lunes 21 de septiembre de 2020

Crónicas de Di Benedetto sobre la tarde y la noche del sábado inglés
Sociedad

Crónicas de Di Benedetto sobre la tarde y la noche del sábado inglés

El 3 de abril de 1960, se publicó el tercer artículo del escritor y novelista mendocino sobre los momentos de esparcimiento en Londres.

Crónicas de Di Benedetto sobre la tarde y la noche del sábado inglés

Pero ya es el comienzo de la tarde y la población avanza sobre los parques: St. James, Hyde, Regent. Lanchas en los lagos sumarios, como en nuestro parque San Martín; pelícanos, flamencos y miles de patos y taguas, y las palomas blancas y celestes volando por encima o aposentadas en la orilla.

El pasto, tierno y tupido, declina o asciende en las grandes y mansas olas de la tierra que se llaman colinas. Todo es para que la gente, con sus coches cunas, sus balones y sus perros, lo recorra despreocupada. Todo es para que, aquí y allá, los enamorados se sienten en el suelo y se consideren solos entre millares de miradas que no son para ellos, porque no quieren molestarlos ni ocurre nada extraordinario.

Por momentos, la agrupación de árboles; pero más  bien no, ¿A qué poner árboles           -supongo que se dicen- si los árboles atajan el sol? (El escaso sol que llega acá)

Están naciendo las primeras flores en los canteros, azules y amarillas.

El gorrión confiado y las uvas de Sud África

Las damas mayores, los niños, los hombres sencillos y buenos alimentan a las palomas. Ellas llegan hasta la mano que les entrega las semillas o las migas. Entreverados con las palomas observo los gorriones, picoteando la ración. Pienso que actúan de parásitos. No obstante, más allá y en todo sitio es lo mismo, los gorriones se acercan al hombre con igual confianza que las palomas. Creo percibir una recóndita sensación de seguridad.

Son las cinco y surgen de los bolsos, los termos de té y los sandwiches.

También los racimos de uvas blancas y granates, adquiridas en los carritos ambulantes o en los puestos fruteros de las veredas. Pregunto de dónde vienen esos racimos tan lozanos, de granos tan apretados y voluminosos. "De Sud África", es la información.

En Speakers Corner se reservan para el domingo

En Speakers Corner, detrás de Marbre Arch, se alzan unas pocas tribunas. ¿Escasez de ordores en la famosa tribuna libre de Hyde Park? No; se reservan para el domingo.

Al día siguiente se verá en las escaleras con plataforma a un hombre de color, doctor en humanidades; un marino viejo y amigo de los chistes; otro venido de incontables puertos con tatuajes en toda la cabeza, incluso las orejas y la calva; un sacerdote católico; un salvacionista, una joven mujer que habla de política...

Para sus evoluciones no precisa tribuna un actor que hace un monólogo mimado e igualmente expone desde el pasto, a nivel de su auditorio, un pintor barbudo que ironiza sobre los colegas que, dice, "pintan como fotógrafos".

El arco de triunfo de Constitution Hill.

Túnel de los primitivos. Engordar los peces...

A esa hora en el zoo, los animales se retiran a dormir.

Dos zorros no han obedecido, ya que tienen que ventilar en el patio; pero el guardián se acerca, les dice algo y al parecer postergan el entredicho, porque se retiran a cubierto. Cada jaula tiene su patio exterior, alambrado, para la exhibición; pero cerca de la hora del cierre del zoológico, los animales entran al abrigado edificio común a cada familia. Por ejemplo, existe la "casa de los monos", donde pasan calentitos la noche.

Un túnel, con pinturas que reproducen aquellas de la primera edad del ser humano.

Y un canal, que excede los límites del zoológico. De este lado del puente para peatones, una señorita arroja migas a los peces; del otro lado, en el recodo, tres pescadores lanzan el anzuelo a los peces que la mujer engorda.

El zoo cierra, pero Regent's Park no está lejos -al menos para el rojo ómnibus 53- del Planetarium, y el niño y el padre quieren ver sobre ellos la comba celeste y la noche polar.

El té a las 5 en la London Tower

Mientras tanto, en el restaurante de la Torre de Londres otro grupo familiar toma el té de las 5, aunque ya sea un poco más tarde. El chico ha podido elegir: un menú comprende té puro o té con leche, sandwiches surtidos (incluso de langostinos), pan, manteca, mermelada y masitas (grandes y muy decoradas), y el otro, té o té con leche, jamón, queso y huevos con mayonesa en ensalada, pan y manteca, fruta y helados. El padre observa los precios: el primero, 2 shellings 9 pennys (33 pesos argentinos); el segundo, 5 shellings 6 pennys (66 pesos argentinos).

Vienen, padre e hijo, de las entrañas de esa mole de piedra que fue fortaleza y prisión, hogar y capilla, foso de torturas y patio de patíbulo. En la Torre de Londres están inscriptos, de un modo u otro, siquiera sea en la memoria, los nombres de las reinas Anne Boleyn y Catherine Howard, que allí fueron ejecutadas; de Sir Walter Raleigh, que en la Torre Sangrienta fue prisionero y escribió su historia universal; de Henry VI, que pereció en 1471 en un rincón frío ahí precisamente indicado; de muchos prisioneros que dejaron clamantes leyendas o piadosos dibujos pacientemente incisos en los muros. Han visto el hacha del verdugo y el tajo de madera, el cañón-dragón, el cañón-tigre y las corazas protectoras de los elefantes para la guerra. Sombras de las galerías bajo el piso de los salones de banquetes.

Los ojos se les han llenado de luces reflejando las joyas de la corona: el Culliman parcelado para hacer el diamante de 530 kilates de un cetro y el de 317 de la corona imperial de Victoria I; el Kooh-i-noor en la corona de la reina Mary; la espada cuajada diamantes, brillantes, rubíes, esmeraldas, amatistas...

Fuera de la piedra, aún dentro del recinto de la fortaleza, pero donde el pasto, un montón de muchachos se revuelca disputándose la puntiaguda pelota de rugby, y en otro sector se juega fútbol y básquetbol junto a la White Tower.

El piano entre el humo, Piccadilly y Soho

La temprana noche de Londres está llegando lentamente a tomar su sitio. Por encima de sus aguas, el Támesis se recubre de un celeste impreciso y tenue, de bruma leve. Pero de pronto perforan la niebla azul los penachos blancos del Royal Festival Hall, la convocatoria luminosa a los que aman la música. También amada -amada compañera de estados de ánimo, benigna promotora de emociones- en las tabernas del East End, donde surge el piano, un acordeón o un violín para acompañar la cerveza, el whisky o el tabaco de los hombres fuertes, los hombres del trabajo manual, con los cuales se mezclan, sin menosprecio de nadie, naturalmente, los vencidos.

Con el crepúsculo se encienden en Piccadilly Circus los letreros de colores que dicen cosas del comercio a las que nadie atiende, fascinados todos por la vida, el ritmo, la fantasía del dibujo trazado con tubos de neón.

Piccadilly Circus irradia calles de teatros, de cines, de music-halls, de clubes y restaurantes. Piccadilly y su costado –Soho- hacen la otra parte del sábado inglés, la de aquéllos que no se acogen, todavía, al sosiego del hogar. Después que Piccadilly se apague, no más tarde de las 12, Soho establecerá la suite del sábado al domingo, a la madrugada del domingo. Soho, donde, según Lisa Lenson, florecen las pálidas rosas.