domingo 25 de julio de2021

Sup. Cultura

Blanca García Alaniz de Fenoy, poesía y prosa

Blanca García Alaniz de Fenoy, poesía y prosa
Blanca García Alaniz de Fenoy con su obra discurre por diversos géneros.

A raíz del Mes de la Mujer, nuestra especialista aborda la obra de la literatura femenina en Mendoza. Aquí, la de Blanca García Alaniz de Fenoy.

  • domingo, 14 de marzo de 2021
  • hs.

Blanca García Alaniz de Fenoy (Real del Padre, Mendoza, 1926 – Mendoza, 2017) desde muy joven se interesó por las distintas expresiones culturales de su entorno, tanto en General Alvear como en San Rafael. Desde 1988 a 1991 fue miembro activo de la Comisión Departamental de Cultura de General Alvear y representó a este departamento en Biblos 1989 (San Rafael), con trabajos literarios y poesías para niños. Ese mismo año organizó e inauguró la Biblioteca del Centro de Jubilados y Pensionados de General Alvear, donde ejerció como bibliotecaria por varios años.

Participó en varios volúmenes colectivos de SADE, Salac, ADEA y, en forma individual ha publicado Pájaros de espuma (cuentos), en 1998; Fantasías (libro de prosas y poemas para niños), en 2003; Flores del alma (poemas) en 2005; Cuando brillan las estrellas y otros cuentos, en 2007; Las rosas siempre tienen espinas y otros cuentos, en 2009; la novela Llora la luna llena (2013), volumen que incluye también una pieza teatral, y Poemas en gris y rosa, que lleva como subtítulo Flores del alma II, en 2014. Tiene además inéditos varios volúmenes de poesía y narración: Pájaros de espuma II; Poemas de amor, entre otros.

La pluma de Blanca discurre por diversos géneros: poesía, narración y dramaturgia. Sus poemarios Flores del alma y Flores del alma II, por ejemplo, muestran por igual el dominio de la métrica clásica, con sonetos de excelente factura y otras estrofas de igual prosapia, junto con el verso que se resiste a someterse al imperativo de medida y rima, para responder nada más que al íntimo dictado de los sentimientos.

En efecto, su obra brota de una sentimentalidad esencial que la lleva a ver el mundo bajo el prisma de sus emociones. Esta actitud da de sí una poesía que podríamos calificar como filosófica, ya que se interroga acerca de los grandes interrogantes de la vida humana: el paso del tiempo, y con él, la conciencia de la fugacidad; la enfermedad; el sentido de la existencia… Y por sobre todo, se profundiza en el misterio del dolor, como carga inherente a la naturaleza humana en cuanto tal. Muchas de poesías se escriben bajo el imperativo de la ausencia, con su consecuente carga de dolor y adquieren así un tono elegíaco que prima por sobre cualquier afirmación positiva Sin embargo, el talante espiritual de la poeta, aun en medio de sus penas, no se condice con la desesperanza y entonces brota la palabra, el canto, que es tanto profesión de fe, como confesión de amor en versos encendidos, como visión transfigurada de la naturaleza.

Otra vertiente temática es la que personaliza ese dolor, lo encarna en la propia vida a partir de una serie de pérdidas sufridas por el yo lírico u otras vivencias desgarradoras, como el sufrimiento de los niños, por ejemplo. Como modulaciones de esta línea temática pueden señalarse otro tópico literario: la evocación del pasado dichoso, suerte de paraíso perdido al que el alma dolida puede regresar por el recuerdo.

Hay, finalmente, una tercera dimensión temática en la poesía de Blanca García, que se da entrañablemente unida con las dos anteriores, porque los sentimientos del hablante lírico encuentran su correlato en la naturaleza, tanto una naturaleza idealizada como el propio paisaje comarcano que despunta en eficaces pinceladas. No falta tampoco la vivencia religiosa, en relación con un cierto franciscanismo en el que se ve a Dios a través de la belleza de las cosas creadas.

En cuanto a su prosa, lo que primeramente nos llama la atención es la delicada recreación que hace de leyendas orales, seguramente escuchadas allá en su infancia, pero también recopiladas en un concienzudo trabajo de investigación de nuestras raíces. Con maestría la autora recrea para nosotros tanto el relato tradicional en sí (generalmente historias de “aparecidos” o hechos misteriosos) como el marco en que tales relatos surgen, esos fogones campesinos propensos al encanto de lo sobrenatural, en esas noches serranas cuajadas de estrellas, o las humildes ramadas y ranchitos que cobijan tanto las quejas como los sueños del sufrido habitante de estas tierras.

Por ello, la narración se engalana con precisos, sugestivos y poéticos apuntes descriptivos, que contribuyen a crear la atmósfera adecuada: esa sugestión de espanto que confiere un encanto particular a la narración. Logradas descripciones de personajes, tanto criollos como provenientes de los pueblos originarios, ilustran adecuadamente las anécdotas narradas. También resalta la inclusión de voces de raíz quechua o mapuche, cuyo significado se aclara en un glosario, para lograr una adecuada ambientación regional, y también la sabia dosificación de términos regionales que no deviene en un buscado y por tanto artificial “color local”, sino que dan un tono genuinamente cuyano.

Igualmente cultiva otras modalidades narrativas: cuentos o relatos autobiográficos y también realiza una incipiente incursión en el género fantástico o, cuanto menos “extraño. Tal es el caso de “Horas siniestras”, donde la sugerencia del título se ratifica ampliamente, a favor de visiones dantescas, reforzadas por una serie de referencias al pacto fáustico, y a la parafernalia infernal (azufre, serpiente); escenas plenas a la vez de hondo simbolismo. La vacilación propia de lo fantástico se instala en el final del texto. Además, este esbozo novelesco nos da cuenta de su soltura en el manejo del diálogo, con una adecuada selección de tonos y términos adecuados a la índole de los personajes, y la aptitud para presentar las situaciones ante los ojos de los lectores, a favor de una prosa ágil y diestra, en este caso con toques expresionistas que se condicen con la índole macabra del asunto tratado.

En la novela Llora la luna llena se combina la narración de sucesos conmovedores con los apuntes descriptivos que –a partir de la sugerencia del título- envuelven el relato en una atmósfera casi mágica, casi simbólica por las connotaciones femeninas que tiene. Así, el drama de la protagonista, una mujer que sufre la más terrible de las desgracias –la pérdida de un hijo- tiene por único confidente a esa “luna llena” cuyas apariciones van marcando el ritmo poético del texto. Además, la polifonía y la focalización a partir de distintos personajes constituyen un interesante experimento narrativo que pone de manifiesto la madurez compositiva.

Con sus palabras, sencillas y a la vez entrañables, en la poesía y en la prosa de Blanca late todo un sentido de la vida y del arte que la singulariza. Esa es la magia que logra: condensar en páginas sentidas tanto la memoria individual como la colectiva, el desagarro íntimo y el sentir comunitario, la reflexión y la emoción, la vida en toda su paradojal significancia.

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