viernes 7 de agosto de 2020

Felipe Staiti narra la historia de un hombre que recibe un cuadro que lo cambia todo (ilustración: Gabriel Fernández).
Sup. Cultura

Los cielos de Van Gogh, un cuento de Felipe Staiti

En esta entrega de “Aguante la ficción” el guitarrista e integrante de Los Enanitos Verdes nos devela una faceta que desconocíamos: su escritura. A tono con el homenaje a Vincent Van Gogh, su cuento trata sobre un hombre que recibe una pintura que lo desvela.

Felipe Staiti narra la historia de un hombre que recibe un cuadro que lo cambia todo (ilustración: Gabriel Fernández).

La subasta había sido un fracaso. Los objetos recuperados del fatal incendio de la mansión Garland no tuvieron mucha acogida en el público. Sumado a esto, el día no ayudaba. Llovía intensamente desde la madrugada y la ciudad de Bruselas era un pantano. Cuando citaron a los clientes a la sala de exhibición de los artículos en remate, solo dos personas acudieron. Los objetos no eran tampoco muy atrayentes. Un escritorio con las patas chamuscadas por las oleadas del fuego, un par de anteojos con marco de oro propiedad del mismo señor Garland, un brazalete de oro blanco con sus aretes de la señora de la casa, un globo terráqueo antiguo escrito en latín, un cuadro envuelto en papel color madera lacrado sin mayor información y un sillón tapizado en fina seda con motivos tribales. El precio de base era por el lote completo. Una vez empezado el remate hubo una sola oferta para que cayera el martillo anunciando que había sido vendido. Solo bastó llenar los papeles y los objetos fueron entregados al nuevo poseedor. El cuadro fue el último en encontrar lugar en la pequeña camioneta del ahora dueño del lote. Era un hombre adusto que se dedicaba a la compraventa de muebles y otros enseres en una humilde vivienda del barrio latino de la capital de Bélgica. Llegó a su casa y, tras acomodar en el garaje los elementos, se dispuso a desenvolver el cuadro que ya le planteaba un interrogante. Con sumo cuidado despegó el lacre y cortó los hilos de la envoltura. Al quitar el papel descubrió que el marco era de madera de olivo, con sus característicos matices verde suave. “Añejo pero entero”, pensó. La pintura mostraba un cielo cargado de nubes flotando, con trazas propias de los cuadros de Vincent. Un trigal de vainas vivas completaba la pradera que se extendía en la perspectiva del paisaje hasta disolverse en el horizonte. Se paralizó un momento shockeado por la sospecha, confundido. Era un cielo tan real que parecía arrancado del mismo cielo. Lo analizó buscando una firma, pero no la encontró. Lo acercó a una lámpara para mirarlo a trasluz y le pareció que las nubes se movían. Lo tomó como un mareo pasajero y siguió en su tarea de búsqueda. En el borde inferior izquierdo se insinuaba una V. El trigo se movió suavemente, como empujado por una brisa, y esta vez estuvo seguro de que no era un mareo pasajero. Asustado, dejó el cuadro y se autoconvenció de que el cansancio le estaba haciendo una mala jugada. Se fue a descansar con la sombra de una duda. A la mañana siguiente despertó con pensamiento fijo en el misterioso cuadro. Lo fue a buscar y advirtió que las nubes en la pintura habían cambiado de posición. El trigo también tenía un tenue brillo en sus amarillos que ayer no estaba. Esperó unos momentos y cargó el cuadro para llevarlo al atelier más prestigioso de la ciudad en busca de algún dato. En el camino tuvo una premonición, o un arrepentimiento, y decidió no mostrar la obra y regresar. La colgó en la sala y todos los días notaba cómo el lienzo cambiaba a veces sutilmente y otras de manera radical. El cielo, con más o menos nubes, más altas, más bajas; el trigo ladeado hacia un lado o hacia el otro, a veces inmaculado, a veces grisáceo. La obsesión superó su temor primario y empezó a soñar por las noches los cielos pintados.

Una mañana despertó con la palabra Arles resonando en su mente. Buscó en el diccionario ese nombre que le resonaba en la cabeza y se percató de que se trataba de la ciudad de Holanda en la que Van Gogh había sido confinado a un manicomio. Decidido, envolvió el cuadro y partió. Presentía que sólo en los enigmas de ese lugar encontraría la paz perdida. Emprendió el largo viaje hasta esas latitudes. En el tren entregaba sus ojos a los caprichos de los paisajes de la campiña. Bosques frondosos, plantaciones de heno, de algodón y cebada. Al ingresar a Holanda, las imágenes cambiaron agudamente, porque gran parte de los terrenos que habían sido ganados al mar. Los campos de flores, los canales estrechos y largos, así como las franjas verdes de hierba, formaban una paleta inaudita de colores. Los tulipanes maravillosos se erguían con luz propia y tonalidades diversas. Llegó a Arles y, frente a la vacía estación, comprendió que el cuadro era una copia de la naturaleza. El artista había logrado captar hasta las partículas de luz y las transparencias del aire. La atmósfera estaba contenida en los límites del marco. Sin duda, eran los cielos de Van Gogh, los mismos que cobijan los girasoles obedientes. Esos que se pierden en la llanura sonrientes, como obnubilados ante la presencia del sol. Se dirigió al hospicio que albergó al pintor, hoy solo ruinas de paredes agrietadas. Apoyó el cuadro en una de esas ventanas vacías. Se recostó en la grama y dejó que la vida siguiera su curso. Los árboles que lo rodeaban se movían en conjunto a merced del viento, pero estaba claro que ese movimiento estaba dotado de alguna emoción. Recordó que Vincent decía que nunca se había podido poner de acuerdo con la naturaleza. Pero viendo esa pintura se descubría que la obra superaba al artista, y no tuvo duda de que ese cielo era obra del holandés. El suicidado por la sociedad tenía en sus manos el pincel de la naturaleza y ese cuadro no era más que un pedazo de cielo robado. Se levantó y fue a buscar el cuadro. El marco se había adherido al vacío agujero de la ventana, del otro lado el campo de trigo se mecía suavemente. El cielo con sus nubes bajas se fundía en la distancia. ¿Habría estado allí Vincent Van Gogh? ¿Sería esa la ventana de su hospicio? El cuadro era parte de ese paisaje, el que miraba el impresionista con los ojos tristes del ocaso de sus días. Volvió a Bruselas, a su vida cotidiana, con las manos vacías y el alma en calma. La oportunidad de otra subasta lo esperaba en una esquina futura del camino.

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