“Canto de marcha del 17 de agosto”, de Amílcar Urbano Sosa

San Martín es el eje de una amplia literatura producida en Mendoza, de la que Amílcar Urbano Sosa fue parte.
San Martín es el eje de una amplia literatura producida en Mendoza, de la que Amílcar Urbano Sosa fue parte.

En una nueva columna, Marta Castellino analiza este poema, un ejemplo notable de la literatura sanmartiniana escrita en nuestra provincia.

“Y aún cabalga sobre España / su lanza en ristre de nobleza el verde Cid / y aún padece por nosotros, / hombre y soldado, Don José de San Martín”.

Amílcar Urbano Sosa. “Canto de marcha del 17 de agosto” (1950)

El tema sanmartiniano es presencia reiterada en la literatura mendocina, como muestra esta obra del poeta Amílcar Urbano Sosa (1915-1998), al que ya nos hemos referido en ocasiones anteriores en comentarios parciales de su vasta labor poética que incluye: “La rosa y la abeja” (1947); “La voz de la lumbre” (1949); “Pequeña loa para Santa Rosa de Lima” (1954, inédito); “Itinerario de la golondrina” (1951); “El espectro de la danzarina” (1955); “Ditirambo del aprendiz de maestro” (1963); “Antología de meñique” (1963); “Sonetos de San Luis” (1965, inédito) “El fuego” (1965); “Alameda 71″ (1971); “Día del día” (1974); “El huésped” (1981); “Canto de marcha del Atlántico Sur” (1987); “Comarca” (1993); “Expectación” (1994) y “Melesca” (1996), más el ya citado “Canto de marcha del 17 de agosto”, publicado en 1950, precisamente en el año del Centenario del fallecimiento del Libertador.

Esta obra, dedicada a “San Luis ‘la leal y generosa’; San Juan ‘la fiel y virtuosa’; Mendoza ‘la heroica, constante y benemérita’”, está dividido en cinco partes o poemas sin título, compuestos en versos cuyas medidas oscilan entre las nueve y las trece sílabas, con rimas asonantes agudas en los versos pares, lo que otorga un ritmo particular a la composición. El volumen no tiene paginación.

La primera de las secciones evoca el fallecimiento del General San Martín, junto con referencias literarias generales, como la inexorabilidad de la muerte: “como el amor, la muerte llega”, y una visión en cierto modo idealizada de esta, como momento de recapitulación de lo vivido: “nos colma de un pasado / que fue presente y no supimos ver feliz”. También se reformula el tópico de la muerte igualadora, como en la “Danzas de la muerte” medievales.

A continuación, la imagen de la muerte como “la tempestad que lleva al puerto” introduce una rememoración de distintas circunstancias asociadas con la vida del héroe: sus campañas guerreras, metonímicamente presentes a través de elementos como “trueno”, “látigo del viento bailarín”; “relámpago de plata” y, en particular, su amor por la patria: “un país diáfano que duele / como una herida en el costado del sufrir”.

En la segunda parte, el tono se hace elegíaco, con algunos acentos épicos al evocar la gloria militar del héroe. En este caso, el sujeto de las acciones detalladas es “la Patria” que “se arrodilla ante una cruz”; “sufre silenciosa”; “Llora al mayor de sus infantes” y proclama a San Martín “primogénito en la paz y el bien común”. El poeta estampa una hermosa definición del patriotismo: “La Patria es un amor hecho virtud” y destaca el valor salvífico del padecer del héroe, lo que introduce esa dimensión religiosa, trasfondo de los poemas de Sosa: “es el dolor que se santigua / con las tres lágrimas de nuestra gratitud / y es el amor con que nos queman / las cuatro rosas de la alegre Cruz del Sur”.

El encomio del héroe alcanza un tono encendido: “cuando todo está perdido en la quietud /…/ sobre el girón del desaliento, / con la certeza y la pujanza del alud, / se alza una espada –nervio y filo- / que solo brilla bajo el sol de la virtud /…/ porque por eso fue forjada / en fuego de albas y de estrellas oro azul, / porque por eso fue ceñida y desceñida bajo el humo de Maipú”.

En la tercera sección se detalla el motivo directo de la escritura: el 17 de agosto, presentado como “el día en que se añora / una alborada de laurel en oración / sobre el orgullo de la rama / y en entusiasmo juvenil de nuestro sol”. Se hace alusión también al renunciamiento del Guayaquil y al cumplimiento de una vocación de servicio por parte del héroe: “consolar pueblos y destinos / por los senderos de la luz y el corazón”, lo que trae el reconocimiento unánime de todo el país, simbolizado en su geografía: “La pampa llega con la angustia de sus auríferas estampas en sazón / y las montañas en silencio / corren al valle al reunirse con la flor”.

Todo ello implica por parte de los argentinos el deber de ser fieles a su legado, idea en la que se insiste: “el testimonio luminoso del valor / […] nos obliga a estar alertas / en las vigilias de la Patria y su visión / y nos conmina a cada uno / a fecundar ansias y anhelos y el dolor / de poder ser solo Argentinos”.

La cuarta parte se abre igualmente con la invitación “a estar de pie / sobre las cumbres de la hombría / sobre los prados de la dicha y la merced de haber nacido en esta tierra / donde la espada sueña cruces de laurel”. La idea central es la patria, esa “comunidad de destino en lo universal”, sugerida a través de la imagen del río diluido en el mar: “como en el mar la voz del río / halla la voz definitiva de lo que es, / esta voz quieta de la Patria /…/ nos unifica y nos persuade”.

Finalmente, en la quinta parte, el sintagma: “Este es el día en que el recuerdo / nos une a todos para siempre en un lugar” presenta a todos los argentinos congregados junto al lecho de muerte, para recibir el legado del prócer, mientras este evoca los momentos gloriosos de su gesta: “piensa en su espada hecha en el alba el General, / anda las huellas de su paso / por la montaña, por la nieve y por el mar”. Se da paso así a una visión suprarreal en la que “Lirios azules, en escuadra, / presentan armas en la tarde lateral, / filas de acero se dedican / a constituirse en un concierto matinal”, como homenaje al héroe que ha ingresado en la eternidad.

En este libro de Sosa el título impone un tono y un ritmo; poesía de circunstancias, para ser declamada en voz alta y enfática; en ella la épica se amalgama con la lírica en sugerentes imágenes, en el recurso al lenguaje figurado. En forma no cronológica ni ordenada los poemas, a modo de prisma, van brindando aspectos de las campañas libertadoras y suman diversas imágenes convencionales del héroe, mientras se insiste en la necesidad de responder a esa herencia: “legado de ansiedad, / esta es la parte que nos toca / para los días de la Patria en guerra o paz: / tener a Dios por soberano, / las deudas pagas y la mano vertical”.

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