Luz Sosa, una figura inquietante de la historia y la literatura (Segunda Parte)

Luz Sosa, una figura inquietante de la historia y la literatura (Segunda Parte)
Luz Sosa y su yerno Federico Mayer.

Fue la esposa de Tomás Godoy Cruz y, a raíz de su misteriosa biografía, un personaje histórico recurrente en la literatura. Lila Levinson y Sonnia de Monte le dedican textos suyos.

Mi primer encuentro “literario” con María de la Luz Sosa y Corvalán de Godoy Cruz (tal el nombre completo que la ubica claramente en el seno de la más tradicional sociedad mendocina) fue a través de las páginas de Abelardo Arias y su novela “Él, Juan Facundo” (1995). Es cierto que las referencias que el novelista incluye son mínimas, pero precisamente en esa suerte de reticencia radica el disparador de la curiosidad: “[…] doña Luz Sosa, […] que a despecho de las habladurías gozaba de una influyente amistad con Ruiz Huidobro” (160). Y agrega el narrador: “Pero esas no eran las únicas alfileres sobre Luz Sosa; estaban las de María Josefa Rosas, también declarante en contra en el proceso de responsabilidades, que no podía tolerar los coqueteos de esa Godoy con los federales” (160). La enigmática referencia al “proceso de responsabilidades” me intrigó, por cierto.

Pero hay mucho más, que suma atractivos al personaje: “En la nuca de Ruiz Huidobro recaían todas las maldiciones a la opresión ejercida por Facundo […] Sobre las de Luz Sosa, a más de las ya mencionadas, el mascar de agrios de sus rivales sociales, y la estólida envidia de su juventud y belleza” (160). Como acota también Luciana Sabina (2020): “Luz, como toda dama formada en los cánones del hogar patricio, se dedicaba a la beneficencia y a las relaciones públicas, donde podía lucir tanto su opulencia como su encantador estilo. Sus fiestas y saraos, sus modas y desplantes eran el vivo comentario de aquel ambiente mundano mandado a hacer a su medida. La vida de relación, en constante movimiento y rutilantes fiestas, eran su razón de ser”.

Tiempo después, hablando con Lila Levinson, periodista y locutora además de escritora, sobre mi fascinación por este personaje, supe que era compartida y que ella había escrito también un relato sobre el tema, incluido luego en la colección “Los cuentos de Lila” (2015) bajo el título de “La esposa del Gobernador”. Alude así al hecho de haberse desposado Luz con Tomás Godoy Cruz, representante mendocino al Congreso de Tucumán, fiel amigo de San Martín y que desempeñó la primera magistratura provincial. Este hombre, ocupado en los asuntos públicos y exiliado igualmente por razones políticas, “dejó en manos de su joven y voluntariosa mujer los temas sociales y muchas veces los patrimoniales” (Sabina, 2020). Precisamente, Levinson la retrata en esta faz de gran animadora de la vida social mendocina, por su belleza y relieve social, y alude a los hechos que cimentaron su fama de mujer despiadada: uno, el asesinato de su yerno; el otro… es el que se narra a continuación.

El 15 de mayo de 1852, al atardecer, doña Luz, acompañada por su hermana Francisca, atendía a los invitados que llegaban a una reunión programada. Todo prometía brillo y alegría, música, canciones, exquisitos bocados, amena charla y jugosos comentarios que durarían hasta la madrugada. En el cuarto más alejado yacía don Tomás Godoy Cruz, agonizante, asistido por una de las criadas. Cuando exhaló el último suspiro, la mujer se lo fue a contar a su patrona. Luz estaba en lo mejor de la fiesta. Una expresión de fastidio cambió su cara al enterarse del hecho. Sin dudar un instante impartió la orden terminante: todo debía continuar normalmente. Mañana se daría la noticia. Siguió el baile y la algazara tan animada como antes. Muy pocos se enteraron del deceso.

Casi nueve años después, en el mes de marzo, “el tiempo del año en que se preparan los dulces y conservas, del arrope y la miel”, Luz prepara una nueva gran fiesta: “No hay nada ni nadie ya que moleste. Hasta ha prometido venir el Coronel Laureano. También ha invitado a ese joven tan atractivo que conoció en casa de sus primos. Lo convencerá para que se quede después de la fiesta. La noche ocultará sus años, la luna de marzo siempre fue su amiga. Es un mes que trae un calor especial aromatizado de uvas y aceitunas. La temperatura caliente le permitirá ponerse el vestido de verano, el que más le gusta. Sonríe segura del éxito, aún es la que domina la ciudad” (Levinson, 2015).

La fiesta, empero, no llegará a realizarse porque sobreviene el devastador terremoto del 20 de marzo: “Doña María de la Luz está aferrada en lo que queda del sillón de terciopelo verde del salón. Una mano está tapada por adobes y paja desmoronados de la pared, que no logró sostenerla. […] Sobre el pecho quebrado sobresale un medallón abierto con el rostro de un hombre de ojos muy azules” (Levinson, 2015). Es el 20 de marzo de 1861.

Tal sugerencia que aprovecha Sonnia de Monte, escritora, actriz, licenciada en Artes del Espectáculo (UNCuyo) en su novela histórica “Marzo” (2016). Silvia Miguens, en el prólogo, la relaciona con las “petites histoires” “que los autobiógrafos decimonónicos, concienzudamente en nombre de la Historia omitían de sus escritos”. Se refiere indudablemente al hecho de traer a primer plano a una figura femenina, protagonista en cierto modo invisibilizada del devenir histórico. Sin embargo, nuestro personaje se singulariza por haber arrebatado ella misma el protagonismo a los varones que la rodearon: en primer lugar su esposo, luego su hijo varón y también, en cierto modo, a su yerno, el desdichado Mayer cuyo asesinato se le atribuye.

Con estos datos, Sonnia bucea en diversas fuentes históricas, y las reconstruye con un lenguaje conmovedoramente poético, para darnos “su” versión de esta mujer inquietante. Así la novela, en sugestiva alusión al hecho catastrófico que puso fin a la vida de Luz, junto con gran parte de la población mendocina, se estructura en tres partes: “Los cimientos”; “Los muros” y “Los derrumbes”, etapas de una existencia signada por la pasión otoñal que fue causa de su mayor pecado, pero que fue gestándose a lo largo de los años hasta convertirla en una mujer que la narradora no vacila en definir como “Insufrible, déspota, soberbia, despectiva” (De Monte: 112).

De todos modos, como bien acota Silvia Miguens en el prólogo citado, “Lucecita Sosa es un misterio”, y quizás sea justo recordar, además de sus yerros personales, el papel que le cupo en momentos cruciales de la vida mendocina, como una de las damas que ayudaron a bordar la Bandera de los Andes, amiga íntima del matrimonio San Martín-Escalada, hasta el punto de asistir en el parto a Remedios, durante el nacimiento de Merceditas; y que, a instancia del Libertador, contrajo matrimonio con su fiel colaborador Tomás Godoy Cruz.

¿Cuál es la verdadera índole de esta mujer? Nunca lo sabremos. Por sobre los chismes de sociedad, los anónimos que la inculpan, los documentos históricos que la nombran y las diversas reconstrucciones poéticas que ensayan los escritores, su misteriosa sugestión sigue desafiando a los lectores. Luz Sosa, María de la Luz Sosa y Corvalán de Godoy Cruz, Lucecita… “Lo que no dice un nombre es la tristeza de quien lo lleva. La desazón, la perdidumbre, la desorientación en la vida, las pérdidas, la inutilidad de metas o el despliegue de quimeras […] Quizás, tan solo quizás, el nombre, sumado a la niebla de los ojos podrá dejarnos reconocer a una persona completa” (De Monte: 125).

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