Elecciones, crisis y gobernabilidad

La vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner se retira del Senado tras la publicación de su carta a Alberto Fernández y desde entonces no volvió a aparecer en público.
La vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner se retira del Senado tras la publicación de su carta a Alberto Fernández y desde entonces no volvió a aparecer en público.

Lo que menos necesita el país en este momento es un gobierno que piense en términos electorales. Hay un sinnúmero de problemas económicos, sociales y políticos que afectan a una inmensa mayoría de la población y demandan soluciones de fondo.

La crisis interna del Frente de Todos finalmente quedó expuesta ante la sociedad. Cristina Kirchner se encargó de explicitarla con una carta en la que, en principio, dio la razón a todos los analistas que desde hace un año vienen interpretando sus discursos como piezas sancionatorias del accionar del presidente Alberto Fernández.

En su nuevo escrito, Cristina Kirchner ratificó el significado de sus arengas sobre los funcionarios que no funcionan y sobre la necesidad de que aquellos que temían tomar algunas decisiones dejasen el puesto y se fueran a buscar trabajo a otra parte. Mencionaba, entonces, a legisladores y ministros. Ahora resulta evidente que también incluía en esas críticas cuestiones de fondo.

Emplazó al presidente Fernández a modificar radicalmente el rumbo de su gestión. No apuntaba simplemente a cambiar algunos ministros por otros que pudieran representar una relativa corrección de la visión global de la gestión, con la consiguiente reformulación del esquema de medidas por tomar.

Por el contrario, los párrafos en los que Cristina Kirchner expresaba su perspectiva económica daban cuenta de la necesidad de aumentar el déficit para solventar incrementos de jubilaciones y de planes sociales, e indirectamente de salarios, para poner plata en el bolsillo de la gente. Como si de esa manera alcanzase para recuperar los votos perdidos.

Tanto la carta como las renuncias públicas de varios funcionarios vinculados al cristinismo tuvieron como efecto doblegar al Presidente en su decisión expresa de mantener su gabinete hasta las elecciones legislativas de noviembre y recién entonces efectuar las modificaciones pertinentes. Otra vez no pudo sostener su palabra ni su voluntad.

El viernes, la coalición gobernante, urgida por el escándalo en que se había transformado la derrota en las Paso, acordó una especie de gabinete de emergencia en el que incluyó a varias figuras que ya habían participado en gestiones anteriores –Juan Manzur, Julián Domínguez, Aníbal Fernández y Daniel Filmus, por ejemplo–, aun cuando sería inexacto tildar de cristinista a alguno de ellos. Sí se advierte una marcada participación de dirigentes porteños, del Conurbano y de la provincia de Buenos Aires, lejos del federalismo proclamado por el Presidente.

Sin dudas, los cambios son el resultado de la encerrona que Cristina Kirchner le provocó a su propia coalición. Porque al jugar al todo o nada contra un presidente elegido por ella, debilitado en extremo por sus propios errores y por el resultado de las elecciones primarias, no hizo otra cosa que exponer su propia debilidad.

Lo que menos necesita el país en este momento es un gobierno que piense en términos electorales. Hay un sinnúmero de problemas económicos, sociales y políticos que afectan a una inmensa mayoría de la población y demandan soluciones de fondo, no de corto plazo que sean lo suficientemente efectistas como para revertir el resultado de las elecciones primarias en pocas semanas,.

En consecuencia, el Frente de Todos debiera obrar con sensatez política y con la responsabilidad institucional que le corresponde.

Tiene derecho a discutir internamente modificaciones a su programa, pero no se puede permitir que esa discusión genere una crisis de gobernabilidad.

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