jueves 28 de enero de 2021

Ñacuñán, reserva de biosfera a proteger ubicada en la localidad de Santa Rosa.
Editorial

Mendoza y la biosfera

Nuestro país cuenta con una Red Nacional de Reservas de Biósfera, representada por quince reservas distribuidas en nuestro país, y una de ellas es de Mendoza, emplazada en Santa Rosa, bajo el nombre de Ñacuñán, que no debe descuidarse por nada en el mundo.

  • martes, 24 de noviembre de 2020
Ñacuñán, reserva de biosfera a proteger ubicada en la localidad de Santa Rosa.

El Programa el Hombre y la Biósfera (Man and Biosphere) de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) fue creado en 1971. Se trata de una iniciativa científica intergubernamental cuyo objetivo apunta a establecer una base para la mejora de las relaciones entre las personas y su ambiente. Combina las ciencias naturales y sociales, la economía y la educación, para mejorar la vida humana y la distribución equitativa de los beneficios. También para salvaguardar los ecosistemas naturales y gestionados, promoviendo así los enfoques innovadores para el desarrollo económico, social y cultural, apropiado y ambientalmente sostenible. La Red Mundial de Reservas de Biósfera cuenta actualmente con 669 lugares en 120 países de todo el mundo, incluyendo 20 sitios transfronterizos.

Afortunadamente, nuestro país cuenta con una Red Nacional de Reservas de Biósfera, representada por quince reservas distribuidas en nuestro país, y una de ellas es de Mendoza, la que está emplazada en el departamento de Santa Rosa, bajo el nombre de Ñacuñán.

Este enorme y bendecido espacio santarrosino, de 12.300 hectáreas, fue uno de los grandes logros del ingeniero agrónomo Virgilio Germán Roig, fundador también del Instituto Argentino de Zonas Áridas (Iadiza). Se trata de una gran obra de Roig y de una camada de colaboradores y discípulos que, en ese entonces, hace 60 años, lo secundaron en el rescate y la habilitación de este privilegiado espacio.

La principal preocupación que llevó a su creación fue la necesidad de conservar el bosque abierto de algarrobos, que sufriera una intensa tala a principios del siglo XX, ya que esa madera era utilizada para la provisión de gas de alumbrado para la ciudad de Mendoza.

Desde su creación como área protegida, se aprecian en el lugar las etapas de recuperación del bosque. En este proceso, las investigaciones que se efectúan permiten ahondar cada vez más en su funcionamiento y también en la educación de las camadas infantiles y juveniles que, periódicamente, visitan la zona para conocer la naturaleza y ser militantes como vigías en su cuidado y conservación. Lamentablemente, estas recorridas de alumnos ahora no se pueden realizar en razón de la grave emergencia sanitaria que atraviesa el país y la provincia.

Hemos rescatado en breves trazos los momentos fundacionales de la reserva. De no haber mediado la acción pujante y a fondo de Roig y los restantes sostenedores del proyecto, la pérdida hubiera sido incalculable para la biodiversidad de nuestro territorio. Inclusive debemos señalar que ahí sienta reales un sitio Aicas (Áreas importantes para la conservación de las aves), de enorme trascendencia por la riqueza y variedad de la fauna alada silvestre que se reproduce y cría en esos parajes.

Se ha hecho mucho en Ñacuñán. Es un triunfo de la ciencia, de la ecología y del ambiente protegido.