21 de octubre de 2012 - 22:21

Carolina, la quimera del oro en San Luis

A fines del siglo XVIII la fiebre por este metal llegó a este pequeño pueblo de las sierras. Hoy, de aquella era dorada, sólo quedan una mina abandonada y un circuito turístico.

El hombre, al que todos llaman pirquinero, inclinó el cuerpo y se metió en el agua, que fluye del corazón de la montaña y por eso toma el color del hierro y del azufre. Luego comenzó una coreografía de movimientos circulares de la fuente de madera por donde entra una pequeña cantidad de líquido que va “lavando” la tierra en busca, después de varios minutos, de algún punto amarillo, que bien podría ser oro y que hoy sería todo un acontecimiento, o simplemente la bien llamada pirita, también conocido como el “oro de los tontos”.

Es el principio de una historia encerrada en cientos de años, que trascendió la frontera puntana como la “fiebre del oro” y que reunió, en la época de mayor auge, a miles de obreros y decenas de aventureros.

Aquel descubrimiento casual -hecho por un portugués de nombre Gerónimo- sobre los distintos afluentes que nacen del río Grande, que pasa a menos de 30 kilómetros del pueblo, dio lugar a otros emprendimientos en los que se involucraron empresas como la Schmidt Trendelenburg y Cía o la West Argentine Gold Company, que llegó a la zona con operarios y técnicos “importados” de Inglaterra, mientras que la mano de obra era tarea de puntanos, mendocinos, cordobeses y muchos chilenos.

Ellos fueron los que realizaron túneles de hasta 1.000 metros y levantaron plantas de procesamiento. Paralelamente, también se cuenta la intervención del Marqués de Sobremonte (por ese entonces gobernador de Córdoba y más tarde Virrey) y de un contacto comercial con Chile, donde se acuñaba el oro extraído de esta tierra puntana conocida -en las últimas décadas del siglo XVIII- como San Antonio de las Invernadas.

Mucho más cerca en el calendario -durante la Segunda Guerra Mundial- en estos terrenos se encontró un yacimiento de wolfram, metal escaso de color gris acerado, muy duro y que supo ser un material estratégico y muy codiciado. Pero al final y como el oro, el proyecto terminó abruptamente.

Hoy a sus 300 habitantes sólo les queda el recuerdo de aquella era dorada que fue pasando de generación en generación. Y ante la falta del valioso metal la actividad giró hacia la ganadería o algunos sembradíos, y pocos, sólo algunos, son los pirquineros que siguen apostando a un casual descubrimiento que, traducido en números, significa zarandear unos mil kilos de arena para encontrar un gramo de oro que, vendido en el mercado, no supera los 130 pesos.

Paralelamente, ahora se abrió a flor de tierra una “veta” que, aunque no sea de oro, está emparentada con el turismo minero. Es el que Carolina ofrece en un recorrido tan interesante como didáctico a cargo de Gastón Valderrama, mendocino de 22 años que estudió en la Universidad de La Punta, y del puntano Ariel Farber (29).

En lo más alto y profundo

Carolina (en homenaje a Carlos III de España) está ubicada a 1.610 metros de altura en el punto más elevado de la geografía puntana. Se apoya sobre la falda de los cerros y es cruzado por el río Grande. Son 80 los kilómetros que la separan de la ciudad de San Luis por la ruta 9, integrada al Circuito Serrano Grande.

Desde la distancia se la puede apreciar como una postal color sepia, con la mayoría de sus casas, ubicadas sobre la única calle principal, construidas en piedra, mientras la capilla en honor a Nuestra Señora del Carmen, levantada por los Jesuitas en 1732, sigue en pie después de varias reconstrucciones. En contraste, el color lo pone una exuberante arboleda que se entremezcla con la vegetación de las sierras que la circundan, mientras el agua de muchos afluentes cruza toda su geografía.

Casi paralelo a la traza provincial hay un camino de tierra que lleva al ingreso de la mina Buena Esperanza, en el cerro Tolomosa, donde se abre el túnel norte y por el que se puede ingresar unos 300 metros al corazón de la tierra, para observar las fallas geológicas, incipientes estalactitas y estalagmitas de los más diversos colores.

También hay una imagen de la Pachamama, a la que los mineros se encomendaban pidiéndole seguridad en las tareas que, como es de imaginar, eran muy duras y comenzaban con la adolescencia. Se trabajaba sin luz solar y el polvo del rasqueteo de la tierra se pegaba no sólo a la ropa sino a la piel del trabajador, por lo que muchas veces afectaba los pulmones y producía una enfermedad hoy conocida como silicosis, pero que en aquellos años se la llamaba “mal del minero” y terminaba con la vida del hombre.

Hoy, un viejo y arrumbrado vagón de chapa da la bienvenida a la oscuridad de la montaña, en un túnel abierto a pico y pala en busca de la veta de oro que transformara el sacrificio en ganancia, trabajo que no dio los frutos esperados porque el proyecto terminó fracasando.

Y así el pueblo volvió a quedar vacío de aquellos esperanzados miles de mineros y otros cientos de aventureros que, luciendo armas en la cintura, habían llegado y copado el suelo. Hoy, en Carolina sólo vive un puñado de lugareños que hablan de la fiebre del oro como algo tan lejano como el tiempo.

LAS MAS LEIDAS