Áurea Mendocritas

Parafraseando a los autores romanos, así se podría bautizar la secreta virtud de Mendoza. El equilibrio perfecto entre simplicidad y sofisticación, tradición e industria, clasicismo y modernidad.

Como protagonistas de la Historia Universal, las personas tenemos un papel activo cada vez que pensamos cuál de los futuros posibles vamos a habitar. Ahora bien: el presente es pudoroso en el lento strip-tease de su porvenir. No nos ofrece atisbos de certeza sobre lo que viene, y suele frustrar nuestros deseos y nuestra fe en las probabilidades. Una sabia frase reza: "Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes". 

Si nos preguntaran qué papel jugará Mendoza en un futuro distante y no fuéramos astrólogos, tendríamos que distribuir en proporciones adecuadas los dos únicos ingredientes con que contamos: recuerdo e imaginación.

La extensión de la mirada y, por ende, la potencialidad de estas predicciones se circunscribe, en mi caso, al rectángulo que forma el recorrido del trole Centro-Parque: única Mendoza de la que doy fe. Dejo a expertos, historiadores y sociólogos, el análisis de la terra incógnita que va más allá de las calles 9 de Julio, Colón-Arístides Villanueva, Boulogne Sur Mer, Jorge A. Calle, Perú y Godoy Cruz.

A simple vista, la biopsia es pequeña para analizar ese organismo en constante expansión llamado Mendoza. Pero la Siesta Sección es un poderoso fractal: quien lo conozca podrá inferir, también, la esencia del Ujemvi, del Supe, del Cirsub, del Unimev, del Cano y del resto del conjunto. Veremos si funciona.

Tras el apagón informático de 2018, ocurrido una tarde de junio -17.36, hora rusa-, durante la transmisión de la final del Mundial (que impidió a los argentinos saber si había que acusar a Higuaín por fallar un gol entre las piernas del arquero, o insultarlo por no haber usado la clásica vaselina), Mendoza guardará sus secretos más íntimos a salvo de la desintegración. Un redactor de este diario, muy angustiado, escribirá lo siguiente:

"En un mundo devastado por la desaparición de los tutoriales de YouTube, en un mundo ya incapaz de recordar los secretos de la chocotorta, la pastafrola o el yogur, en un mundo obligado a humillarse ante el gobierno de Lima para que los peruanos reconozcan que el ceviche es patrimonio universal de la humanidad y nos vuelvan a recordar los tips que algún día creímos tener, for ever and ever, a un simple click de distancia..., etc,etc..."

La memoria de lo que fuimos, sin Google, se habrá perdido irremediablemente, y el escenario para 2020 será aún más difícil. El nuevo presidente, Mempo Giardinelli, elegido en 2019 con el 50,000001 por ciento de los votos (candidato de la Alianza "Bajemos un cambio"), deberá afrontar una invasión de lagartos provenientes del espacio exterior, que, como en la serie televisiva "V, Invasión Extraterrestre", querrán gobernar el país a punta de pistola, pero bajo el disfraz tranquilizador de líderes y emprendedores jóvenes y atractivos, quienes, desde enormes pantallas que van mechando rojos y azules, nos prometerán tecnología de punta e inversiones interestelares a cambio de una total sumisión.

La población argentina se dividirá, de inmediato, entre quienes ya saben que bajo esos disfraces hay despiadados lagartos, y quienes parecen dispuestos a darles una oportunidad a esos “simpáticos” E.T.’s en las elecciones legislativas de 2021.

El contexto internacional será desolador. Christine Lagarde, directora del FMI, sabrá que está ante sus quince minutos de fama y se arrogará el derecho de hablar en nombre de la humanidad entera, para recibir con honores a un segundo contingente alienígena en el año nuevo de 2021, prometiendo una adecuación del dólar, Euro y otras monedas al patrón monetario de la Vía Láctea, a cambio de inversiones provenientes de Alpha Centauri.

No hay mal que por bien no venga. Cuyo tendrá allí un papel especial. Por razones de estrategia, Giardinelli planteará el traslado de la capital argentina a la "zona de resistencia", menos habitable para los lagartos, lo que generará un acalorado debate legislativo en busca de lugares menos acalorados.

La elegida es Mendoza. Esa discreta ciudad que lleva impresa la marca de sus primeros habitantes, seres industriosos y ecuánimes que cientos de años antes de la conquista aprovecharon los valles para construir, en connivencia con las aguas del deshielo, oasis fértiles ubicados a una distancia relativa de los grandes centros poblacionales.

La amable Mendoza comenzará así a regir el destino de la región. Lejos estarán los días de calma, cuando esa joven aldea del oeste argentino dormitaba al pie de la montaña, hasta que la inauguración del Mendoza Plaza Shopping, el 3 de noviembre de 1992 -equivalente local a la fundación de Roma por el mellizo Rómulo, en el año 753 a.C.-, lo cambió todo irremediablemente.

Ese mundo hostil, allí afuera, que desconoce el verbo que articulan las calles al terminar su recorrido, los decibeles adecuados para hablar en los restaurantes, el ancho correcto de las veredas, la duración más conveniente de los semáforos, la proporción exacta de los ingredientes del sodeado y, ante todo, la universalidad de las tortitas como pieza esencial del desayuno, será derrotado sin ejércitos, sin disputas, sin esfuerzo.

Bastará con un poco de esa lúcida morosidad cuyana, virtud identitaria de la que sus protagonistas no parecen del todo conscientes, para salvar al país de la disolución.

Lo decimos así, de frente mar, desafiando la medrosa lógica de las probabilidades históricas: el modelo mendocino seducirá con su elocuencia callada, que sobrevivió a sus propios gobernantes, y exportará al mundo esa vigilia teñida de ensueño, ese espíritu imperturbable que puede vencer por cansancio hasta a los lagartos y extender una ideología montañesa que trasciende las palabras, ese silencio elocuente que los pintores de Cuyo intentaron describir una y mil veces.

Recuperada nuestra tierra de las tropas invasoras, y ya expulsados los lagartos (los llamados Lagarde’s lizards) a las afueras del sistema Solar, la bandera de los Andes flameará en la futura Casa Rosé (Navarro Correas), y las multitudes harán un discreto, pero animado copetín en Plaza en Catena Zapata (ex Plaza de Mayo).

Los guitarristas de tonada, con su inigualable eficacia para llegar en tiempo y forma a la totalidad de las notas musicales, recuperarán con sus dedos la memoria de los acordes que las nuevas generaciones olvidaron por completo, obnubiladas por la elusión musical posterior al disco Birth of The Cool, de Miles Davis, perpetrado en 1957.

Los expatriados de Mendoza en Reñaca y en Barcelona, colonos del Cuyo Magno, darán origen a dos nuevas civilizaciones de ultramar, avanzadas del nuevo imperio.

La cerveza seguirá siendo, previsiblemente, la bebida más popular entre los mendocinos, aunque, por mera costumbre, la cultura mendocina seguirá explotando en canciones, actos públicos y fiestas, el viejo mito que mantiene con vida a la industria vitivinícola.

Una cofradía de melómanos de largas cabelleras, ya encanecidas, levantarán barricadas en el subsuelo de la galería Tonsa, donde recordarán con obstinación, silbando a bajo volumen, la discografía completa de Yes y de King Krimson, dos bandas que el mundo entero, incluidos los familiares de Robert Fripp, ya olvidaron varias décadas atrás.

Pero para imperar no basta con dividir: serán necesarias las armas de penetración cultural, tan universales como lo fueron el sistema decimal, la imprenta, la Coca-Cola, el té inglés y los Simpsons. Tres de ellas encontrará el flamante imperio cuyano: pinchadas, raspadas y de hoja.

“¿Cómo invocarlas sin que las lágrimas de la nostalgia desciendan hasta el borde de los labios para fundirse con lo que se nos hizo agua en la boca? Las tortitas, máximo legado de Cuyo a la cultura culinaria del planeta, ninguneado durante décadas, desplegará por fin su universalidad...”

Ni el tosco pebete rioplatense ni las insulsas ayuyas trasandinas ni las extravagantes arepas de otras latitudes, ni la risible semita sanjuanina, podrán contra nuestras tortitas, específicamente las raspadas de la zona de Roca y Tiburcio Benegas, si no está fallando la memoria.

El secreto mejor guardado de la humanidad, al pie del Aconcagua, será el antídoto contra las locuras del mundo. Cuyo, última manifestación de una estirpe que resiste a modas, caprichos y vaivenes altisonantes de la Globalización, impondrá su estilo.

Parafraseando a los autores romanos, podríamos bautizar la secreta virtud de Mendoza como Áurea Mendocritas. El justo medio que Horacio y otros autores latinos propugnaron, pero esta vez de factura propia. Áurea mendocritas: el equilibrio perfecto entre simplicidad y sofisticación, tradición e industria, clasicismo y modernidad, Adid y Saada, Nieto y Senetiner, Haz Karate y Marra.

Con innovaciones intermitentes, incorporadas casi a regañadientes, como quien no quiere la cosa, la humanidad despegará los ojos del PBI de las naciones y lo pondrá en la calidad de vida de sus habitantes. Una virtud que Cuyo fue construyendo, día tras día, desde que el suelo empezó a exigirle, a cambio de sus frutos, una dosis de mentalidad estratégica.

Mendoza, impermeable al devenir histórico, reconstruirá con su impronta aquello que los lagartos hayan desarticulado en la llamada Década Alienígena y, de manera casi displicente, impondrá en el mundo su Pax Cuyana, una paz que regirá durante mil años hasta los confines de la galaxia, mucho más allá del rectángulo que le dio origen a todo: el del recorrido del trole Centro-Parque.

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