Voces acalladas

Voces acalladas

El argumento podría resumirse como una suerte de diario vitriólico en el que el protagonista desarrolla su investigación reseñando obras de numerosos escritores, todos muertos antes de cumplir los treinta años, durante el tiempo de la última dictadura cívico-militar. Pero el libro, entiéndase bien, es más que eso, es ante todo una narración sin trama. Por lo tanto imposible reducir su contenido únicamente al rol de su funcionalidad descriptiva. El texto no cuadra, necesariamente, bajo la categoría de novela en el sentido tradicional de la palabra. Sí, en cambio, activa ciertos mecanismos y zonas de la antinovela. El narrador –cuyo nombre jamás se revela- se presenta a través de los juicios que abre sobre los otros. Lapidarios, por cierto, y que recuerdan en estilo cáustico al olvidado Ignacio B. Anzoátegui, hablo particularmente de su incendiaria Vida de muertos. Pero el tono alcanzado en este libro destila una pulsión lacerante muy distinta: la carga moral de narrar lo que los otros no llegaron a decir. El matiz que brinda la culpabilidad del sobreviviente. 

El fantasma de la muerte generacional emerge en cada página, y si bien en parte Almada hace catarsis a través del cinismo, su escritura, la de “Lengua muerta”, oficia en principio como audaz manual de estrategias discursivas. Cada maniobra intelectual, un plan escriturario diferente. Razón por la que en sus páginas proliferan historias pobladas de otras historias, que a su vez, desembocan en otras más. Arborescente, estructura su universo ficcional a través de la elipsis para intentar doblegar los hábitos del lector y desafiar sus expectativas. Seguro Greco, o el poeta oral; la adolescente Miriam Palma, autora de Congoja; Braulio Centeno, experto en la obra del Conde de Lautréamont; Amado Amor; Simón de Asia; la reconciliadora Ana Laura Mesa; el severo Marcial Guerra; Hipólito Negroni; o el prolífico Federico Lema… Es abrumadora la cantidad de temperamentos imaginarios de poetas, novelistas, y editores, que el autor revela sin jamás agotar las posibilidades inventivas. Todo un ejército de obsesos que entretejen precozmente la complejidad y entretelones del “mundillo literario” porteño. Hay lugar para las citas ilustrativas, también, y de títulos circunstancialmente desopilantes. La presencia de lo lúdico es inobjetable.

Libro hipertextual, sí, pero a su vez, border. Condensa una oblicua actitud sin anestesia, la de forjar un ejercicio brusco e impiadoso de crítica literaria que ofrece, en el proceso, múltiples formas de leer, lo cual no es poco. Lengua muerta no solo es la primera novela de Almada, sino también de Alto Pogo, una editorial independiente.

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