sábado 5 de diciembre de 2020

Miguel Martos, el escritor sanjuanino que pintó nuestros personajes y nuestros paisajes.
Sup. Cultura

Los cuentos del “Viejo Laguna”

En Cuestión de Palabras, nuestra especialista pone el foco en la producción literaria de Miguel Martos, un sanjuanino que le dio sabor y colorido local a la literatura mendocina.

  • domingo, 4 de octubre de 2020
Miguel Martos, el escritor sanjuanino que pintó nuestros personajes y nuestros paisajes.

“-Ya que han hablao de cuestiones d’iglesia, -comenzó diciendo el viejo Laguna, mientras armaba parsimoniosamente un cigarrillo, -les viá contar un caso que me sucedió hace unos veinte años, pelos más, pelos menos, junto a la ciudá 'e Mendoza, en el pueblito de San Vicente, que agora le llaman Godoy Cruz”. Miguel Martos. “Cuentos andinos”.

Como representante de la “narrativa de inspiración folclórica mendocina”, queremos recordar hoy a Miguel Martos (1891 - 1937). Nacido en San Juan, radicado un tiempo en Mendoza, la labor de Miguel Martos se desarrolla en múltiples campos: actor y autor teatral y radiofónico; historiador; poeta; músico; agricultor; minero; periodista... Además del deporte automotor que constituyó una prolongación de su oficio de mecánico.

A pesar de ser contemporáneo de la vanguardia artística, su obra permanece más bien unida a cánones tradicionales, tanto en prosa como en verso. Su expresión es sencilla, directa, natural, impregnada de vida; ha sabido captar el alma popular, que retrata a través de su propio léxico, reproducido con felicidad en muchas páginas. Siempre hay en sus escritos un trasfondo reflexivo, ético, que no conspira contra el interés narrativo o la tensión poética, o el humorismo.

Como escritor es una figura poco conocida y la causa hay que atribuirla fundamentalmente a que gran parte de su producción permanece inédita, y mucha de la que salió a la luz lo hizo en colaboraciones periodísticas o en una emisión radial. Martos fue asiduo colaborador de diarios y revistas de nuestra provincia, y gran animador del movimiento teatral y radioteatral de nuestro medio; esto, que le dio notoriedad entre sus contemporáneos, conspira contra la difusión posterior de su obra.

Autor de dos obras éditas: “Cuentos andinos”, de 1928 y “La Difunta Correa”, sus méritos son sin embargo reconocidos por los críticos: por ejemplo, Arturo Andrés Roig le confiere –junto a Fausto Burgos- el mérito de haber iniciado en las letras mendocinas la narrativa de inspiración folclórica. Sus argumentos, en general sencillos, trasladan al papel hechos directamente observados, y los presentan con la veracidad y objetividad que le dieron sus años de periodista. Entran así a su universo literario las costumbres, tradiciones, creencias y supersticiones lugareñas, enriquecidas por el trabajo imaginativo del creador, pero sin perder por ello su encantadora naturalidad y verismo. Así el relato va surgiendo en forma natural, fluida y siempre cargado de emotividad, adecuadamente ubicado en un entorno regional.

Los personajes son también los hombres sencillos, con sus hábitos y sobre todo con su lenguaje propio y sabroso. Martos se revela como un verdadero maestro en reproducir el habla típica de la región cuyana. Ejemplos sabrosos los tenemos cuando nos ofrece el retrato de algún protagonista de sus cuentos: así, Quiterio Bárbaro Mota, con una cara “redonda y ancha como una sopaipilla soplada, la nariz no muy grande [...] achatada en el centro como si la hubieran jineteao”. La descripción continúa en el mismo tenor, redondeando una figura cercana a la caricatura, pero vista a la vez con benevolencia socarrona.

El contenido de Cuentos andinos  no es del todo homogéneo, ya que alternan dos narradores; el viejo Laguna “criollo viejo y sabio”, y otro innominado, que no imprime su personalidad en el discurso. A cada uno de ellos corresponde no sólo un diferente registro lingüístico, sino una diversidad de tono e intención: mientras los relatos puestos en boca del primer narrador apuntan más bien a lo folclórico, a la memoria colectiva, los otros son expresión de tragedias individuales.

El libro se inicia con una dedicatoria a Javier de Viana, al que se saluda como “padre de los cuentos de fogón”, por lo que contiene implícita una definición genérica. Se trata de una forma narrativa peculiar, de inspiración folclórica, que debe caracterizarse –según Martos- por poner el relato en boca del mismo personaje cuyas acciones constituyen la materia narrativa –el criollo- evitando la intermediación de otra voz narradora. Hay así una defensa de la narrativa tradicional, que repite una situación comunicativa oral, cuyos orígenes se remontan a los albores mismos de toda sociedad.

Los cuentos atribuidos al viejo Laguna se caracterizan por presentar una pequeña estampa costumbrista inicial en que se insertan las palabras del narrador y que es, habitualmente, la rueda del mate, que anuda la cordialidad y el diálogo. Iniciado el relato por el viejo Laguna, se simula un juego de interrupciones y fingidos enojos por parte del narrador, que es más bien una excusa para mostrar el ingenio criollo en las réplicas, llenas de sabor popular.

Miguel Martos y la Difunta Correa (foto: Diario de San Juan).

Estos del viejo Laguna son en general “casos” o “sucedidos” que el narrador vivió o, en otros casos (los menos) recibió como parte de una rica herencia oral. En general, son anécdotas sencillas que se visten de humorismo y de ciertas notas costumbristas, y giran alrededor de algún personaje elegido por el narrador de entre sus múltiples amigos y conocidos; en general, paisanos retratados selectivamente en función de algún rasgo o peculiaridad, con la que el “caso” narrado guarda particular relación.

En cuanto a los temas, el narrador parece mostrar preferencia por los acontecimientos que anudan el mundo de los vivos con el de los muertos, si bien lo supuestamente sobrenatural suele tener una explicación bastante prosaica; así por ejemplo en “¿Fanfarrón y valiente?... ¡Miente!”, el protagonista que se cree atrapado por el muerto sobre cuya tumba ha clavado un cuchillo, no advierte que es su propia arma la que le sujeta el poncho, con lo que la situación aparentemente terrorífica se resuelve de modo risueño. En general, el centro de ese universo legendario es la Plaza Cobos y su reloj, que parece resonar tétricamente en la vigilia de los trasnochados asistentes al misterio.

El narrador es capaz también de crear bellas imágenes poéticas, sin perder por ello su sencillez campesina. Sin embargo, no se trata de un recurso frecuente, como sí lo son los destinados a sugerir la oralidad: la presencia de coplas intercaladas y la frecuente recurrencia a refranes, frases proverbiales y expresiones populares.

Quizás en razón de su origen en buena medida periodístico, en estos cuentos el efecto se busca a través de recursos simples: las tramas son sencillas, apenas un acontecimiento, pero humorísticamente aderezado en muchos casos y formalizado a través de un discurso atribuido al personaje narrador, lleno de sabor y colorido local, con lo que logra un merecido lugar en nuestra narrativa de inspiración folclórica.