Antonio Vázquez, militante de la cultura regional

Antonio Vázquez, militante de la cultura regional
La literatura mendocina encuentra en este autor un vuelo cultural. Ilustración: Gabriel Fernández.

Esta semana, en Cuestión de Palabras, una semblanza de un autor imprescindible para nuestro quehacer cultural.

Antonio Vázquez (1915 - 1984) había nacido en Capital Federal pero a los 20 años se radicó en Mendoza, donde culminó su formación artística y encontró el cauce para su labor creadora; estudió en la Universidad Nacional de Cuyo, donde en 1952 asistió a ciclos de cultura americanista, y se dedicó a la plástica en la Academia Provincial de Bellas Artes, donde estudió escultura, dibujo con Juan José Cardona, Vicente Lahir Estrella y Fidel de Lucía, y estética e historia del arte con Ricardo Tudela, Irineo Fernando Cruz y José de España. Estos conocimientos fueron posteriormente volcados en diversas publicaciones. Desde 1935 fue asiduo colaborador de revistas y diarios locales (La Libertad, La Palabra…), nacionales y extranjeros, en los que publicó ensayos, poesías y crítica literaria y de arte. Atento a las letras comarcanas, publicó también una serie de artículos titulada “Presencia de la poesía”; en ella se ocupó de varios de sus coetáneos: Amílcar Urbano Sosa, Juan Coletti, Ana Selva Martí…

Igualmente organizó varios ciclos sobre cultura de Mendoza que se transmitieron por Radio Nacional y Radio de Cuyo. En una interesante nota aparecida en el ya desaparecido diario Mendoza el 5 de setiembre de 1979 se detallaba uno de estos ciclos ideado por Vázquez y titulado “Perfiles en la noche”, destacando su intención de profundizar en la vida y en la obra de escritores, poetas, pintores, actores directores de ballet, coreógrafos y músicos mendocinos destacados. Las emisiones radiales se realizaban los días martes a las 23 por Radio Nacional Mendoza, con la voz de Rafael Rodríguez; en cuanto al contenido “Veinte artistas fueron delineados por el verbo florido de Vázquez en un primer ciclo que incluyó de preferencia a pintores del medio. Iniciado el segundo, se hizo referencia a Fidel Roig Matons y a la poetisa Graciela Cali de Molinelli y […] al escultor Lorenzo Domínguez”. Se anuncia igualmente que en audiciones futuras se trazarán semblanzas de Julio Perceval, Antonio Fernández Pérez, Juan Draghi Lucero, Víctor Delhez, la coreógrafa Elina Molina Estrella, Roberto Rosas, Rosalía Flichman y Alfonso Sola González. El programa se cerraría en noviembre con un comentario acerca del pintor y grabador Bernardo Federman, el actor y director Rafael Rodríguez, José Alaminos, pintor y grabador, y el poeta Juan Solano Luis. Anteriormente, según apunta Josefina Bustamante en “Elegía a un poeta ausente” (1984), se había emitido entre el 2 de marzo y el 4 de mayo de 1977 otro programa radial titulado “Testimonios poéticos de Mendoza” (comentarios y apuntes sobre cuarenta poetas desde 1920 a la actualidad).

En 1948 Vázquez obtuvo una mención en el Concurso Municipal de Literatura con su libro Treinta días en retorno (1948), aparecido dos años antes con dibujos de Julio Suárez Marzal. Dos años después, en un certamen similar, su libro La isla momentánea (1950) recibió el segundo premio. En 1956 apareció su tercera publicación, Imán de olvido, con ilustraciones de Alberto Rampone. Todas estas obras fueron impresas por Gildo D’Accurzio. En el campo del ensayo se destacan “Lenguaje del arte nuevo”; “Nuevo sentido de la crítica” y “Tiempo color y espíritu en la pintura de Roberto Azzoni”. También publicó en 1974 una conferencia, “Anatomía espiritual de un soñador”, sobre la poesía de Ricardo Tudela. Su novela Desdoblamiento permanece inédita, aunque se han publicado algunos capítulos en diversas revistas. En entrevista publicada en el diario Mendoza el 19 de octubre de 1980, el autor menciona también un libro de prosa poética: Los días sin nombre, inédito, al igual que los ensayos de Esencia o religión de la poesía.

Fue asimismo autor de varios argumentos de ballet, entre otros “A la oración”, sobre música de Juan Agustín Estrada y coreografía de Elina Molina Estrella, que se presentó en la sala Pleytel de París; “Circolandia”, con música de Kavalevski y coreografía de Molina Estrella, estrenado en el Teatro Independencia; “El espantapájaros”, con coreografía de Carola Antuña y escenografía de Carlos Alonso; “La luna en las manos” y “El libro encantado”, ambos con coreografía de Antuña.

Heredero de la “voluntad de región” presente en la literatura mendocina desde las primeras décadas del siglo XX, en la entrevista mencionada Antonio Vázquez señala como una de sus preocupaciones fundamentales “decir cosas de Mendoza, de sus valores y el reconocimiento por lo que en el campo de la creatividad se hace. Es importante […] recordar nombres, mencionar obras”. Eso lo llevó a esbozar una historia de la pintura en Mendoza que no llegó a publicarse, concebida como “una forma de hacer justicia y cumplir en algo aquella indicación de Ricardo Rojas en su Historia de la Literatura Argentina”: el llamamiento a constituir el mapa estético del país con el aporte de todas las regiones y no solo la metropolitana.

Acerca de su participación en grupos literarios, Vázquez declara haber alentado varias agrupaciones literarias, aunque advierte que muchas veces “sectarismos de diversa índole, ya políticos, ya de capilla o de moda, etc. terminan por aislar a los autores”. Destaca como una iniciativa muy valorable la creación de la Sociedad Mendocina de Escritores, “que sirvió para que dejáramos de ser sucursal de Buenos Aires y permitía, entonces, incluirnos en una Federación nacional pero con voz propia. De aquí el reconocimiento que corresponde hacer con respecto a la SADE actual cuya actividad está signada por la amplitud y jerarquía de sus reuniones, como también la valorización local de sus concursos” (Vázquez, 1980)

Su talante espiritual coincide con el de la Generación del 40, en el depurado lirismo de la enunciación; en el sentimiento de caducidad inherente a la condición humana; en su fina captación –transfigurada- del entorno regional; en su nostalgia permanente por el tiempo ido, lo que impregna sus páginas de una suave entonación elegíaca y en el valor atribuido al canto como esencia del ser. Todos sus libros están compuestos por prosas poemáticas en las que, al decir de Vicente Nacarato (1957), “se ensambla lo lírico y lo sentimental en ajustado ritmo que asume, a veces, la configuración del verso”.

Entre sus temáticas preferidas se encuentra el sentimiento de soledad y la nostalgia de un amor ausente, junto con la recurrente imagen del hombre como viajero, desterrado de un tiempo pretérito y feliz, en medio de un paisaje inequívocamente mendocino: “Ahora estoy con la tristeza de siempre, en este pasar por las horas sin tregua. Pero aquí, en estas calles que tienen otro lenguaje, otro matiz de voz, y donde el color de los álamos y su altura, me acercan su imagen lejana e imposible” (La isla momentánea).

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