viernes 4 de diciembre de 2020

La poetisa y escritora Blanca Dalla Torre de Tudela fue una precursora en el universo de la literatura infantil y juvenil en la provincia.
Sup. Cultura

Blanca Dalla Torre Vicuña de Tudela y la poesía infantil

Nuestra especialista cuenta la historia de esta poeta que ingresa al mundo literario mendocino bajo el patrocinio de Ricardo Tudela, con quien contrajo matrimonio en 1935. 

  • Redacción LA
  • domingo, 25 de octubre de 2020
La poetisa y escritora Blanca Dalla Torre de Tudela fue una precursora en el universo de la literatura infantil y juvenil en la provincia.

Jarillero, Jarillero, / muchachito desnutrido, / las crines de tu cabello/ las ha endurecido el frío/ y los pájaros de la sierra/ tejen con ellas sus nidos./ Por las grietas de tus manos,/ alambres enmohecidos,/ regalan sangre caliente/ amada en pan sufrido./ Al pueblo se va tu eco/ y se alarga en los caminos. Blanca Dalla Torre. “Oración al niño jarillero” (1945)

Blanca Dalla Torre nació en el departamento de Rivadavia en 1908 y se educó en Buenos Aires, Chile y Mendoza. A los 14 años fue nombrada maestra de música y canto de la Escuela Manuel Sayanca, de Guaymallén, donde trabajó hasta los 18 años. Al terminar los cursos superiores de piano se trasladó a la Capital Federal; allí continuó sus estudios de arte escénico, declamación y literatura e inició sus actividades literarias, publicando trabajos de diversa índole en revistas como Para ti o Atlántida. Posteriormente actuó en el Círculo de Damas Católicas de Buenos Aires con recitales y disertaciones especializadas para la mujer y el niño.

Se radicó luego en Mendoza y dio clases de declamación y arte escénico en el Conservatorio del Maestro José Resta. La editorial chilena Ercilla le encomendó la recopilación de una obra en seis tomos con una selección de piezas de teatro infantil (hemos consultado los prólogos de tres de ellos). Fue una verdadera precursora del teatro infantil en Mendoza (Carlos Campana en Los Andes, 10/03/2019).

Blanca Dalla Torre. Teatro para Niños.

En 1932 comenzó la etapa más fecunda de su vida, al fundar el Teatro Infantil “Pulgarcito” y su academia anexa, donde se dictaban clases de danza, declamación, arte escénico, costura, etc. La labor educacional y artística de este teatro infantil se proyectó en el exterior y fue muy reconocida en Chile y Uruguay. En consonancia con las ideas que la propia Blanca Dalla Torre expone en los prólogos a sus antologías teatrales, cuando critica la institución escolar en general y la educación tradicional en particular, por la “deformación” que se imprime al alma infantil, aboga por la libertad necesaria para que el infante se desarrolle, porque “Cuando un niño puede actuar por cuenta propia, generalmente es creador, original, abierto a las mejores emociones de la vida” (1937: 11); y por ende, valora el papel del teatro en la formación infantil, ya que esta actividad toma “de una manera libre y adecuada a la vez, al niño, no para obligarlo a determinadas formas […] sino para darle oportunidad de llevar a sí mismo a lo que él mismo llega en sus sueños” (1937: 13). Aprecia asimismo la ternura como medio de educar: “No es intelecto sino ternura lo que dignifica y eleva las fuerzas creadoras […] La misma predilección del niño por los sueños, lo inverosímil, las imágenes movedizas, lo legendario e imposible, evidencia que el amor es la raíz de todo su ser” (1938: 12).

Dalla Torre ingresa al mundo literario mendocino bajo el patrocinio de Ricardo Tudela, con quien contrajo matrimonio en 1935. Sabemos de este padrinazgo por una carta (gentileza de María del Carmen Márquez, Directora del Museo de Arte “Omar Reina” de San Rafael) que el mismo Tudela dirige a Rafael Mauleón Castillo -destacado promotor de cultura en el sur mendocino- en la que alude a unos poemas escritos por Blanca que enviará para su publicación en la revista Mástil: “En estos días me entregará sus poemas una nueva poetisa mendocina, aunque conocida por otras actividades. Mantenga en secreto el asunto para que los compañeros, que la conocen, sean los primeros sorprendidos […] Reserve espacio, pues”.

Hemos leído asimismo la carta (fechada el 8 de enero de 1935) que Blanca escribe a Mauleón, al que se dirige “por intermedio del amigo Tudela” y en la que habla del silencio en que ha mantenido sus actividades literarias hasta ese momento en que (seguramente alentada por Tudela) se decide a enviar para su publicación algunos trabajos que, según manifiesta la autora, forman parte de “una serie de poemas para niños que vengo preparando y que han de salir a luz a fines de este año” .

Ignoramos si el libro en cuestión apareció efectivamente en la fecha mencionada, o es el volumen denominado Canciones para los niños de mi tierra, publicado una década después (1945) por la editorial “Voces nuestras”, en una bella edición ilustrada.

Canciones para los niños de mi tierra de Blanca Dalla Torre.

El libro se divide en dos secciones: “Canciones regionales” y “Canciones de cuna”. Su originalidad radica precisamente en la asociación de la poesía infantil con la temática comarcana y, sobre todo, en la intención social que trasunta su pintura de los niños de condición humilde, que están ubicados en el borde difuso de la ciudad y el campo (Sánchez, 2009-2010), los que deben ganarse la vida con oficios humildes como el de jarillero; también destaca la evocación de juegos sencillos de infancia pobre; y el dolor ante las realidades injustas, el paso del tiempo, el abandono. Se comprende así que este libro –como manifiesta Brenda Sánchez- resultara “incómodo”, por su voluntad manifiesta de “alejarse de los moralismos y didactismos” y por apartarse de la concepción imperante en la escuela.

Aunque no es una literatura de denuncia social, sí visibiliza parte de las condiciones sociales de un sector importante de la población infantil de la época: la pobreza, el trabajo infantil, el hambre, la ausencia de adultos contenedores…, junto con otros núcleos temáticos “positivos”, entre los que figura la armonía de la naturaleza o la exaltación de valores.

El tono predominante es nostálgico, y la voz lírica se erige en testigo de algo que ya pasó. El talento poético de Vicuña se hace presente en estos textos en los que -sin renunciar a los recursos propios de la poesía infantil como las jitanjáforas, las onomatopeyas, las repeticiones y otros juegos fónicos- despliega asimismo bellas imágenes y metáforas sorprendentes por la fina captación del entorno que ponen de manifiesto, como -por citar solo un ejemplo- “La acequia trae un silencio / de penas desencontradas” (Dalla Torre, 1945: 20). Y esta decisión estilística se relaciona también con el “respeto” que la autora manifiesta reiteradamente por la mentalidad infantil: porque para escribir para niños, no es necesario “infantilizarse”

Su poesía es rica en imágenes de movimiento, auditivas y visuales, algunas con un innegable dejo lorquiano: “Cascabeles en el aire / como dedos que barajan, / la niña luce su tarde / en los ojos que se apagan” (19). También son frecuentes las personificaciones y las antítesis y contrastes, siempre con una intención expresiva que sobrepasa lo meramente estético.