Pandemia, responsabilidades colectivas e individuales

Por mucho que nos empeñemos en dejarlo atrás, el pasado ha vuelto a encontrarnos. / Foto: Ignacio Blanco
Por mucho que nos empeñemos en dejarlo atrás, el pasado ha vuelto a encontrarnos. / Foto: Ignacio Blanco

A partir de ahora, que los contactos estrechos de casos de Covid podrán no cumplir el aislamiento en determinadas condiciones, es cuando más se necesita de la responsabilidad individual y colectiva para actuar con la adecuada prudencia.

El cuadro del verano en lo que respecta al turismo en todo nuestro país es para que lo celebren aun los pesimistas: hotelería y agencias de viajes colmadas por una demanda que quiere recuperar el tiempo perdido, ese año y medio de nuestras vidas que ha quedado en blanco gracias al Covid-19 y a una actitud relajada por parte de casi todos, la necesidad de celebrar que viene después de todas las guerras. Porque venimos de una, quién lo duda, pero lo que no se entiende es que aún no ha terminado.

Mientras la industria turística intenta recuperarse –los que lograron aguantar el chubasco–, la estadística diaria nos remite al peor de los mundos: otra vez la suba geométrica de los contagios, aunque de manera mucho más moderada la suba de las víctimas fatales y de las camas ocupadas en los establecimientos hospitalarios, las interminables filas de quienes en la madrugada pugnan por un hisopado.

Por mucho que nos empeñemos en dejarlo atrás, el pasado ha vuelto a encontrarnos.

Y es comprensible que se trate de olvidar que estuvimos –estamos– a merced de un enemigo invisible, que hemos padecido pérdidas irreparables, que algunos quizás no se recuperen de las heridas recibidas, que parientes y amigos han engrosado la lista de quienes no lo lograron.

Pero bien vale recordar que podemos lamentarnos juntos sin que ello nos obligue a ser tan poco inteligentes como para ignorar el duro peso de la realidad y asumir que minimizarla es el peor de los remedios.

Venimos de la cuarentena más larga del mundo, exacerbada por no pocos infectólogos y sanitaristas que la militaron con fervor religioso, produciendo un hastío generalizado y un rechazo cuyas consecuencias están a la vista: en lugar de persuadir y de convencer, se prefirió el ejercicio de un autoritarismo paternalista favorecido por las planillas de los encuestadores, hasta que las mismas planillas dijeron que se había pasado el punto de inflexión.

A la cerrazón que no admitía debate alguno le siguió un clima casi festivo obligado por las necesidades electorales.

De ese modo, por el camino fueron quedando las precauciones elementales, barbijos y distanciamiento; y se suman la baja en el ritmo de vacunación y la pérdida de convicción de las autoridades sanitarias, amén del discutible retorno del fútbol y otros espectáculos masivos, entre otras concesiones harto discutibles.

Hoy estamos donde estamos: nuestros equipos de salud lucen agotados, con un alto porcentaje de ausentismo, y la situación se replica en el sector privado, con empresas complicadas por falta de personal.

Sabíamos lo que sobrevendría, pero no pudimos o no quisimos ser previsores, y otra vez el costo por pagar será alto, por lo que urge recuperar la conciencia y seguir insistiendo en la necesidad del cuidado colectivo y en las responsabilidades individuales.

Básicamente, nos ha llegado de nuevo la hora de despertar como si en algún momento nos hubiéramos quedado dormidos, obligándonos a repetir el pasado.

A partir de ahora, que los contactos estrechos de casos de Covid podrán no cumplir el aislamiento en determinadas condiciones, es cuando más se necesita de la responsabilidad individual y colectiva para actuar con la adecuada prudencia.

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