jueves 6 de mayo de2021

La poesía de María Rosa Gómez; paisaje e interioridad
La escritora mendocina María Rosa Gómez.
Sup. Cultura

La poesía de María Rosa Gómez; paisaje e interioridad

En esta columna nuestra especialista no cuenta las particularidades de la prosa y la poesía de una autora local trascendente.

  • domingo, 20 de diciembre de 2020
La poesía de María Rosa Gómez; paisaje e interioridad
La escritora mendocina María Rosa Gómez.

“En la quimera dormida que va amansando la tarde,/ estoy volviendo en el tiempo, por el caudal de mi sangre”. María Rosa Gómez, “Evocación”

María Rosa Gómez nació en Godoy Cruz, Mendoza, en 1952, y falleció, también en Mendoza, el 27 de marzo de 2011. Egresó de la Facultad de Filosofía y Letras, UNCuyo, como Profesora Secundaria, Normal y especial en Literatura y además de ejercer la enseñanza ocupó altos cargos directivos. Fue Jefa de Extensión Cultural de la Escuela Nacional de Comercio “Manuel Belgrano”. Dictó además, en 1975, por designación del Misterio de Cultura y Educación de la Provincia, cursos de perfeccionamiento docente.

Poeta y narradora, ha publicado las siguientes obras individuales: Mendoza en el paisaje (1981), poemas y prosas poéticas, que fue recomendado como texto escolar y cuenta con seis ediciones, dos en 1981, en 1985 y en 1987; Desde la nostalgia (1982), textos poéticos ilustrados por Sara Rosales; Después de las cinco (1991), cuentos, con once ilustraciones de plásticos mendocinos y Los mensajes del silencio (2007), cuentos, con tapa de Antonio Sarelli.

Obtuvo menciones, premios y distinciones, en la provincia, en el país y en el exterior; entre ellos se destacan el Primer Premio, categoría poesía, en el Certamen Literario Vendimia ’80, organizado por la Dirección de Acción Cultural  del Ministerio de Cultura y Educación de Mendoza, con un poema titulado “A mi padre vendimiador”; también, el Primer Premio Nacional Vendimia ’78, otorgado por el Grupo Icthios; el Premio Nacional “Themis Speroni” (1978), certamen organizado por la Sociedad de Escritores de La Plata; Faja de Honor de SADE La Plata (1978); Premio Fundación Givré (Buenos Aires), recibido en Concordia, Entre Ríos, en la Fiesta Nacional de la Poesía (1979); Primer Premio Internacional de Poesía, en el concurso organizado por el Diario Los Principios de San José de Mayo, Uruguay (1980); Primer Premio, categoría cuento, del Certamen “Desde Luján al País” (1986). Su obra es conocida en España, Latinoamérica y el Caribe.

Advertimos en los libros poéticos publicados por María Rosa Gómez un itinerario que va desde la contemplación directa (si bien nunca totalmente objetiva) del paisaje circundante, a la expresión apasionada de la interioridad del poeta. El primer poemario refleja la intención primordial de construir poéticamente su universo a partir de los datos de la realidad; en efecto Mendoza en el paisaje confiesa desde el título la temática dominante. En estos poemas paisajísticos, como procedimiento constructivo, se destaca la reiteración, como si la autora necesitara edificar firmemente los cimientos de su universo, definir y caracterizar acabadamente lo contemplado: “es la luna llena. Luna bella. Esta luna es como una hoguera” (1981: 18) tanto como sus propios sentimientos: “Esta mañana quiero reír. ¡Llenar de risa mis manos y mi boca! Que ría mi sangre, que rían mis ojos... que ría mi invierno” (1981: 19). Podríamos decir, asimismo, que la autora reitera la paleta cromática de un Alfredo Bufano, con iguales efectos, porque María Rosa sabe distinguir tanto los matices como el valor simbólico que encierran los colores, en orden a sugerir valores espirituales: “inocencia verde y blanda de las hojas” (1981: 55)...

El segundo poemario, Desde la nostalgia, se estructura en tres secciones: “Por las cosas y la amistad”; “Por el tiempo y las distancias” y “Por el amor y los silencios”. Sin embargo, a pesar de esa división, el volumen es unitario, progresivo, y avanza a modo de círculos concéntricos hacia una interioridad cada vez más patente, hacia una sensibilidad cada vez más en carne viva. Así, el proceso de estilización e interiorización del paisaje se potencia y remata en el poema final, “Aguardaré”: “Aguardaré que la lluvia / concluya con su fragilidad de canto, /para abrir una nave de ternura, /... y conmover las distancias / sedientas de infinito. // Aguardaré la lluvia, / porque siento nacer, en mi alma, /una pausa en la dimensión de las formas” (1982: 80).

La reiteración de paisajes emblemáticos de Mendoza –montaña, viñedos, árboles otoñales, la “tristeza terrosa” del Zonda- han llevado a relacionar la poesía de María Rosa Gómez con el regionalismo. En tal sentido, la “conversación” entre Ana de Villalba y Nydia Carrizo de Muñoz, que sirve de prólogo al volumen de cuentos Después de las cinco señala adecuadamente la imbricación que se logra en la obra de la autora mendocina entre el paisaje comarcano y los temas universales,

Esta compenetración con el paisaje se hace presente desde la centralidad de un “yo” que tiñe de afectividad lo contemplado. Así, la realidad contemplada se vuelve, retrospectivamente, metáfora del yo lírico: “yo que me he nutrido de tantos paisajes: / de claros otoños, con tardes doradas... /.../ Cuando ya la muerte recuerde mi hora, / yo quiero morirme junto a mi ventana. // Y llevar conmigo todo ese paisaje / que me fue tallando con su luz el alma” (1982: 63).

En el segundo libro, esa omnipresencia del yo da cuenta de la preponderancia del sentimiento amoroso, ya que dibuja una presencia totalmente definida por y para el amor. Si en el primero de los libros esa tendencia constituía un fenómeno de “difracción afectiva” (vale decir, se verificaba en una entidad “otra”, por medio de recursos tales como la hipálage o la personificación) en Desde la nostalgia asistimos a fenómenos distintos, entre los que se destaca la dimensión dialógica o la aparición de una instancia de discurso que parece oscilar entre el pasado pleno del yo lírico y un presente despojado.

Así, la dimensión temporal se enseñorea de la poesía de María Rosa y la tiñe de melancolía de esa “nostalgia” que, como afirma la contratapa del segundo poemario, “no es un recuerdo doliente, sino gratitud por lo vivido”. Encontramos entonces visiones de un mismo yo proyectadas sobre un eje diacrónico, que dan cuenta de un ser que cambia y que sin embargo es siempre igual a sí mismo. Se dibuja así, en relación con la idea del transcurrir, una figura que será axial en la lírica de Gómez: la del peregrino, el homo viator, ese “desterrado de la perfección” de que hablaba Leopoldo Marechal, en búsqueda perpetua del amor.

Poesía dialógica, construida en conversación con el ser amado ya lejano, a través de una instancia de discurso externo, que remite a un alocutario que está fuera del texto, toda la lírica de María Rosa Gómez en un anhelo de comunicación.