Jorge Sosa, poeta de la amistad

Jorge Sosa falleció esta semana sorpresivamente.
Jorge Sosa falleció esta semana sorpresivamente.

La especialista analiza el libro “Confidencias”, de Jorge Sosa. Y encuentra en él la sencillez de su decir, organizado en siete secciones, a modo de una creación perfecta, que enuncian los cardinales del sentir del poeta: “A los amigos”; “Al amor”; “…Y las flores”; “A mi pueblo”; “A mis cosas y recuerdos…”; “A mi tierra”.

“Quiero decir amigos,/ y recuerdo canciones empujadas por el viento,/ Porque el viento las pide/ Para darles distancias que nunca conocimos […]/ (Tal vez cuando la muerte, eso no importa,/ Lo importante es que un día, por fin, serán camino”. Jorge Luis Sosa. Confidencias

Soy consciente de que el nombre de Jorge Luis Sosa (1946-2021) está indisolublemente ligado al otoño mendocino, pero para mí será siempre “el poeta de la amistad”. Lo conocí allá por los años 70, cuando el poeta todavía prevalecía en él sobre el humorista y la palabra era el primer paso para el comienzo de una amistad, apuntada directamente al corazón de su interlocutor.

Lo conocí entonces, gracias a una amiga (compañera de la carrera de Letras), que había ganado una beca para irse a Italia; próxima a partir, no quería hacerlo sin llevarse un recuerdo entrañable de Mendoza: la palabra de un poeta que acababa de publicar un libro por el que comenzaba a ser conocido en los círculos intelectuales de Mendoza. Le habían contado que solía escribir en algún café de Mendoza (costumbre que conservó toda su vida), y así nos dimos a la tarea de buscarlo, hasta que finalmente lo encontramos en un bar bastante frecuentado en aquel entonces por la “bohemia” mendocina: Los cuatro gatos, denominado así en recuerdo del emblemático bar ubicado en el Barrio Gótico de Barcelona, en el que se realizaban tertulias, cenas y reuniones de arte.

Allí estaba Jorge, y pudimos conseguir dos ejemplares de su libro de poesías: Confidencias (1979) editado (no podía ser de otro modo) por una editorial alternativa: “Los cuatro gatos”. Todavía hoy, con mucha emoción, releo la dedicatoria que estampó en mi ejemplar y que es, en sí, un poema: “Para que nos sirva / a la hora de las coincidencias, / para que nos cuente / a la hora de los amigos, / y finalmente, / para que, / de ambos lados / justifiquemos este segmento de palabras. / Gracias por el tiempo / que dejarás en él”.

Creo que me faltó tiempo para llegar a mi casa y leer los poemas con fruición, casi con la alegría de un reencuentro, porque eso es lo que se siente cuando encontramos en la palabra de otro, la expresión justa que nos define. Ahora, a la distancia, intento analizar el libro con mirada crítica y debo decir que sigue emocionándome, por un lado, y continúo valorándolo como objeto estético.

La sencillez de su decir se organiza en siete secciones, a modo de una creación perfecta, que enuncian los cardinales del sentir del poeta: “A los amigos”; “Al amor”; “…Y las flores”; “A mi pueblo”; “A mis cosas y recuerdos…”; “A mi tierra”

El libro en sí describe un itinerario de vida, desde la infancia del poeta en un pueblo de Santa Fe (Zavalla), evocada con ternura: “Era una tierra de espigas / y era el lugar de la esperanza”, los viajes de “un niño nacido en Humahuaca / justo a los treinta años”, el amor y el hijo en espera… y, finalmente, el afincamiento en Mendoza que en el apartado final del libro pasa a ser “su” tierra: “Mendoza la llamaron los paisanos, / corazón del país de las arenas; / como cuenta la voz de los abuelos: / era una niña apenas”; engalanada por la magia de su otoño, porque “para quien lo ha vivido en Mendoza / otoño son cosas que inventó el amor”.

Predomina el verso libre, que permite el fluir de la emoción, aunque –sobre todo en la última sección- el poeta recurre a aires tradicionales, como en “Malambo” o en “Coplas finales”: “Dice una copla que el viento / es un suspiro de amor; / por lo mucho que he sufrido / el viento debo ser yo”, seguramente un tributo a otra faceta de la personalidad artística de Jorge, su relación con la música argentina, a través, por ejemplo, de su participación en el Coro Universitario de Mendoza.

Eran también los tiempos de los “Cantamigos”, pequeños núcleos de “resistencia artística” en esos tiempos difíciles, que se organizaban cada tanto y tenían lugar muchas veces en la Plaza Independencia (en el Teatro Quintanilla o en el Museo Municipal de Arte Moderno). La reunión era animada, por supuesto, por Jorge Sosa, y asistían también algunos de los “Markama” (“Al pueblo”, en lengua quechua), emblemático grupo vocal e instrumental creado en Mendoza en 1975 y que renovó las formas del folklore argentino y latinoamericano. Recuerdo de aquella época al “Nene” Ávalos, a Lars Nilsson, a Damián Sánchez, quien musicalizó varios de los poemas de Jorge: “Cuando el alba del campo”; “Él será tu imagen”; “Canción de cuna”; “Si quiere entender a mi pueblo”; “El café”; “Cuando llega la lluvia” y, por supuesto “Otoño en Mendoza”. Seguramente me olvido de muchos de los animadores de estos encuentros y no encuentro documentación como para reconstruir ese período de la historia cultural de Mendoza que para mí está indisolublemente unido al comienzo de mi “romance” con las letras mendocinas”.

Jorge Sosa era entonces un compañero inseparable de las “trasnochadas de estudio” de todos los universitarios de entonces, a través del programa que animaba desde 1976 en radio Nihuil: “Los Habitantes de la Noche”. Él mismo declara al respecto: “nosotros no teníamos ningún tipo de idea sobre radio. Pero el programa fue señero para nosotros y la radiofonía mendocina. Como nos iba bien accedimos a tener otro programa de radio en la mañana de Nihuil. Eso fue todo un logro […]. En el programa había muchos especialistas. Cada uno hablaba de algo en particular (deportes, espectáculos, etc.) y a la vez todos hablábamos de todo. Ahí comencé a hacer humor y comenzamos a hacer algunos sketches y también monólogos”

El programa aludido era “Jornada”, que se transmitía de lunes a viernes, mientras que el sábado salía al aire “Fiesta”. En cuanto a los espacios de humor redactados por Jorge, todavía tengo grabados en las viejas casettes de entonces monólogos inolvidables como el de los estudiantes, que comenzaba “Los fenicios…” (y que seguramente más de uno recordará) o radioteatros como el inefable “Malvón de cerca” (en clara alusión a un teleteatro muy conocido: “Rosa de lejos”), por citar solo algunos ejemplos de ese capítulo de oro de la radiofonía mendocina.

Muchos de estos monólogos se replicaron luego por televisión, y Jorge siguió colaborando asiduamente en los medios periodísticos mendocinos (por ejemplo, sus inolvidables columnas en Los Andes). Pero yo he querido dar testimonio del personaje que llenó de poesía y amistad mi vida desde esa lejana juventud. Mi amiga se fue a Italia y nunca volvió, y ahora nos ha dejado Jorge Sosa, pero como él mismo dijo proféticamente: “Decir adiós en Mendoza / es cosa bien complicada, / porque no basta el camino / para intentar la distancia […] Decir adiós en Mendoza / es cuestión de una tonada”.

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