Espectáculos Muy Tecno Domingo, 7 de julio de 2019 | Edición impresa

Walkman: cumple 40 años la revolución portátil de la música

El reproductor desató una legión de fanáticos e inspiró a sus más que dignos herederos: el Discman, el mp3 y hasta Spotify.

Por Nicolás Nicolli - nnicolli@losandes.com.ar

Varias décadas antes de las playlists y los algoritmos de moda, la música portátil se convirtió en la norma del entretenimiento a partir de un casete, una birome para rebobinar y un reproductor tan pequeño como eficiente. Esta semana cumplió 40 años el Walkman, la inolvidable creación de Sony que revolucionó la industria y desató una legión de fanáticos que trascendió generaciones.

El Walkman es uno de los tantos casos en la industria en que la fidelidad es tal que la marca eclipsa al producto. Como Coca-Cola, Quaker o Gillette. Los ingenieros de Sony querían que la música saliera de los grandes equipos hogareños para otorgarle ritmo a las aburridas caminatas cotidianas. Aunque, nobleza obliga, la visionaria idea provenía de otra persona. Porque si algo caracteriza a la historia de la tecnología son esas locas cuestiones de patentes y extrañas casualidades.

A fines de la década del ‘60, el alemán-brasileño Andreas Pavel dedicaba su tiempo libre a filosofar con sus amigos. Sin dudas, una ocasión perfecta para dar rienda suelta a la imaginación: “Todos decían que nadie estaba tan loco como para ir por ahí con audífonos, que era sólo un ‘aparatito’ inútil de un tipo medio loco”. Golpeó varias puertas en Europa, pero sólo encontró desinterés corporativo. Se limitó, entonces, a patentar el estéreo portátil en Milán en 1977, por si acaso.

 

Dos años más tarde, Sony, por insistencia de uno de sus fundadores, Masaru Ibuka, lanzó al mercado el primer Walkman TPS-L2, que pesaba casi 400 gramos y permitía escuchar los casetes dónde y cuándo sea. O al menos hasta que las pilas lo permitieran. 

El gran atractivo era la incorporación de la conexión para auriculares. El Walkman permitió hasta sentar un cambio cultural: ignorar a los demás cuando el panorama lo ameritaba. Con el paso de los años, el dispositivo mutó: incorporó radio, redujo su tamaño, sumó la auto-reversa y un etcétera a tono con las modas.

Claro que en plena explosión de ventas, el gigante japonés debió ponerse a negociar con Pavel, quien perseguía parte de las regalías. Si bien en 1986 se les pagaron, no se le reconoció su propiedad intelectual. La guerra trascendió de milenio y recién en 2003, el inventor llegó a un acuerdo del que nunca se conocieron cifras por una cláusula de confidencialidad. En su afán por ser reconocido, Pavel podría haber continuado con el legado del mp3, ¿no?

 

Mientras tanto, varios modelos de Walkman siguieron invadiendo el mercado, así como las versiones de otras empresas como Panasonic y JVC. 

El Walkman inspiró, además, el surgimiento del Discman por 1984, cuando el CD pasó al frente. Pero con él, también pasó al olvido la magia de personalizar las cintas y de sintonizar nuestra canción favorita en la FM para grabarla en el momento justo, aún desconociendo su nombre. Para esto último no había tiempo. Ni tampoco Shazam o Google, por supuesto. Por 2001, Apple presentó el iPod y marcó el camino a seguir. 

El Walkman de Sony hasta llegó a adaptarse a pantallas táctiles y las memorias SD pero, por obvias razones de dignidad, en 2010 firmó el acta de defunción: más de 200 millones de unidades habían sido vendidas. Si bien la poderosa marca se mantuvo en la línea de móviles de Sony, nunca generó el mismo prestigio y la identidad se desdibujó.

 

En los últimos años, películas como “Guardianes de la galaxia” o la serie “Stranger Things” capitalizaron el casete. El soundtrack de la aventura de Marvel, por ejemplo, se quedó con el 22% de las 174.000 copias vendidas de casetes en 2017 en los Estados Unidos. Suena bien, ¿verdad? De todos modos, apenas representó el 0,1% de las ventas en todos los formatos.

Ya no escuchamos la música que nos gusta en casetes, en CDs ni tampoco en vinilos, así intenten convencernos de cierto resurgir en las bateas. El Walkman nos enseñó que una birome podía ser lo suficientemente útil para ordenar una playlist y que con un par de audífonos bastaba para volar a universos inimaginables.