Opinión Martes, 6 de enero de 2015 | Edición impresa

Vivir en el escenario

En medio de esta revolución de la apariencia que avasalla la esencia misma del ser, el autor realiza un análisis pormenorizado sobre el dilema de qué lugar ocupa el ser humano, que parece haber perdido su existencia.

Vivimos en una sociedad que privilegia el tener sobre el ser y la apariencia sobre la realidad. Este comportamiento, así como el narcisismo que nos convence de que cada uno de nosotros constituye el centro del universo, se ven exaltados a niveles nunca antes vistos por el hecho de que disponemos de una tecnología que permite difundir urbi et orbi todo lo que nos sucede. En la sociedad del espectáculo en la que vivimos, lo importante es parecer, mostrarse.

El filósofo coreano Byung-Chul Han que trabaja en Berlín, señala a este respecto: “Hoy el ser ya no tiene importancia alguna. Lo único que da valor al ser es el aparecer, el exhibirse. Ser ya no es importante si no eres capaz de exhibir lo que eres o lo que tienes.

Ahí está el ejemplo de Facebook, para capturar la atención, para que se te reconozca un valor, tienes que exhibirte, colocarte en un escaparate”. Y así vemos que personas que parecerían estar dotadas de una mediana  capacidad intelectual, dedican horas de su vida a mostrar a quienes consideran sus “amigos” el sitio en el que se encuentran, lo que hacen y hasta fotografías de lo que comen, como si de eso dependiera el destino de la humanidad.

Curiosa manera de invertir el  tiempo -que es lo único propio de lo que disponemos- y de inducir a los demás a dedicar su atención a esos detalles irrelevantes de sus existencias cotidianas. Como sostiene Han, el imperativo actual es exponerse, todo debe ser visible ya que lo invisible no existe al no generar valor de exposición y no despertar ninguna atención.

El veredicto general de la sociedad positiva se llama “Me gusta”, juicio al que todos aspiramos aunque para conseguirlo debamos exponernos públicamente sin pudor en la nueva sociedad de la transparencia y someternos voluntariamente a la vigilancia de las redes sociales.

En un comentario a propósito de “The Circle” novela de David Eggers, la conocida escritora y crítica literaria canadiense Margaret Atwood señaló: “La publicación en los medios sociales es en parte una actuación, como lo es todo lo ‘social’ que hacen los seres humanos. ¿Pero qué sucede cuando ese escenario brillantemente iluminado se expande tanto que no hay una sala para esperar antes y después de ocupar la escena en la que quitarse el maquillaje, no existe un detrás del escenario abigarrado e imperfecto en el que podamos ser ‘nosotros mismos’? ¿Qué ocurre cuando debemos estar expuestos todo el tiempo? Es entonces cuando advertimos que permanecemos las veinticuatro horas bajo la luz cegadora de la prisión supervisada. Vivir enteramente en público es una forma de confinamiento solitario”. 

Es indudable que la historia nos sorprende hoy como testigos y protagonistas de una acelerada mutación de la manera en la que somos humanos. Se trata de un cambio profundo cuyas consecuencias aún desconocemos pero que es de tal magnitud que ha sido comparado con la revolución que produjo la introducción de la imprenta en nuestra manera de ver el mundo y de relacionarnos entre nosotros. El desarrollo explosivo de las modernas tecnologías de la comunicación y la información que protagonizan esta transformación nos enfrenta a un desafío apasionante como lo son todos los procesos radicales de cambio.

En un artículo que escribí hace algunos años, titulado “Existir hoy”, glosaba las expresiones de uno de los impulsores de la tecnología contemporánea, Jaron Lanier, un cibergurú padre de la “realidad virtual”, que luce trenzas como los rastafaris y trabaja en Microsoft. Sin embargo, como muchos de sus colegas, está revisando sus posiciones radicales en favor del uso de la tecnología. Deberíamos escuchar esas voces para no adherir a la idolatría tecnológica con los ojos cerrados. 

Interrogado por “The Chronicle Review” a comienzos de la presente década, acerca de la idea que la definirá, Lanier respondió: “Lo que definirá a la nueva década es, en realidad, la pérdida de una idea acerca de cuya desaparición nunca antes debimos preocuparnos. Es el ocaso de la creencia acerca de la singularidad que supone el ser humanos”. Ejemplifica: “Consideren la práctica común de los estudiantes actuales quienes, mientras escuchan a alguien hablar, escriben y reciben mensajes conectados a dispositivos electrónicos al tiempo que conversan por teléfono.

Durante una clase les dije: La razón más importante para no realizar simultáneamente tantas actividades no es para hacerme sentir respetado sino para poder ‘existir’ ustedes mismos. Si escuchan primero y escriben luego, eso que escriban habrá tenido tiempo para filtrarse por su cerebro y en lo que digan ‘estarán’ ustedes. Eso es lo que los hace ‘existir’. Si son meros reflectores de la información, ¿están ustedes realmente allí?”.

En ese interrogante se resume el dilema actual: ¿qué lugar ocupamos como seres humanos en este incesante ir y venir de información? Lanier señala que el desprestigio de la creencia en el “ser” no se debe a la tecnología sino a la cultura de los tecnólogos, que los lleva a diseñar entornos que califica de antihumanos y en los que están transcurriendo nuestras vidas.

“Estos softwares -dice- sugieren que la información es una sustancia aislada, independiente de la experiencia o la perspectiva humanas. De allí que el papel de cada ser humano esté mutando: de ser una entidad ‘singular’ pasa a representar un componente más en una computadora global emergente”. 
Esta idea del robo de la existencia es sugerente.

¿Estamos nosotros en lo que hacemos? Eso es lo que deberíamos preguntarnos en momentos en los que vivimos inundados por la información, cuando somos manipulados con datos de todo tipo. Cuando como hoy nos habita la ilusión de saber, tenemos que preguntarnos si estaremos nosotros allí. El desafío que enfrentamos es encontrar el modo de conseguir escaparnos, por nuestros propios medios, del entorno antihumano que, súbitamente, parecería dirigirlo todo, incluso nuestras vidas.

Por Guillermo Jaim Etcheverry - Médico. Especialista en educación.