Esther Monasterio y la novela sentimental mendocina

La literatura sentimental encuentra en Esther Monasterio una voz propia para Mendoza (Imagen ilustrativa / Archivo)
La literatura sentimental encuentra en Esther Monasterio una voz propia para Mendoza (Imagen ilustrativa / Archivo)

En “Cuestión de Palabras”, nuestra especialista repasa la trayectoria de esta escritora mendocina que en cada obra hizo del sentimiento amoroso un agente que mueve la trama y define a los personajes en su ser y sus acciones.

Esta autora mendocina, nacida en 1868, fue poeta, novelista y autora dramática. Alumna de las maestras Morse y Collard, que trajo Sarmiento, desempeñó funciones docentes en la Escuela Normal y en otros establecimientos, de lo que da testimonio su obra literaria. Falleció en 1956.

Su producción literaria abarca los siguientes títulos: Fray Luis Beltrán (1925), drama en verso; ¿Volverá? (1925), novela; Pedazos de alma (1926), cuentos; Flor del Aire (1928), novela; Flor de los Andes (1929), poemas; Naufragio (1930), novela; Felisa Minelli (1931), novela; Tierra en sazón (1935), narrativa; La esposa de Linares (1937), narrativa y Ley malograda (1939), novela.

Abelardo Arias (1974), en su estudio sobre la novela y el cuento mendocinos la menciona como la primera novelista de nuestra tierra, “fruto de la influencia de César Duayén (Emma de la Barra)” y destaca su condición de “maestra” (como ya dijimos, la propia obra es testimonio de su compromiso con el magisterio y del bagaje de experiencias que este le suministró).

Fernando Morales Guiñazú se refiere a ella como una “Distinguida educacionista, quien tras una labor de muchos años en la docencia de Mendoza, se acogió a la jubilación a raíz de lo cual pudo revelarse su verdadera vocación por la literatura, lo que le permitió poner de relieve su indiscutible capacidad […]”, y destaca que sus novelas “le han asignado un puesto de primera fila en las letras mendocinas” (1943: 420).

Su obra mereció otros elogiosos comentarios y reseñas, varios de ellos aparecidos en la revista La Semana, según dato aportado por Arturo Roig (1966) y también en otro prestigioso periódico mendocino (Los Andes) y aun de circulación nacional, como La Nación, La Prensa y La Razón. Igualmente, se destacan los comentarios a su novela ¿Volverá? por parte de figuras destacadas de las letras, como Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast), Ricardo Tudela o Julio Barrera Oro.

Su obra podría emparentarse con la famosa novela María, de Jorge Isaacs, por un lado, y por el otro, con la del ya mencionado Gustavo Martínez Zuviría: en el primer caso, por la narración de amores trágicos y desdichados; en el segundo, por la intención didáctica y la exaltación de valores morales. Lo que se destaca además, en cada obra, es que este sentimiento amoroso, en sus distintas versiones –marital, filial, amical, maternal...- es el agente que mueve la trama y define a los personajes en su ser y sus acciones.

Vemos así que en la narrativa de Monasterio los roles que se asignan a la mujer son los establecidos por tradición: esposa, madre, educadora, religiosa… y los temas que desarrolla tienen que ver con la educación, las costumbres, los celos, el prejuicio social, además del omnipresente amor.

Quizá habría que hacer una distinción entre las primeras novelas de Monasterio (las escritas hasta 1930), por un lado, y las restantes, más los cuentos de Pedazos de alma, por otro, en tanto en estos últimos textos pueden encontrarse algunos idilios que llegan a buen puerto. En cambio, en ¿Volverá?, la guerra y la muerte ponen fin a dos de las historias de amor planteadas, una de las cuales llega a la consumación matrimonial en medio de los avatares de la contienda, mientras que la otra es un noviazgo trunco por la partida del novio -de ascendencia francesa- para enrolarse en los ejércitos de su madre patria, en ocasión de la Primera Guerra Mundial, dando origen a sí a una serie de “hecatombes sentimentales”, según las califica Carlota Garrido de Peña.

A partir de 1931 parecería insinuarse una segunda etapa en la obra novelística de Monasterio, con un mayor dominio del oficio narrativo, una mayor profundidad en el tratamiento de los personajes y una mayor diversidad en los ambientes que sirven de marco a la acción, que se aleja del entorno mendocino para ubicarse en espacios a veces no claramente identificados sino por características genéricas: el campo, la ciudad, el pequeño pueblo… (a menudo contrapuestos, muchas veces con un valor cuasi simbólico) en aras de una mayor universalidad del conflicto planteado. A la vez, además de las figuras femeninas como protagonistas excluyentes, cobran mayor relevancia algunas figuras masculinas que responden en general al arquetipo del artista: el plástico, bohemio, que se debate entre el amor conyugal y las peligrosas tentaciones a que lo somete la vida en la gran ciudad (La esposa de Linares) o el novelista capaz de expresar por escrito los más delicados matices del sentimiento (Tierra en sazón). A favor de la aparición de este personaje, la narración incursiona en el mundillo literario, presentándonos a una protagonista femenina que es también escritora y que se abre camino, tímidamente, en las letras nacionales.

Lo que sí permanece inalterable a lo largo de toda la obra de Monasterio son los argumentos sencillos, que sirven de vehículo a una “lección de moralidad”, como se destaca en reseña aparecida en La Prensa a propósito de La esposa de Linares.

En ocasiones se ha destacado el papel de Esther Monasterio como precursora de la novela “rosa” en las letras mendocinas. Esta forma literaria narrativa, también conocida coloquialmente como “novela romántica” es definida como una variedad de relato novelesco, cultivado en época moderna (aunque ya en la época clásica pueden hallarse novelas con esquema similar ), con personajes y ambientes muy convencionales, en el cual se narran las vicisitudes de dos enamorados, cuyo amor triunfa frente a la adversidad.

Si bien la narrativa de Monasterio no se condice exactamente con uno de los parámetros fundamentales de la novela rosa, se trata, sí, de una narrativa “femenina”, entendiendo por tal la que nace y traduce una sensibilidad de mujer, comprometida con ciertas temáticas que hacen precisamente a la condición femenina y los roles que se le asignan en un momento histórico dado (en este caso, las primeras décadas del siglo XX), capaz de realizar finos análisis psicológicos de sus protagonistas y, sobre todo, empeñada en transmitir una lección moral basada en una sólida axiología y en unos valores religiosos asumidos como fundamentales para la armonía social. Esta es precisamente la característica que -unánimes- señalan quienes se han ocupado de la obra de Monasterio.

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