Representaciones literarias de la Ciudad de Mendoza - 4° parte

La Ciudad de Mendoza fue cambiando su fisonomía durante el siglo XX y eso se reflejó en su literatura.
La Ciudad de Mendoza fue cambiando su fisonomía durante el siglo XX y eso se reflejó en su literatura.

Aquí avanzamos en cómo los profundos cambios de la llegada del siglo XX se van haciendo carne en la vida cultural de la provincia y también en su literatura.

“Era en las esquinas de la Calle Larga donde atronaba la asamblea ritual de la muchachada y tosíamos el primer cigarrillo y compadreábamos el traje nuevo del sábado a la noche […] en esas esquinas, entre charlas, apodos, silbos y comentarios, la hombría iba aprendiendo sus mejores gestos y uno se iba anoticiando de los sucesos del mundo”. Armando Tejada Gómez. (Dios era olvido, 1980: 13)

Es innegable que, en el paso del siglo XIX al XX, Mendoza experimentó una serie de profundas transformaciones. Por ejemplo, entre 1885 y 1912 la población de la provincia se triplicó como consecuencia del arribo masivo de inmigrantes. Por ello, en 1912 el 40% de los habitantes era de origen extranjero, en particular español o italiano. De los conflictos emanados de esta peculiar situación dan cuenta dos novelas mendocinas, aunque con distinta apreciación del fenómeno.

En efecto: Abelardo Arias en Álamos talados (1942) presenta, junto al conflicto individual inherente al protagonista y la pérdida de la inocencia, otro de índole sociológica, como es el paso de una sociedad tradicional a otra, signada por el progreso acarreado por la presencia de inmigrantes de distintas nacionalidades (en este caso especial el “turco”). Ambas situaciones aparecen, en la novela, como responsables de la pérdida de ese “paraíso terrenal” que instauran las primeras páginas.

San Martín y Peatonal, década 1950. Edificio del Pasaje San Martín. Foto: Mendoza Antigua.
San Martín y Peatonal, década 1950. Edificio del Pasaje San Martín. Foto: Mendoza Antigua.

Por su parte, Fausto Burgos construye su novela El gringo (1935), también ambientada en San Rafael, a partir de la dicotomía “gringo” / criollo, pero en todo momento deja traslucir su simpatía por el primero de los términos, ese “gringo ahorrativo y laborioso”, de cuyas virtudes se hace encomio, y su crítica hacia el “criollo holgazán y “dejado”, que aparece incluso caricaturizado a través de comparaciones animalísticas, por ejemplo la referencia a “ave negras”.

Paralelamente a esta transformación étnica, la conmemoración del Centenario de la Revolución de Mayo y los festejos que se organizaron, constituyó la oportunidad de mostrar al mundo las transformaciones operadas en Mendoza, en particular en la ciudad capital, en la que advertimos la aparición de un “tiempo urbano” signado por el progreso.

Poco a poco va desapareciendo el empedrado de las calles. También se advierten transformaciones edilicias: mientras en la ciudad antigua, las casas son en general de un solo piso, construidas con adobe y con techos muy sencillos, como precaución ante los fenómenos sísmicos, en la denominada “ciudad nueva” comienzan a realizarse construcciones con cemento armado y también aparecen los primeros edificios de alto, como el emblemático Pasaje San Martín construido en 1926: “construcción del estilo modernista, con algún toque de Art Nouveau; ya que en este sitio del mundo nunca llegamos a tener estilos puros. […] inspirado en el modelo de la galería Vittorio Emanuele, de Milán” (Ponte, 2008).

Es una etapa de grandes cambios en todos los ámbitos de la vida mendocina, incluso en el cultural: comienzan a proliferar los medios gráficos (revistas, semanarios, etc.), el novedoso “cinematógrafo” difunde nuevos modelos de vida y nuevas actividades y el deporte adquiere una importancia creciente, de lo que dan cuenta los clubes instalados en el Parque General “San Martín”.

Justamente el entonces denominado “Parque del Oeste” va perdiendo poco a poco su carácter de paseo reservado a las clases más pudientes, para abrirse a todos. Se remodelan recorridos interiores y aparece el Rosedal como paseo peatonal para aquellos que no tiene carruajes o automóviles.

En tanto, el contexto histórico político aparece signado por la presencia del “lencinismo”, cuya presencia deja fuerte impronta en la literatura de la época. El radicalismo, a nivel nacional, había llegado al poder en 1916, con la elección como presidente de Hipólito Yrigoyen. A partir de 1912, con la Ley Sáenz Peña. Se abren las posibilidades de elecciones libres y los sectores populares, representados en esta instancia por el radicalismo lencinista irrumpen arrolladoramente en el escenario político local y llegan al gobierno en 1918.

El lencinismo fue un movimiento popular, paternalista y personalista, querido por el pueblo y rechazado por sus tradicionales opositores políticos, los conservadores, y dio tres gobernadores constitucionales: José Néstor Lencinas (1918-1919); Carlos Washington Lencinas (1922-1924) y Alejandro Orfila (11926-1928). El período se caracterizó por la turbulencia política, las intervenciones federales e incluso el asesinato político.

Esta agitada situación social constituye el tema de gran parte de la narrativa de Carlos Alberto Arroyo, quien compone una verdadera “saga de la Mendoza lencinista” (a la que ya nos hemos referido) y aparece también, tangencialmente, en otras novelas de la época, si bien en ellas prima más el elemento costumbrista sobre el propiamente histórico o político, dominante en la narrativa de Arroyo.

Casa de Gobierno de Mendoza. Foto: Mendoza Antigua.
Casa de Gobierno de Mendoza. Foto: Mendoza Antigua.

El movimiento literario imperante era el realismo y dentro de sus coordenadas se inscribe, por ejemplo, la novela de Juan Bautista Ramos Mala calle de brujos (1941). Al respecto, señala Graciela Maturo en texto que acompaña la edición de 1954: “Juan Bautista Ramos [...] captó en su obra y en su novela Mala calle de brujos un clima provinciano de pasiones y supersticiones que se vuelca dramáticamente en los lineamientos del realismo tradicional”. Los mayores aciertos del texto son, justamente, la pintura costumbrista de variados elementos de la vida social mendocina, con especial referencia a la hechicería; una buena captación de ciertos tipos psicológicos, entre los que se destacan el brujo Dimas y Agú, su hija; una nueva torsión al tema de la contraposición campo / ciudad, por la introducción de un tercer elemento: el barrio y, en lo estrictamente literario, la fuerza narrativa y la diversidad de tonos.

Precisamente, esta nueva realidad literaria, el “barrio”, comienza a perfilarse con mayor entidad y alcanzará su culminación en Dios era olvido (1979) de Armando Tejada Gómez, magistral pintura de “la Media Luna de Guaymallén”, “República de Gente Brava”, como se la califica en la novela, a través de la construcción de una coralidad polifónica que nos da el ambiente humano que se acompaña (o asienta) en la presentación de las esquinas características de la zona: el almacén, el boliche, el lugar de reunión de las “comadres” chismosas (“trutrucas” las llama el narrador, en alusión al antiguo elemento musical indígena), y es en esa construcción de una espacialidad que es referencial pero sobre todo, significante de una realidad social, que la novela de Tejada Gómez encuentra uno de sus mecanismos compositivos principales. De este modo, la literatura mendocina gana un nuevo espacio de representación.

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