguir las variedades… de como se hace el vino de manera tradicional, por ver como lo hacían mis abuelos", cuenta María Morchio Giol.
“De la tradición familiar aprendí todo, desde dar fichas en épocas de cosecha a cómo distinguir las variedades… de como se hace el vino de manera tradicional, por ver como lo hacían mis abuelos", cuenta María Morchio Giol.

María Morchio Giol cuenta la historia de sus viñedos en y sus vinos que hoy unen parte de la tradición familiar con el desarrollo más moderno de la industria. el Valle de Uco y el paso de su tatarabuelo.

De fijar un lugar en el mundo, que permita madurar grandes recuerdos, sin dudas este estaría acompañado por el aroma dulce que regalan las magnolias. En la finca familiar, La Esperanza, un árbol de grandes flores blancas está allí presente, incluso desde mucho tiempo antes de que su tatarabuelo tomara la decisión de comprar el terreno. De niña, María y sus hermanas recorrían los viñedos a caballo y se dejaban sorprender, como parte de un juego, por la sombra de los sauces, a orillas de las acequias, para hacer un picnic.

Han pasado 30 años desde aquel momento y en la voz de María Morchio Giol se puede espiar la misma ternura que genera la felicidad. Aquella de los paseos infantiles, del sabor de la fruta en la mano, de la celebración de la vendimia. Su apellido habla de generaciones vinculadas a nuestra industria madre, de pasiones, de trabajo, de lecciones que le fueron ganadas al rigor del clima. “Nosotros tenemos en La Consulta una vista muy amplia de la cordillera, uno siente que la envuelve desde el Norte hacia el Oeste. Hoy tenemos la suerte de volver a verla con nieve y eso me produce mucha alegría”.

La ingeniera agrónoma, de 36 años, describe con una vocación extraordinaria al detalle la tierra de su infancia, el terroire de su presente, los cimientos del futuro de su familia. A 3.000 metros de altura sobre el nivel del mar, en el departamento de San Carlos, se alza su comarca dibujada por viñedos y árboles frutales, que con la primavera parecen renacer de forma casi mágica. “En nuestras fincas como en la de los alrededores, hay muchos árboles… y nos encanta recorrer y encontrar nuevos rincones para disfrutar, bajo la sombra de los sauces… todo aporta para que sea un paisaje único”.

“En La Consulta tenemos una vista amplia de la cordillera”, cuenta María, tataranieta de Juan Giol. Aquel emprendedor italiano que llegó a la Argentina desde Udine, a fines del siglo XIX, y que en su bodega llegó a elaborar casi la mitad del vino que se producía en el país. Quizá allí este el secreto de La Esperanza, de la finca con el árbol de magnolias de más de 100 años, de la tierra amada de los veranos familiares y que actualmente produce Malbec y Merlot. En ese quizá, tal vez, se encuentre el germen del deseo de compartir la belleza de ese valle para vinos de alta gama, que casi inexplorado había deslumbrado los ojos de Juan.

Las Nencias. María describe con una vocación extraordinaria al detalle la tierra de su infancia, el terroire de su presente, los cimientos del futuro de su familia, abrazado por la cordillera en el departamento de San Carlos.
Las Nencias. María describe con una vocación extraordinaria al detalle la tierra de su infancia, el terroire de su presente, los cimientos del futuro de su familia, abrazado por la cordillera en el departamento de San Carlos.

A un kilómetro de distancia, de La Esperanza, casi sin a un golpe de vista se encuentran las 30 hectáreas de Las Nencias, una bodega con un porfolio de cuatro líneas que mezclan tradición e innovación creativa. “Allí tenemos como un objetivo para la vendimia siguiente abrir nuestras cabañas, nuestro lodge. Estamos armando un proyecto turístico para la finca, que lidera mi hermana Mariana, y que nos gustaría compartir con la gente, para que puedan disfrutar esa experiencia de La Consulta, que nosotros vivimos a diario”.

“Estamos con la construcción avanzada, lleva más tiempo del que nos hubiese gustado. Habría preferido tenerlo para esta vendimia, pero siendo realista y quiero ser muy cauta diciendo que para la vendimia siguiente lo vamos a tener funcionando”, explica María sobre uno de los proyectos que desarrolla su familia. Pero esa esperanza por lo nuevo también se mezcla con la amargura por los daños ocasionados por las heladas tardías, “es muy pronto para evaluar cuánto, pero tenemos daños por arriba del 50%, seguro”, relata la ingeniera agrónoma.

“De la tradición familiar aprendí todo, desde dar fichas en épocas de cosecha a cómo distinguir las variedades… de como se hace el vino de manera tradicional, por ver como lo hacían mis abuelos. Tengo la suerte de tener muchos registros históricos de nuestra finca, después de una helada tan fuerte, que se hacía, hay mucho registros y sigo aprendiendo de lo que dejaron”.

En su receta familiar se enumera que es muy importante tener la viña en buenas condiciones, cuidar la sanidad de las plantas, porque hay mucho daño. De su experiencia fertilizar, “a mí me gustaría hacer una aplicación foliar para pasar esta temporada vegetativa, no es fácil porque los costos son en dólares y es difícil de enfrentar”. María recurre a los conocimientos que ha heredado de su familia y le suma los que ganó en la Universidad de Cuyo y en su trabajo en Napa Valley, en California.

Cuenta que sus años en Napa Valley fueron una experiencia enriquecedora porque –recién recibida- aprendió el día a día en la bodega. “Teníamos la ventaja de que salimos de trabajar y podíamos ir a otras bodegas a degustar distintos vinos; se trabajaban muchas horas pero para quienes trabajan en la industria era gratis. Esa degustación me formó y fue cuando más probé vinos”. En Mendoza replicó la experiencia y la relación con la industria le ha permitido conocer vinos de diferentes, conocer hacia dónde va la industria, los gustos del consumidor y también saber cuáles son los objetivos a alcanzar. También aprendió en California lo minucioso que se debe ser con el orden y la limpieza en las bodegas.

Aquella niña que con sus hermanas paseaba a caballo por la finca de sus abuelos y en los almuerzos familiares –por costumbre- tomaba agua manchada con algunas gotitas de vino, rosa pálido, hoy es la encargada de crear la gama de Las Nencias, de dejar en cada copa algo de la tradición que inicio Juan Giol hace 130 años. Con el mismo entusiasmo con el que habla del paisaje habla de la tierra, y del 20% de las uvas que produce y transforma en vino.

María y sus hermanas recorrían los viñedos a caballo y se dejaban sorprender, como parte de un juego, por la sombra de los sauces, a orillas de las acequias. Ellas son herederas de una larga tradición familiar de elaboración del vino.
María y sus hermanas recorrían los viñedos a caballo y se dejaban sorprender, como parte de un juego, por la sombra de los sauces, a orillas de las acequias. Ellas son herederas de una larga tradición familiar de elaboración del vino.

“La Consulta tiene la particularidad de estar en una zona bastante cálida, en el día se alcanza una temperatura alta y esta amplitud térmica nos da un gran diferencial. En Las Nencias los suelos son más profundos y esto permite que se expresen mejor los aromas del vino, son vinos frutados en lo que se identifica el terroir. En La Esperanza, si bien está cerca, tiene un suelo más heterogéneo, una parte de arena, de dónde provienen nuestros single bitter, y un suelo más arcilloso”.

Entre los recuerdos, que amenizaron este viaje por la infancia y la casona de los abuelos, de los primos y el verano, la vendimia no deja de ser una fiesta. “La cosecha se disfrutaba porque era la finalización de un trabajo de todo el año, era un momento en el que se compartía esa alegría”. Treinta años después, María es la encargada de dirigir el trabajo en las viñas para darle forma a los vinos Classic, elaborados en forma tradicional; la Reserve vinos fermentados con levaduras indígenas; la línea Single y el Family Selection.

Desde ese lugar del mundo, abrazados por la cordillera aún nevada, María Morchio Giol confiesa que están trabajando en el desarrollo de la comercialización de sus vinos al exterior y que por tradición sostiene que el trabajo en la finca se expresa mejor en la bodega. De aquel terruño que deslumbró a Juan Giol, su tataranieta expresa en las botellas su arte. “Los blends sacan mi parte artística, me permiten ser creativa. Me encantaría hacer un blend de alta gama. Es una ilusión por ahora, pero…”. Desde La Esperanza, las cosas suceden.

Tenemos algo para ofrecerte

Con tu suscripción navegás sin límites, accedés a contenidos exclusivos y mucho más. ¡También podés sumar Los Andes Pass para ahorrar en cientos de comercios!

VER PROMOS DE SUSCRIPCIÓN

COMPARTIR NOTA