miércoles 21 de octubre de 2020

El gran poeta que pintó en su lírica el paisaje mendocino.
Sup. Cultura

Alfredo Bufano, poeta bucólico y censor político

Esta semana en Cuestión de Palabras, nuestra especialista profundiza en la obra del gran poeta, asociada a esa postal del oasis mendocino.

El gran poeta que pintó en su lírica el paisaje mendocino.

“Los comienzos [de la sátira política mendocina] debe buscárselos en la poesía satírica de Juan Gualberto Godoy y de Leopoldo Zuloaga. Abraham Lemos escribió, antes de 1890, un librito, tal vez un folleto, que llevaba por título Animales ponzoñosos de Mendoza, en el que no se hablaba precisamente ni de víboras ni de arañas y con el que inauguró nuestra “sociología criolla”. Más tarde Agustín Álvarez con su South America (1894) y su Manual de patología política (1899), publicado un año antes con el título de “Manual de imbecilidades argentinas” en las páginas de Tribuna, le dio un vigoroso impulso [...]; Julio Leónidas Aguirre escribió sus libros dentro de este mismo género: Cocina criolla y salsa india (1902) y Sociología criolla (1909), este último tal vez sea el primer libro en el que aparece concretamente la designación de esta forma de sociología tan divulgada en la época”. Arturo Roig (1965)

En general, la poesía de Alfredo Bufano (1895-1950) aparece asociada a esa postal del oasis mendocino -álamos, frutales y viñedos- que ciertamente él pinta maravillosamente. De su amor por el paisaje natural y humano de la región -que incluye costumbres, vestimenta, creencias...- dan testimonio los títulos mismos de sus libros, desde aquel Poemas de Cuyo (1925) que marca su retorno a la tierra mendocina, luego de los años vividos en Buenos Aires y que, según Arturo Roig inicia en nuestras letras una nueva línea tanto temática como estilística: la del sencillismo regionalista: Tierra de huarpes, Presencia de Cuyo, Mendoza la de mi canto... Sin embargo, existe un aspecto menos conocido de su obra, y es su calidad de prosista, que se explaya en numerosas colaboraciones en periódicos y revistas de la época y también en libros como Aconcagua, testimonio de sus andanzas por la cordillera mendocina. Y hay, finalmente, un curioso texto -poco conocido- que lo ubica en una línea muy particular dentro del panorama de la literatura mendocina: su Zoología política, de 1935.

Muchos de los personajes y prácticas usuales en la “política criolla” son delineados por la pluma de Bufano: una simple mirada al índice de su Zoología resulta sumamente ilustrativa: “De las condiciones que ha menester el caudillo”; “De las diferentes especies del caudillismo de campaña” (que incluye como tipos “El simulador”, “El matón”, “El fatalista”, “El yarará”, “El universitario”); “De los diferentes productos de la demagogia” (vg. “El sabandija”, “El gringo”, “Su Excelencia el Sr. Interventor Nacional”); “De los diversos modos de ganar elecciones” (que comprende las siguientes “martingalas”: “La marca”, “El voto obligatorio”, “El voto secreto”, “El milico fantasma”, “La cadena” y “El vuelco de los padrones”, cada una de las cuales da lugar a la narración de jugosas anécdotas).

Cada capítulo es un cuadro colorido y perfectamente logrado como texto satírico, con los recursos más característicos del género. En primer lugar, y haciéndose eco de las antiguas “anatomías” en las que el crítico viviseccionaba a fuerza de ingenio y capacidad analítica los aspectos deplorables de su entorno, el autor mendocino se presenta como un cirujano a punto de operar: así en “El yarará” nos dice “Vamos a ponernos unos guantes de goma y a trabajar con pinzas”, y agrega “El matón es un angelito al lado de la monstruosa sanguijuela que está en estos momentos sobre nuestra mesa de trabajo”.

Puede advertirse asimismo otro de los procedimientos característicos de la sátira: el reduccionismo; en este caso por la asimilación del personaje al reino animal, con lo que se da nuevamente razón al título del libro. En efecto, es un verdadero bestiario el que se presenta a través de los símiles: saguaipés (sanguijuelas) para los logreros y aprovechadores; distinto tipos de ofidios para los traicioneros e inescrupulosos, o bien ostra para los legisladores que vegetan en sus bancas sin ninguna acción efectiva para la comunidad, además de otras menciones igualmente significativas (tiburones, matuastos, etc.).Tampoco faltan las comparaciones con lo más bajo del reino vegetal, como pueden ser los hongos o algún otro microorganismo: “Si quisiéramos ubicarlo botánicamente, tendríamos que hacerle un destacado lugar entre las setas, junto a la amanita muscaria y la phalloides, cuyo poder tóxico quedaría eclipsado por el del nuevo congénere” (43-44).

También como modos característicos de la sátira pueden mencionarse la invectiva y la ironía; el uso sostenido de ambos recursos por parte de nuestro autor da cuenta de la indignación que debe de haber motivado en él el espectáculo de una sociedad degradada por las prácticas electoralistas que denuncia.

Precisamente otro rasgo de estilo que llama la atención es la presencia de un “yo” que en ocasiones podría analogarse a la persona autorial, por ejemplo cuando se instituye protagonista de algún episodio, o cuando describe a un poeta que no se rinde al servilismo de la adulación política (actitud que, sabemos, fue constante en Bufano): "Si en la inocente quietud virgiliana de la comarca se ha refugiado un pobre diablo que hace versos, ¡leña con él y con las nueve musas! “¿Pero no ven, amigos? ¡Uno y nueve, son diez! ¡Todo un partido político que nos puede hacer perder las elecciones el día menos pensado!”. Y además, “Si alguna vez le dicen al caudillo que el pobre diablo ha publicado unas cositas en las que nombra a un señor Píndaro, a un tal Apuleyo y a un tal Cicerón o Séneca, él, con bramadora cólera mosaica, exclama: ‘-¿No ven? ¡Lo que yo digo siempre, canejo! ¡Ese tipo es opositor! ¡Y si no, a qué diablos viene, tan luego aquí, a hacerle tren a esos forasteros?’” (48).

Igual ignorancia se pone de manifiesto en la reproducción mimética del habla de los distintos tipos de caudillos y caudillejos, un habla agauchada y aun vulgar. Es que “Para ser caudillo político de pueblo de tierra adentro, es necesario […], por ejemplo, ser poco menos que analfabeto, o, lo que es lo mismo, mientras más bruto, mejor; escribir ojo con hache, ‘acsolutamente’, ‘refalada’, etc., y decir ‘tenimo’ por tenemos [...] ‘costitución’, 'atrosidá y otras lindezas” (9).

El hecho de que estos personajes lleven en su gran mayoría nombres griegos -Parménides, Maratón...- nos ilustra acerca de otras de las notas salientes y originales de este conjunto de textos: la sutil contraposición que se establece implícitamente con Grecia, considerada como el modelo de la democracia perfecta y también como un modelo cultural cuya falta se echa de menos permanentemente en estas tierras cuyanas.

Fino poeta lírico, cantor del paisaje cuyano, evocador de su historia y testigo de sus costumbres; poeta en cuya obra late una hondura espiritual que, sin llegar a convertirlo en un místico, le aseguran empero un lugar destacado dentro de la poesía religiosa argentina... Bufano fue un hombre para quien la libertad (de pensamiento, de palabra y de obra) fue premisa constante y a la que debió más de un sinsabor, tal como testimonia su poesía civil y también su Zoología política que exhibe -a través de la crítica a menudo acerba- otro modo más de “querer” a su tierra mendocina.